13 diciembre 2019
  • Hola

El cepillo electrónico

23 ago 2019 / 03:00 H.
César Lumbreras
La trastienda

Descubrí el “cepillo” electrónico o digital en noviembre del año pasado durante mi última visita a la Catedral de Santiago de Compostela. Me pareció una idea novedosa y acorde con los tiempos en los que se impone el uso del dinero electrónico vía tarjetas de crédito. No suelo utilizar este sistema como medio de pago para cantidades pequeñas. Sin embargo, he visto que los jóvenes utilizan el plástico y el teléfono móvil para todo, incluidas cifras muy bajas. El otro día me vi en esta tesitura por obligación- recomendación, cuando acudí a pagar un café que costaba 1,10 euros y entregué un billete de 20 y la camarera, muy atenta y muy joven (dato importante este último por lo de la mentalidad), me dijo que no tenía cambio y preguntó si disponía de tarjeta. Respondí que sí, ella puso el chisme y mediante el sistema de contacto me contemplé haciendo lo que nunca había pensado que llegaría a protagonizar: pagar un café de poco más de un euro con el plástico.

Ahora leo en LA GACETA que tres templos salmantinos se han apuntado a la moda de los cepillos electrónicos o digitales. Y me parece muy bien, porque los tiempos adelantan que es una barbaridad. Eso sí, de momento mantendré las vías tradicionales como son el cepillo de madera clásico de toda la vida con la leyenda de “para los pobres de la parroquia”, la cajita de madera o de metal y el encendido de las velas en su doble vertiente, las de cera de toda la vida o las más modernas eléctricas que surgieron hace ya unos cuantos años. Es el devenir de esta nueva época, en la que la que el uso del dinero en efectivo está llamado a desaparecer victima de las tarjetas de crédito y de los teléfonos móviles.

Cada vez me encuentro con más personas que afirman que salen de casa sin “pasta”, algo impensable hace tan solo unos cuantos años.

Yo respondo que es bueno llevar unos pocos euros para una emergencia, me miran con cara de sorpresa y noto a través de su mirada que están pensando algo así como “de dónde habrá salido este bicho raro”. Y entonces no puedo más que acordarme de tiempos pasados, en los mercados de ganado, cuando los tratantes se echaban la mano al bolsillo y sacaban un buen fajo de billetes atados con una goma y empezaban a contar uno, dos, tres...La verdad es que tampoco hace mucho de eso. Imagino la sorpresa de los protagonistas del intercambio, si en medio de esa operación contable se hubiese acercado alguien pronosticando que años más tarde iban a pagar a golpe de teléfono. Y así es. El problema es que estamos ante otra vuelta de tuerca en el control de los individuos.