28 noviembre 2022
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Cisnes negros

26 sep 2022 / 03:00 H.

    Cuando el poeta satírico romano Décimo Junio Juvenal (60-128) buscaba esposa, exigía tal lista de cualidades a las aspirantes que se vio obligado a reconocer que su mujer ideal era rara avis in terris nigroque simillima cygno (ave tan rara en la tierra como un cisne negro). Extraño hasta lo inimaginable, aunque no imposible. No sabemos si llegó a encontrarla. El primer europeo que vio un cisne negro y del que se tiene constancia fue el capitán holandés Willen de Vlamingh, cuando exploraba el suroeste de Australia en 1697, pero el exótico hallazgo pasó sin pena ni gloria hasta 2007, cuando el filósofo Nassim Taleb bautizó su famosa teoría. Descendiente de dos familias de dirigentes libaneses y formado en Francia, estaba matemáticamente convencido de que tanto científicos como financieros sobrevaloran las explicaciones lógicas y subestiman el poder de lo impensable a la hora de elaborar sus pronósticos. Desde su punto de vista, no son los grandes acontecimientos concebibles los que hacen girar la historia, sino aquellos otros, ajenos a cualquier expectativa, perceptibles en retrospectiva pero no en prospectiva, los que acaban teniendo un impacto extremo en el devenir de nuestra existencia colectiva. Taleb identificó como tales la Primera Guerra Mundial y la Gripe Española, además del más reconocible para sus lectores, el 11S. El estallido de la burbuja inmobiliaria, solo un año después de publicar su teoría, no encajó estrictamente en la categoría de cisne negro porque, excepto Zapatero, quien más quien menos intuía que la fiesta del pelotazo y la espiral de las concejalías de Urbanismo, los constructores metidos a editores de periódicos y las hipotecas subprime, sobre las que surfeaban en caviar y langostinos todos los anteriores, no podían llegar ya mucho más lejos sin que se derrumbase el chiringuito. Sin embargo nos preparó para aceptar el avistamiento progresivo de cisnes negros con naturalidad, hasta el punto que ahora paseamos entre ellos sin inmutarnos. El anuncio del referéndum del Brexit fue observado por Europa con estupor e inmovilidad, desde la impotencia de quien contempla que la Historia tropieza con la estulticia y se tuerce sin remedio. No hay completo acuerdo sobre si la pandemia fue o no un cisne negro, porque países como Alemania contaban con un detallado protocolo de actuación desde años antes, pero sí lo fue aquella España entera encerrada en casa, con sus libertades y derechos fundamentales suspendidos. Y los tribunales tardaron meses, años, en reaccionar. El daño ya estaba hecho. Ahora, si nos fijamos, hay entre nosotros más cisnes negros que gallinas: el PSOE gobernando con los golpistas y los asesinos de ETA siendo liberados e indultados; el estallido de un volcán en suelo español; los trenes gratis, aunque con horarios y frecuencias que los vuelven irrelevantes; el peligro de apagón energético, que ha dejado de ser una fantasía; una nueva guerra en suelo europeo y la actualización de la amenaza del uso de armas nucleares; precios disparados a la vez que se enfría la actividad económica, lo que convierte al BCE en un pollo sin cabeza que no sabe qué fuego apagar primero... Y todavía veremos nuevos ejemplares: en cuanto Sánchez se haga con el Constitucional, las consultas de nombre eufemístico sobre la “relación” de Cataluña y País Vasco con España le servirán para comprar tiempo y el resultado de esa estrategia, como caracteriza a los cisnes negros, es imposible de inferir. Fue el escocés David Hume el que argumentó en el siglo XVIII que, por muchas observaciones coincidentes que realicemos, no podemos predecir la siguiente. Independientemente de cuántos cisnes blancos hayamos observado, no podemos deducir que no los hay negros. Y basta la aparición de uno negro para refutar todo lo observado. El último cisne negro del que tengo noticia es la propagación de una ameba devoradora de cerebros, la neagleria flowrece. Se encuentra en aguas dulces cálidas, entre 30º y 46º, y causa una meningoencefalitis con síntomas de rigidez, desorientación y alucinaciones. Quizá sea esa ameba la explicación de todo, o quizá sea otro cisne negro más del montón. La plaga de cisnes negros amenaza con fagocitar por completo nuestra capacidad de asombro.

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