17 agosto 2022
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Por la paz en la Sierra de Francia

26 abr 2022 / 19:45 H.
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PALABRAS CLAVE

Sobrevolaba la niebla La Peña de Francia cuando íbamos acercándonos a El Cabaco, una niebla de ida y vuelta, que de repente se quedó enredada en la cumbre alrededor del pirulí que recordaba los algodones de feria, y no fue capaz de alzar el vuelo el resto del día.

Nos perdíamos el principal punto de referencia de la ruta que iniciábamos justo en la mitad de su subida, en el misterioso Paso de los Lobos, un desfiladero y mirador excepcional a 1.500 m. de altitud. A esas horas de la mañana, con todas las ventanas abiertas y el sol incapaz de abrirse un hueco, el frío y el viento campaban a sus anchas cuando pusimos pie en tierra. Muchas piedras habían bajado a la carretera de subida impulsadas por las fuertes pezuñas de las cabras.

Una vez uniformados, los cuatro caminantes enfilamos el sendero, un camino recién desbrozado por donde comenzaríamos una jornada llena de emociones. La niebla espesa no es buena compañera de viaje, su presencia nos llenó de dudas, de disminuir la visibilidad de los desvíos, por lo que cambiamos el sentido de la ruta, una buena decisión, como veríamos a lo largo del día. La niebla se posó literalmente sobre la gran explanada de la Mesa del Francés y nada fue capaz de espantarla.

El camino-pista que nos llevó hasta el refugio cabaña de los Puertitos tiene su encanto, bordeando la ladera de uno de los valles que nacen a espaldas de la Mesa del Francés, es un fantástico mirador del valle y la sierra de La Alberca. El sur, siempre el sur, había sido capaz de levantar la niebla, por lo que el paisaje que teníamos delante era espectacular, especialmente cuando ante nosotros apareció un rebaño de cabras brincando, como solo ellas saben, por el enorme canchal que cruzábamos.

Siempre es grato alcanzar Los Puertitos, ese chozo-refugio coqueto entre los pinos con vistas al valle de Las Batuecas y al Rongiero es una bonita imagen, mejorada esa mañana con las nubes bajas que aparecían y desaparecían como por arte de magia. No pudimos menos de recordar nuestra anterior aventura, saboreándola aún más al ver la profundidad de las Batuecas. Apenas sin descanso, nos dirigimos al puerto de Monsagro donde tomaríamos otra buena decisión, subir primero a la mayor altitud de Las Hurdes.

Tiene una estructura esta cumbre que una vez que estás en la base, su ladera se humaniza bastante, nada que ver cuando el Rongiero, Mingorro o Montón de Trigo, se ve desde la distancia, un auténtico montón de trigo enorme en la era, con laderas empinadas. Estaba desbrozado y señalizado el camino al comienzo, por lo que el esfuerzo de ir analizando pros y contras por donde ascender nos lo evitamos, subiendo a buen ritmo, también con buen viento, a veces helador. Miradores privilegiados al valle, a las sierras, a Las Hurdes, a los peñascos caprichosamente tallados por vientos milenarios que los han dejado puntiagudos como lapiceros esperando alumnos deseosos de aprender. Aquella mañana, cuatro jubilados cogimos el lapicero y subiendo y bajando entre canchal y canchal, fuimos recordando la historia de nuestro planeta a través de gran cantidad de detalles grabados en las rocas que nos demostraban que por donde caminábamos había sido el fondo marino.

Cuesta entenderlo, como lo bien que ascendimos a la cumbre, girando hacia el sur con el fin de sortear el gran canchal de otras veces y encontrarnos con un camino de bajada hacia las Batuecas señalizado con hitos, nuestros grandes amigos. Junto al punto geodésico oficial de turno, un enorme talayot bien armado, coronado por los tres nombres indica los 1627 m de altitud, un enorme mirador desde donde se alcanza a ver lo habido y por haber, porque la niebla de vez en cuando nos jugaba mala pasada, lo mismo que el frío.

Buscando la brigada, repusimos un poco de energía para dirigirnos por la cumbre de la sierra de la Grajera rumbo al oeste. Un enorme balcón corrido con vistas a los valles y pueblos hurdanos, la sierra de Francia, la Peña estuvo desaparecida todo el día, La Hastiala, envuelta su cumbre con el velo, a Monsagro todo el día visible en la ladera sobre le Agadón, con sus eras reluciendo como señas de identidad. La niebla nos privó de muchas vistas, Ciudad Rodrigo aparecía y desaparecía a ritmo de nuestras zancadas, que a veces se detenían ante tanta maravilla geológica que nos acompañaba.

Y así entre peces, cuadros pintados por un óxido caprichoso, estratos convertidos en cantones de jabón de las abuelas, llegamos casi al final, dejando el último repecho para la próxima, por eso de que siempre hay que dejar algo para volver. Giramos hacia el valle buscando el camino de Monsagro, encontrando antes un buen lugar para comer los bocatas, bien reguardado del viento frío que no nos quitábamos de encima. Recuperada la marcha, pronto enganchamos con un camino sobresaliente, por donde caminar, es una delicia. Con un trazado y firme espectaculares, el desbroce último ha sido la guinda que pone el broche a este viejo camino que hicieron hace años para comerciar entre Monsagro y la Alberca, una auténtica autopista, resguardada de los vientos, donde el hielo aún no se había fundido, recordándonos el frío que estábamos acarreando.

En un santiamén nos presentamos ante el inicio del empinado cortafuegos que nos encumbraría a la Mesa del Francés, el último mirador de la ruta. El pronunciado desnivel a esas horas de la tarde hizo mella en los viajeros que ya llevaban unos kilómetros en las piernas, alcanzando la cumbre apurando las últimas energías. Nos reciben enormes bloques pétreos geométricos que parece fueron cortados con las modernas sierras de las canteras actuales. Una vez más la naturaleza es una herramienta misteriosa que trabaja sin dañar el medio. Hacia el oeste profundas gargantas ascienden hasta la plataforma, una meseta donde un enorme símbolo de la paz hecho con piedras adquiere estos días un gran valor testimonial ante la lucha por la libertad del pueblo ucraniano. Aunque no debe caminar mucha gente por estos parajes, no vimos a nadie, aunque a esas horas de la tarde la niebla disminuía mucho la visibilidad.

A pesar de ello, pudimos despedir el día contemplando un enorme rebaño de cabras y bastantes machos luciendo sus espectaculares cornamentas, difuminado entre la niebla. Sorteando de nuevo pedrizas, nos dirigimos a la meta contemplando el profundo valle del Agadón, desde donde asciende un camino en zigzag sorteando la dura pendiente. El viento seguía soplando con fuerza en el Paso de los Lobos, no tenía pinta de haber amainado en todo el día, como el frío, a juzgar por la nieve ratonera que nos encontramos bajando de regreso. Un día cargado de emociones caminando por un enorme mirador al que por momentos echamos en falta unas buenas cristaleras.

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