06 agosto 2020
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A dolor vivo

13 jul 2020 / 03:00 H.

    Dicen y es verdad, que a cada uno nos duelen nuestras muelas. Aún recuerdo mi primer dolor de muelas siendo todavía un niño, tras una interminable noche de sufrimiento e insomnio obligatorio, me vi sentado ante el que me dijeron era el dentista que aliviaría mi infernal dolor. Tras la experiencia vivida tardé años en retomar las relaciones con los odontólogos. ¡Cómo ha cambiado el cuento! y menos mal, hoy la evolución vivida es más que significativa. Aún así, y por desgracia, hay situaciones en la vida que hemos de pasar a dolor vivo y sin anestesia. Sobre todo y lamentablemente en estos momentos, la provocada por la COVID-19. Me sigue generando sentimientos encontrados el comportamiento de los humanos en general y de los más próximos en particular. Entiendo que tratemos de afrontar el dolor y el sufrimiento de la mejor manera que podamos, pero no logro entender a quien trata de tapar o escapar de ellos. Es una huida inútil ya que más tarde o más temprano será alcanzado quien desgraciadamente ha sufrido la puñalada mortal del maldito virus en sus seres más queridos.

    Ahora bien, más allá de la libertad de cada uno para decidir lo que considere adecuado y actuar en consecuencia, me llama poderosamente la atención la inconsciencia de quienes protegen con la mascarilla el codo o el mentón, el cuello o la oreja, y mucho más quienes alegremente se desviven en efusivos abrazos. Me duele que se ignore la suerte de los muertos y el dolor de sus vivos. Me duele que la enfermedad lejos de humanizarnos nos impermeabilice hasta el punto de no querer mojarnos por dentro con las lágrimas propias y las ajenas. Me duele enterrar a muertos “envasados” hace meses y que en algunos tanatorios las familias, tras esperar el adiós definitivo durante demasiado tiempo, más que despedir a los muertos los tengan que facturar por vía rápida. Sin apenas poder recolocar sus sentimientos y aliviar su pena con una oración compartida con calma, al calor de los más cercanos. O nos rehumanizamos o realmente sobramos.

    Me duele que los sanitarios que generosa y solidariamente, de manera incondicional como mejor pudieron y supieron, dieron todo por los demás con un valor que para sí quisieran muchos soldados en el momento más duro de la batalla, ahora se vean olvidados en el baúl de los recuerdos, como si de peones del tablero de ajedrez se tratara.

    A dolor vivo y sin anestesia hemos de reconocer que no estamos haciendo las cosas de la forma más adecuada. Que nos gustaría que todo fuera de otra manera, pero la realidad manda y es tiempo de exigencia personal y corresponsabilidad social. Asumamos que toda la vida fue y será mejor prevenir que curar.