Por Zamarra de compras

Comparativa entre el frenético ritmo de consumo en las ciudades y la tranquilidad y posibilidad de disfrutar de las pequeñas cosas en los pueblos

19.12.2017 | 17:55
Vista general de Zamarra.

El otoño está tocando su fin, me di cuenta al contemplar desde la ventana todos los árboles sin hojas, el frío invierno está a la vuelta de la esquina. Las cumbres de las montañas ahora parecen más próximas, como que se quisieran colar en el salón, quizás para recordarme que había prometido acercarme a ellas también en otoño y aún no lo había hecho.
Aprovechando que era el último domingo de la estación y también el domingo más comercial del año, cogí la bici, enfilé la carretera en dirección a Zamarra. Día extraño climatológicamente hablando con el que me tuve que batir los pedales: un cielo de azul infinito, un sol radiante tumbado en la carretera, un cierzo, cargado de frío nival de la Peña, azuzando de costado, hielo y carámbano en los pequeños charcos de la orilla sombría del  camino.

A pesar de ello, un placer pedalear, ganando poco a poco kilómetros a la carretera para alcanzar tu destino. Ha bastado  una semana, apara llevarse por delante el paisaje otoñal de la ribera del río que va bordeando la carretera a la derecha. Las laderas de pizarra, en otro tiempo tapizadas de flores de jaras, rezumando sensaciones olorosas, se muestran  hoy más desiertas que nunca, un paisaje inhóspito. El regato del Manco, baja agua limpia, una gran alegría ver correr el agua por un cauce demasiado tiempo seco, hay indicios para la esperanza.

La buena noticia me recarga las endorfinas, afrontando la subida del puerto en buenas condiciones, a ello también contribuyó todo hay que decirlo, el viento que por una vez me soplaba de espalda. El embalse del viejo pantano sigue bajando su nivel, un vertedero incontrolado en una curva interminable; los pastizales secos, muestran  la peor cara del camino.

Los primeros sembrados recién nacidos, anuncian la presencia humana. Un domingo para hacer compras, en media España los comercios están abiertos, especialmente las grandes superficies, en Zamarra, ya hace tiempo que bajaron el cierre. Esta vez, las calles parecían estar cerradas. El cierzo las había dejado desiertas. Recorrí calles sin gente, tan solo el humo de las chimeneas atestiguaba la presencia humana en el pueblo.

Y pensar cómo estarían a esa hora del mediodía los centros de las ciudades, atestadas de riadas humanas, movidas a golpe de empujones o algún que otro bolsazo, y aquí todas la calles para mí. Ello, me llevó a iniciar cómo siempre que aterrizo por allí a reflexionar un poco sobre la vida. El consumo, se convierte en estas fechas en la mejor anestesia de una sociedad ya de por sí anestesiada como muy bien relató Luis García Montero en su artículo "Un país que ronca".

Antes era difícil no ser presa de las garras consumistas en las grandes ciudades, hoy Internet ha extendido sus redes hasta todos los rincones. Pienso que los pocos habitantes del pueblo, aquí están más protegidos, aunque solo sea por cómo les llega la señal.

La violencia de género, el saqueo constante de la caja de las pensiones, el aumento de las listas de espera, la ausencia del pacto educativo, la brecha cada vez más grande entre ricos y pobres, la sequía? bien se merecen una respuesta ciudadana de protesta en la calle, por lo menos como las respuestas que estarán dando hoy en las ciudades ante la llamada de la publicidad.

A falta de tiendas, decido llevarme algo de este pueblo. Casi siempre llevo encendida  la luz de la reserva del tiempo, pero últimamente, no consigo quitar esa lucecita que te avisa constantemente que hay que recargar. Aprovecho que estoy en un buen supermercado del tiempo, al menos eso me lo pareció a mí.

El tiempo que no gastan sus habitantes en esperar que los semáforos se pongan verdes, los atascos, la llegada del autobús, del metro,  los ascensores, las colas ante las cajas, en las ventanillas que ya no lo son pero que acumulan siempre retrasos, en el médico, se me ocurrió que estará por sus calles, para que el forastero que venga lo recoja y se lo lleve.

Llené mi mochila de él, un tiempo al que dedicaré especial atención para darle contenido, recordando que mientras a veces nos agobiamos por las prisas, por pequeñas cosas, hay ciudadanos que viven con mucho tiempo, para los que también es un problema, recurriendo con bastante frecuencia a la TV basura, a sustancias, con el fin de quitárselo de encima, una pena despilfarrarlo.

Regresé pedaleando a la par con mi sombra (ventajas del sol de invierno), cargado con el tiempo nuevo en la mochila,  allí esperará  nuevas recetas para usarlo. El viento frío que pegaba de cara, me llevó a la dura realidad que debemos afrontar en el día a día, quedando atrás un mundo anclado en el pasado, difícil de entender por una gran mayoría, pero necesario tenerlo presente de vez en cuando.
 

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