Caminando por el bosque de Robleda

Una ruta circular para alcanzar el Pinar de Descargamaría

05.05.2018 | 20:01
Caminando por el bosque de Robleda

En una semana he estado dos veces por el Rebollar. La primera vez entré después de coronar el risco de La Herguijuela, un pequeño letrero lo anunciaba, al lado un viejo sofá destartalado acompañaba la escena, quizás alguien lo colocó para descansar después de la subida o para disfrutar de las vistas. Pedaleé con mi soledad y mi sombra. Esta semana llegué al Rebollar por Robleda, acompañado de Chema, el hijo de Isaac, que me llevó a conocer parte del término del pueblo, ejerciendo de obreros del senderismo por pistas y caminos entre robledales y pinares, ahora que estamos jubilados, coincidiendo con el día del trabajo.

Está claro que los pueblos hay que patearlos para hacerte una idea de cómo son, a pesar de haber entrado alguna vez, especialmente a la consulta de su curandera, no conocía este pueblo, que de entrada destaca por muchos motivos si se compara con la mayoría de los que últimamente estoy recorriendo. A pesar de haber pasado por la carretera muchas veces, no te haces idea de su extensión, de los barrios, del arroyo que los cruza, de los huertos, de su iglesia fortaleza en la colina más alta, la cantidad de casas nuevas, de su plaza mayor cercenada en los años del desarrollismo bestial.

Pero por encima de todo, me sorprendió la presencia humana en sus calles y caminos, algo inusual en la comarca.
Había amanecido en Ciudad Rodrigo un día frío y con niebla, a medida que íbamos subiendo las cuestas de Bodón, la nieva levantaba alas, dejándonos disfrutar de la belleza del campo verde y florido recubierto del rocío de la mañana. Buen día para nuestra profesión de caminantes, temperatura agradable, a veces picando a frío otras a calor, cielo azul con nubes algodonosas impresionantes, que a veces el aire frío rápidamente teñía de gris en la cercana sierra transformándolas en cúmulos tormentosos a los que debimos controlar.

Pretendíamos hacer una ruta circular para alcanzar el Pinar de Descargamaría. Con un guía de excepción, sin preocuparme de mapas y caminos, salimos del pueblo en dirección al molino Granadero. Es curioso caminar por territorios que físicamente no conoces, pero que has oído hablar de ellos, adquiriendo cierta familiaridad. Los excelentes carteles con que el ayuntamiento ha señalizado la ruta, nos recuerdan que estamos en el Rebollar, donde muchos de sus habitantes hablan el robleanu. Gran mérito tiene esta iniciativa para conservar un lenguaje que ha sido utilizado como vehículo de comunicación por muchas generaciones.

Los prados verdes atestiguan la presencia de una primavera especial, vacas y ovejas no dan abasto ante tanto manjar exquisito. Se nota claramente sus efectos en los cuartos traseros. Hay actividad económica por estos caminos, por donde circulan ganaderos, madereros, resineros, desbrozadores,. mostrando la mayoría de las parcelas bien cuidadas, donde destacan las angarillas de madera muy bien hechas, nada de somieres.

Llegamos pronto al molino en el río Olleros. Al salir del bosque sorprende gratamente ver la amplitud del valle, con la sierra al fondo. Los alisos y fresnos con sus hojas relucientes despuntando, permiten ver el azul de un agua limpia y transparente. Los restos del viejo molino, el puente, la pequeña cascada de la presa junto con el verde intenso de la hierba de la pequeña vega, componen una imagen de postal. Tal vez le falten las lavanderas frotando la ropa en los lavaderos de madera o en lajas de pizarra, los niños cogiendo mariposas, los carros cargados de costales vadeando el río camino del molino para completar esta imagen.

Debió ser importante este molino en su tiempo, tener dos muelas lo atestigua.

Subimos por la ladera hasta alcanzar el camino que entre robles y pinos nos llevará de una pista a otra, auténticas autovías forestales por donde se mueven todo tipo de vehículos.

Que vamos al Pinar de Descargamaría está claro, hay carteles por todos los cruces e intersecciones. Dejamos la fuente Colodrero antes de llegar al Chapatal inmenso robledal con un suelo tapizado de hierba abundante donde es fácil ver preciosas violetas, la ausencia de hojas de los árboles permite el juego de luces y sombras.

Alcanzamos el tan anunciado pinar, propiedad de un pueblo extremeño en territorio de Robleda, una especie de Condado de Treviño. Sea como sea el embolado territorial y administrativo, el pinar es impresionante, un placer ver tanto árbol bajo un cielo espectacular. Caminábamos hacia nuestro objetivo final, antes de girar al sur, cuando la tormenta que el viento había cocinado con las nubes estaba lista para servir, decidimos cambiar de dirección, cogiendo otra de las muchas pistas para dirigirnos de nuevo al río. Inmensos pinares, adornados con brezos florecidos y gamones a punto de estallar. ¡Cuántos cabrios, traviesas´, carbón  saldrían de estas tierras! De ello daban fe los carruchinos que se hacían notar cuando pasaban por la carretera.

Estamos en otra zona del río, sigue siendo un maravilloso espectáculo, no me extraña que tenga hasta tres nombres. El agua cantarina parece jugar a esconderse al pasar por un puente de tubos por el que las ovejas corretean alegres, antes de quedar atrapada entre dos filas de alisos. Sigue el paso de gente del pueblo, obreros del campo, que trabajan también el día de su fiesta, para ellos, los días rojos del calendario no existen.

Subimos por la cuesta hacia El Batán, donde hay heridas de la peor de las historias recientes de este país. Mezcla de vegetación mediterránea y atlántica, para alcanzar Los Canalis y el valle de Cantarranas, coqueto arroyo con su ecosistema en su máximo esplendor. Al terminar la pequeña cuesta, nos recibe el Lombo, donde el camino planea, indicando el desvío a los Molinos y cómo no al Pinar de Descargamaría, señal que no falta en todos los puntos del recorrido. (Se ve que han aplicado bien el refrán de que todos los caminos llevan a Roma).

Mucha madera, mucha resina rezuma de pinos resineros con sus heridas chorreando el pringue, vacas y ovejas pastando, huertos cultivados, bastante actividad económica para un pueblo con vida, con colegio, bares, tiendas, mercadillo, centro de salud, residencia ? con una tasa de mayores de 65 de las más bajas de los pueblos de la comarca de Ciudad Rodrigo. Ello demuestra que hay cierta calidad de vida.

El camino nos puso delante una vista del pueblo de postal, antes de descender hasta Fuente Mingumiñu. Es la fuente mayor del pueblo al que abasteció durante mucho tiempo, al lado el abrevadero del ganado, hoy lleno de lodo y plantas acuáticas. El riachuelo que se forma a su salida está colmado de moruja, buena prueba de la pureza del agua.
Finaliza el camino entre enormes zarceras, muy apropiado para pasear en el otoño y aprovechar para recoger moras.
Pusimos punto final a la ruta desde el alto de San Juan, con la vista de todo el pueblo, con la sierra de Francia al fondo, ruta entre árboles por un entramado de caminos y pistas muy bien cuidados, poco transitados por personas ajenas a su actividad laboral, pues aparte de nosotros, sólo vimos un veloz zorro cruzarlo.

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