17 agosto 2022
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Educación europea

25 abr 2022 / 03:00 H.

    Filosofía es a la educación lo que el embutido al hornazo. No podríamos seguir llamando hornazo a ese monumento a la contundencia si lo catásemos relleno de algas o, aún peor, de insectos, que por lo visto están destinados a ser las estrellas de un futuro distópico en el que nos aportarán las necesarias proteínas recetas a base de gusanos, hormigas, saltamontes y harina de grillo, ya disponibles en internet. Bien podríamos denominar a esas cuatro especies, por este motivo, los cuatro jinetes del apocalipsis de Occidente, si no fuera porque al eliminar la Filosofía de la educación estaremos más ocupados buscando una nueva denominación para la educación, que habrá dejado de serlo. Tendremos incluso que ocuparnos en buscar un nuevo denominador para Occidente, dado que sin compartir los mismos referentes de pensamiento que han dado lugar a lo que hoy somos y pensamos, nuestro diálogo social se irá diluyendo hasta quedar atomizado, al punto de no servir ya para que la civilización combata la barbarie. Habremos perdido la batalla de los dioses contra los gigantes, que ilustra el friso de Pérgamo. El hornazo sin embutido no sería hornazo como la educación sin Filosofía no sería educación. Ahora bien, si algún gobierno llegase a eliminar el hornazo de la esfera pública, y dados los precedentes que conocemos no es del todo descartable, sospecho que surgirían hornos clandestinos para surtir al menos a los más empecinados del Lunes de Aguas. Algunos grupos radicales se aferrarían a ese elemento identitario de la cultura salmantina, así fuera en las catacumbas. En las Comunidades Autónomas en las que la Filosofía quede eliminada en los colegios, seguramente surjan también a medio plazo familias que dispongan clases particulares para sus hijos sobre el Mito de la Caverna y la Ética a Nicómaco, extraescolares muy posiblemente al alcance solo de la población de mayores ingresos, con lo que la sociedad habrá retrocedido siglos y se habrá situado de nuevo en aquel punto en el que solo los ricos tenían acceso a la verdadera educación, la que alimenta el pensamiento, mientras el resto se limitaba a aprender habilidades propias de un oficio, lo que hoy llamaríamos conocimientos que permitan el acceso al mercado laboral. La decisión de Castilla y León de mantener las asignaturas de Filosofía e Historia nos convierte de nuevo en adalides de Occidente, en la que medida en la que Occidente existirá solamente allí donde se hagan presentes la duda metódica cartesiana, la crítica de la moral kantiana o un verso de Santa Teresa. Pero la resistencia numantina por conservar nuestra herencia cultural, planteada como una guerra de guerrillas, familia por familia, región por región, no es la estrategia bélica más inteligente. Europa debería ser capaz de establecer un currículum común de Humanidades, un mínimo común denominador compartido de lecturas, de conocimientos históricos, filosóficos, artísticos y literarios que conecten a las actuales generaciones escolares con el acervo de los al menos últimos 5.000 años en los que se hunden sus propias raíces, en lugar de permitir que floten en la inanición del culto a las emociones y dejar que sean pasto del Big Data. Castellanicemos en este sentido una Europa que debería trascender desde el mercado común hasta un espacio cultural común que permita al individuo conocer quién verdaderamente es, de dónde viene y a dónde, tras un proceso de pensamiento, desea ir. Si nos ponemos de acuerdo incluso para determinar las condiciones de calidad que ha de cumplir el cepillo de dientes que utiliza desde un polaco hasta un irlandés, no entiendo que no podamos acordar y preservar un patrimonio común tan sustancial y decisivo. Podemos permitirnos lujosas peculiaridades como la delicia del hornazo, del que seguiremos disfrutando solo algunos, pero para una cuestión tan fundamental como la de las Humanidades en la educación, necesitamos una entente mucho más amplia y de largo alcance.

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