02 diciembre 2020
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Confinamiento inteligente

    Habrá que someterse a lo que manda la Junta de Castilla y León, aunque no nos convenza. Estamos en un perímetro que abarca toda la Comunidad Autónoma, región cuya superficie es la mayor de Europa, de suerte que no deberíamos padecer esa especie de claustrofobia que se ha apoderado de muchos de nosotros. La disposición no nos confina, no nos mete en la cárcel, ni en un zulo etarra. No tenemos que andar de un lado para otro, arriba y abajo, como el pobre Revilla, que en un cuchitril de poquitos metros cuadrados, antes de ser liberado, se había hecho la maratón. Tampoco nos meten en “el cuarto oscuro”, con el que se castigaba antañazo. En mi casa era un ropero sin ventanas, que visité algunas ocasiones. (Un hermano, rebelde a la medida, aprovechando que una baldosa se movía, levantó todo el suelo con las uñas). Pero entonces aceptábamos la disciplina colegial y la casera. Ahora es muy distinto. Un padre con ganas de presumir de autoridad ante un amigo, ve llegar al mayor y quiere hacer una demostración: ¿A qué hora vas a volver a casa esta noche, hijo? Respuesta: ¡A la que me salga de los cojones! El progenitor, corrido, solo pudo añadir: ¡Pero ni un minuto más! Si la autoridad fuera de las que controlan el cumplimiento del toque de queda, la reacción sería análoga y puede que seguida de insultos y amenazas.

    Mientras se decreta el confinamiento domiciliario programado —que está enseñando los dientes—, Mañueco nos ha invitado al “auto-confinamiento inteligente”. Tiene razón. Los espabilados ya lo practican y los apocados porque ya están muertos, pero de miedo, y se han refugiado en el burladero, que en este caso es su casa, algunos la segunda vivienda. El problema son los desorientados, como ese conductor octogenario que se mete en la autovía a contramano, y los que no saben ni que norma acatar, ni como interpretarla, a costa de la diarrea legislativa. De ahí viene el meme de la madre que, cuando su hija le pregunta a qué hora vuelve, le dice “no sé, mira el Boletín Oficial del Estado”. Las preguntas a los servicios oficiales son tan chuscas como ¿puedo salir a comprar condones?, ¿puedo ir a regar mis chirimoyos?; tengo la novia en Vilar-Formoso y yo vivo en Fuentes de Oñoro, ¿puedo atravesar la frontera para verla?... No sé si el Colegio de Abogados y el Ayuntamiento tendrían que montar un turno de oficio telefónico y gratuito para atender las numerosas dudas.

    Cuestión distinta son los rebeldes, quienes confunden el derecho constitucional al libre tránsito con el derecho a contagiar al prójimo. A ellos hay que añadir los ceporros, zoquetes, cenutrios, quienes justifican su insensatez con algunos sofismas como este: “Pues si los Pujol no están todavía en la cárcel y los terroristas y autores del golpe de Estado catalán van a salir ya, ¡hala!, me voy de festuqui y botellón”. Castilla y León es la primera de España en calidad de enseñanza, pero todos sabemos que “lo que natura no da, Salamanca no presta”. Acabaremos encerrados nuevamente, por la virulencia del bicho y por las imprudencias —por no llamarles delitos—, de unos pocos irresponsables —por no decir delincuentes—.

    El confinamiento voluntario que sugiere Mañueco —y en poco tiempo ordenará—, puede ser incluso gratificante. Conozco monjas que llevan 75 años en clausura y son felices. Lo grave son los contagiados que han pasado ya por el hospital y padecen secuelas, los que hoy llenan ya las UVI, y sobre todo los muertos. Ahora que vienen los días de los Santos y los Difuntos, nunca ha habido tantos que llorar. La pandemia le ha costado la vida a más de cuatro amigos, más jóvenes, más sanos. No he podido acudir siquiera a su funeral y sus rostros se me aparecen diariamente. Pero no tengo vena poética para componerles una elegía. Me sirvo de la muy conocida, de Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé, porque el poeta nació precisamente un 30 de octubre (hace 110 años), su amigo del alma murió como los contagiados —“se me ha muerto como del rayo” reza la dedicatoria—, y porque es una de las más hermosas que conozco. El de Orihuela confiesa “tanto dolor se agrupa en mi costado/que por doler me duele hasta el aliento”. En fin, a los fallecidos en casa, la residencia, o el hospital, se les puede aplicar dolorosamente la estrofa: “Un manotazo duro, un golpe helado,/ un hachazo invisible y homicida/ un empujón brutal te ha derribado”. Cuando aún teníamos que hablar de tantas cosas, compañeros del alma, compañeros.

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