12 agosto 2020
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Distancia social

15 jun 2020 / 03:00 H.

    Desde esta pequeña loma que nos regala en su parte más alta la finca de los “Pavonianos”, llamados cariñosamente así por ser su fundador san Lodovico Pavoni, aunque el nombre oficial sea Hijos de María Inmaculada. Desde este trocito de cielo donde disfruta del confinamiento un grupo de “descartados” de la sociedad, que diría el papa Francisco, otro descartado para muchos dentro de la propia Iglesia tan solo por desempolvar el Evangelio y ponerlo en valor desde el compromiso con la realidad. Tan solo por tratar de sacudirnos a los creyentes el polvo de la rutina ritual y quitarnos el olor rancio a alcanfor y sacristía. Tan solo por tratar de despertar conciencias aletargadas y corazones acartonados por el paso del tiempo. Tan solo por ser un hombre de Dios y de la Iglesia. Decía que confinados aquí, con los que muchos hipócritamente y para acallar sus conciencias etiquetan de “descartados”, aunque vivan de cerca esta situación en su propio entorno familiar o social y lo nieguen. Aquí, en Proyecto Hombre, a las afueras de la culta y limpia Salamanca, contemplo la ciudad desde la distancia física de los apenas dos kilómetros que nos separan, distancia física que tranquiliza a muchos. Cuánto daría yo porque la distancia social impuesta por las circunstancias provocara un acercamiento sentimental entre los humanos.

    No me cabe la duda, que además de un calentamiento global el mundo padece un enfriamiento sentimental global y casi total. La distancia física y la social no es problema. Lo serio, lo grave, lo preocupante es la distancia afectiva. No estamos educándonos para sentir y compartir sentimientos, y mucho menos gestionarlos. Estamos en una sociedad donde triunfa el escapismo sentimental. No sufras, no sientas, no padezcas y mucho menos te compadezcas. En definitiva no vivas. Como si sentir solo fuera sufrir y no tuviéramos derecho a sufrir y compartir ese sentimiento y todos los que aparezcan en el día a día de la vida. Sufre, siente, goza, vive, sé feliz, sé humano, tremendamente humano, no huyas.

    Realmente el mundo es una aldea global, pero con unas distancias sociales más grandes que las impuestas por el COVID-19. Hay distancias sociales abismales e insalvables como Dios no lo remedie, y va a ser difícil porque la distancia espiritual también es cada vez más grande y manifiesta. Nuestro ego es tan gordo que roza la obesidad y no tiene sitio para Dios. Y como éramos pocos parió la abuela, el COVID-19 es como la capa que todo lo tapa. ¿Para qué tomar decisiones?¿Para qué asumir responsabilidades? Hasta que esto se pase todos aletargados. El problema es que cuando la tortuga se duerme, se vuelve vulnerable y se la comen las hormigas.