De Navasfrías al nacimiento del río Coca entre la niebla

04.08.2018 | 16:51
Valle del Coa.
Salir de ruta lleva consigo tener capacidad de gestionar los imprevistos que pueden surgir. Nos pasó la semana pasada, cuando íbamos a recorrer unos kilómetros de la famosa Raya, acercándonos al nacimiento del río Coa.
 
Una niebla espesa meona, más propia del mes de enero, nos sorprendió al iniciar el viaje hasta Navasfrías, en algunos tramos del recorrido la espesa niebla anulaba casi por completo la visibilidad. Una desilusión, porque pasado Fuenteguinaldo, la carretera serpentea entre frondosos robledales, este año especialmente verdes por el mágico efecto de la abundante lluvia.
 
Cruzamos Casillas de Flores, pueblo que ha sido colocado en el mapa gracias a su paisano más famoso, José Pinto. Es de admirar este personaje, que ha conseguido ser mediático gracias a su gran sabiduría, qué pocas veces ocurren este tipo de situaciones. Una persona cercana, dispuesta siempre a apoyar todo tipo de causas justas, se deja ver constantemente en manifestaciones o eventos en Ciudad Rodrigo y pueblos de la comarca. Un ganadero muy culto.
 
A pesar de que aún había prados de hierba verde, aún sin guadañar, echamos en falta más cantidad de agua en el camino, hilillos de agua como testigos de los regatos,  poca agua en las charcas. Por un momento, la carretera casi hace frontera con Portugal, absurdas fronteras que no tienen nada que separar, miro a izquierda y derecha, el mismo paisaje, el mismo cielo. Llegamos a Navasfrías envueltos en una niebla que nos traía en jaque, pues a pesar de que con la luz de julio, al difuminarse creaba imágenes de gran belleza, lo normal es disfrutásemos de un día soleado y caminásemos bajo un cielo azul.


 
Caminar entre la niebla por un camino que discurre entre robles que unen sus copas para formar un túnel, es una experiencia más propia de habitantes que viven más al norte de estas latitudes. Nosotros la pudimos experimentar viajando al sur. Es la naturaleza en estado puro, que se salta a veces sus normas, su lógica, esa es su grandeza. El primer tramo del camino transcurre entre prados atendidos por los ganaderos, donde pastan vacas de todo tipo de raza, por supuesto la mayoría con una genética especial, obtenida a base de cruces y más cruces. También hay filas de colmenas bien alineadas  en  la solana, demuestran que caminamos por un entorno donde afortunadamente hay actividad humana.

 
Al cruzar una portera, comienza la zona comunal, donde las vacas disponen de muchas hectáreas para moverse seleccionando pastos o ramoneando. El regato que baja de la ladera, lleva muy poca agua, tan poca como el año pasado. Donde se nota también el efecto de las tardías lluvias es la explosión de los helechos, de tamaño impresionante, su verde intenso con los rayos del sol entre la niebla, forman imágenes muy bellas, preciosa alfombra bajo un robledal, respetado por el fuego.
 
Alcanzamos la ruta del Contrabando, que recorre la Raya, continuando hacia As Torris de Hernán Centeno y la Sierra de Gata. Por la pista, el sol pelea con la niebla, al sur ya el cielo muestra el azul de julio, en cambio hacia el norte la niebla esconde todo lo que encuentra a su paso. Las que se dejan ver son las mariposas, de todos los colores, revoloteando entre las flores de las zarzamoras, sobre el encaje que han formado las telarañas con las finas gotas de la niebla .
 
Entramos en Portugal por una portera, libre de peajes y controles. Cogimos una carretera asfaltada, quizás fruto de algún despilfarro urbanístico, pues no se entiende que en un entorno natural se construya semejante infraestructura, que no pega ni con cola. Nos dirigimos al sur, en busca del nacimiento del Coa. Nos sorprende ahora el paisaje, al fondo la sierra de las Mesas, cubierta de moles de granito, sin árboles, tapizada por piornos aún en flor, retamas y algún que otro arbusto. Un paisaje en claro contraste con lo que habíamos traído hasta entonces.
 
Un camino que no tiene pérdida, a pesar de ello los caminantes lo acribillan a hitos, nos lleva hasta una fuente a media ladera, donde un pequeño hilillo de agua da los primeros pasos del río Coa. Como suele pasar muy a menudo, la intervención humana ha sido una chapuza. Qué manía tenemos de no respetar especialmente el nacimiento de los ríos, dejar que el agua surja del manantial libre de canalizaciones y demás aditamentos horteras. No es un espacio muy agradecido, moles de granito reconvertidas en mesas, bancos, llares.
 
El mínimo caudal del Coa, apenas dura visible unos metros, desapareciendo como los Ojos del Guadiana. No lo volveríamos a ver camino ya de Foios. Bajando por la ladera, pienso en estos dos afluentes del Duero, el Coa y el Águeda, uno portugués y otro español que nacen tan cerca y de espaldas uno del otro, trazando los dos, cursos caprichosos antes de llegar al Duero.
 
Una vez dejado Foios, el Coa se dirige al sur, bordeando la sierra de Malcata, llegando a Sabugal, donde gira 90º dirigiéndose hacia el norte. Por ahí ya lleva un caudal visible, siendo un río de montaña de aguas claras y cantarinas, especialmente a su paso por Castelo Mendo. Con todo y con eso no es tan grande el Coa, para el enorme puente- viaducto que le han hecho para cruzarlo en la A-25. A partir de ahí su curso traza una línea bastante recta dirigiendo se a Vila Nova Foz Coa, donde las aguas bajan tranquilas por un amplio valle de laderas de bancales donde se cultivan viñas, almendros, olivos, un espacio de gran belleza. No es de extrañar que ya en el Paleolítico, nuestros antepasados se inspirasen para hacer numerosos grabados de animales en las rocas del valle.
 
Paralelos al río, por un camino poco transitado, pero con vistas de un paisaje que aún mostraba numerosas plantas florecidas, alcanzamos Foios, un pueblo portugués, de casas blancas y tejados rojos y nuevos, apenas algunas casas viejas. Nos recuerdan la pobreza de estas tierras en otros tiempos, guardan cierto parecido a las construcciones de la Hurdes. Hoy es un pueblo de veraneo, de acoger a sus paisanos que regresan en vacaciones o ya definitivamente, invirtiendo sus ahorros en construir enormes casas, muchas de ellas claramente afrancesadas. Castaños centenarios, otros recién plantados, la castaña genera actividad en estas tierras más parecidas a Galicia que a la cercana Estremadura portuguesa.
 
Regresamos por la carretera hasta alcanzar la pista que cruzando de nuevo el bosque de Navasfrías, nos llevaría al punto de salida. Unos 20 km, recorridos en grata compañía, entre una  niebla del mes de julio, con sensaciones muy gratificantes. Terminamos comiendo los bocatas en el Bardal, área recreativa con mucho encanto, como el que tenían los chicos que atendían el bar, como ver tantas tiendas de campaña, montadas, de jóvenes llegados de Córdoba, Albacete, para disfrutar de nuestros tesoros. Cosas de la vida, y pensar que una gran mayoría de los habitantes de la zona no conocen la belleza de esta ruta.
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