25 enero 2021
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El barco a las piedras

    Quienes hemos nacido arrullados por las olas de la mar, quienes hemos visto el luto y el llanto, no solo en la ropa si no también en tantos corazones y en tantos rostros, sobre todo de madres, esposas, hijos e hijas. Quienes hemos sido acariciados por la brisa salada y sacudidos por la incertidumbre de si quienes se embarcaron buscando vida volverán de nuevo a tierra firme. Quienes hemos visto al funcionario de Correos telegrama en mano, algo hoy impensable, acompañado del cura dispuestos ambos a comunicar que la mar se había llevado al padre, al esposo, al hijo o al hermano, sabemos cómo la saliva se vuelve amarga y un nudo infinito se encaja en la garganta que se reseca. Quienes hemos vivido y sentido todo eso sabemos qué significa llevar el barco a las piedras.

    Una mala maniobra, un golpe de mar, un despiste pueden hacer que llevemos el barco a las piedras y las consecuencias pueden ser terribles. Uno se pregunta si nuestra España tan plural y variopinta, tan rica de norte a sur y de este a oeste, islas incluidas, puede estar navegando a la deriva rumbo a las piedras. ¿Tan necios y torpes somos, hombres de dura cerviz como dice la Sagrada Escritura, para ser incapaces de dar un golpe de timón y corregir el rumbo? Si cada uno remamos por libre solo daremos vueltas en círculo haciendo el ridículo de la forma más estrepitosa.

    Esta virulenta metapandemia que lo envuelve todo, no puede obnubilar la mente de todos y de tal manera, gobernantes y gobernados, que llevemos el barco a las piedras. Sin duda alguna, también como en el origen del popular dicho, se nos están quemando las castañas y esto está pasando de castaño oscuro. Lo preocupante es que tenemos que sacar las castañas del fuego entre todos y parece ser que para muchos no está del todo claro. Prohibir y limitar es consecuencia de la insensatez, de la falta de responsabilidad y de la falta de respeto que más o menos estamos practicando todos. Vivimos en una sociedad en la que, en gran medida, está prohibido hablar de límites y normas, de deberes y responsabilidades, de esfuerzo y de superación, de lucha y de sacrificio. Una sociedad donde la tolerancia a la frustración es nula o cuando menos escasa. Una sociedad en la que nada tiene consecuencias y si las tiene parecen importarnos poco, por graves que sean, a los muertos me remito. Vivimos en una sociedad cada vez más desconcertante e imprevisible que el dichoso virus. Pero si al final vamos a las piedras, que nos pille con el salvavidas de la esperanza y dispuestos a embarcarnos de nuevo cada día en la aventura de la vida. Decía Viktor Frankl: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontas ese sufrimiento”.

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