04 diciembre 2019
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Cuando llueve a destiempo

08 jun 2019 / 03:00 H.
María Eugenia Bueno Pastor
Con ojos de mujer

Este país no está exactamente equilibrado. Nada está exactamente equilibrado, diría yo. Este año mucho se ha tenido que cosechar en mayo y a finales, los escasos baraños dejaban su paralela existencia para, ya casi dorados, empaquetarse en ese verde seco que el apresurado verano dejó en la tierra. Los más madrugadores apilaron las pacas, como si fueran construcciones vegetales en las llanuras de siembra. Llevaron los gigantescos camiones para que cargaran lo poco que ha dado el campo en forraje en este año de extraños tiempos. La cebada y el trigo aun aguantan la guadaña, pero este junio de traición, tarde o temprano, traerá la siega de un campo que llora la falta de agua.

Mucho de lo cosechado, de ese forraje que aliviará un invierno largo en comida escasa y escasos recursos, está aún en la tierra a la espera de secar el poco verde que quedó en sus entrañas vegetales. Tras un calor de agosto adelantado, después de no haber llovido cuando el grano pedía en rogativa silenciosa el maná hecho lluvia para aliviar su sed y así granar, nos viene el frío y el viento y esa lluvia a destiempo, que moja la escasa cosecha hecha bolas o balas de paja, en un terreno que pide a gritos que no se moje lo que aún no se ha se ha llevado a naves y techados.

Este ojo que observa, ama esta tierra de meseta, su Campo Charro, su Armuña y su bellota. Ama su trigo, su cebada y su centeno, su forraje, sus vacas, sus cerdos, sus ovejas y sus escasas cabras. El “hombre campo” mira en su desespero un tiempo que no entiende, donde las estaciones ya no son las estancias que evolucionan lentas hacia sus cambios. Hoy sólo existen las “lluvias a destiempo” para casi todo. Y con este panorama cómo equilibrará su economía y su vida, si cada día que pasa se seca aún más el trabajo empleado, la inversión que hizo y la esperanza vertida entre las paralelas besanas amarillas de su campo, que se secan a la misma velocidad que la tierra.

Mientras, en su derredor, se cuecen otras ollas como las de los pactos, las de las necesidades de los otros que no miran al cielo, las de los proyectos alejados de las miserias de un territorio que, sino aseguró cosecha, está perdido. Política de unos y de otros en un cuadrilátero de luces y sombras, mientras la vida de los que sí miran al cielo, pende de un hilo. Así están las cosas en este campo nuestro de todos los días, de nuestros amores y de nuestros pecados. Yo me pregunto cuando nuestros animales pasen penuria porque nuestros campos no dieron fruto, ¿qué será de nosotros? ¿Será entonces el crujir y el rechinar de dientes?

Dicen que venga quien venga, velará por el campo olvidado, por su tierra reseca, por sus reses perdidas y por sus hombres y mujeres que, como dice Fito Fitipaldi en su extraordinaria canción “Soldadito marinero”: “Después de un invierno malo, una mala primavera... dime por qué estás buscando una lágrima en la arena”.

¿Sólo una lágrima o más bien un mar de lágrimas?