16 octubre 2019
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Los pueblos de la comarca salmantina a través de un paseo en bicicleta

La ‘España vaciada’ permite disfrutar de paisajes y rincones que no se pueden encontrar en muchos lugares

15 jun 2019 / 12:01 H.

Explicaba de forma muy didáctica Álex Grijelmo la diferencia entre la España vacía y la España vaciada, venía a decir que a pesar que el término vaciada es más acertado, desde que Sergio del Molino publicó la “España vacía”, éste término le caía mejor, eso mismo me pasa también. Sea uno u otro mejor, la verdad es que se está haciendo bastante más visible el problema, un problema difícil, con una solución complicada.

A ello dediqué gran parte de mi viaje, pedaleando sobre ese gran invento que es la bici. Recibimos tanta información, que todos opinamos de todo, para todo tenemos soluciones, siempre en teoría, pero la práctica, eso es otra cosa. Vivir en los pueblos estuvo casi penalizado, era hasta mal visto, había que vivir en la ciudad, aunque hubiese que recorrer kilómetros y kilómetros...., nosotros casi fuimos el hazmerreír de compañeros por vivir en los pueblos donde trabajábamos.

Tenía pendiente realizar un viaje pedaleando por varios pueblos de la España vaciada situada más al sur de Ciudad Rodrigo, saliendo por Sanjuanejo y regresar por Águeda, dos pueblos de colonización, estrenados en los años 50 del pasado siglo. ¡Qué poco ha durado la energía que supuso aquellos años en el regadío de la vega del Águeda!

¡Qué gran invento ha sido la bicicleta! Viajando sobre ella, a pesar del esfuerzo, especialmente ese día por el viento y las constantes subidas y bajadas, todo se ve distinto, te puedes parar para contemplar una buena vista, hablar con alguno de los escasos habitantes, hacer una foto y sobre todo reflexionar en un espacio natural único, lleno de silencio, tan solo alterado por los cantos de los pájaros y algún que otro coche que pasa de guindas a brevas. Entre algunos de los pueblos no pasó ninguno.

Si algo define esta comarca es la soledad, no hay nadie en los pueblos, ni en el campo. Pasé por 9 núcleos urbanos, que en total suman 847 habitantes, según el censo de 2018, de los que 258 son de Martiago, con diferencia el pueblo más grande, con más vida, con gente en las terrazas, algo impensable en los demás. ¿Pero cómo es posible que viviendo todos de la agricultura y ganadería, después de más de 60 km apenas viese gente trabajando?

Quizás ahí esté alguna de las claves del por qué se ha vaciado esta comarca. En la vega un hombre segaba alfalfa con una máquina que se llevó por delante la guadaña, la bigornia, el martillo, la piedra de afilar, la tornadera, el cajón de las alpacas, el carro,...y encima mucho más rápido y sin pasar tantas penurias. Muchas hectáreas de maíz, sin un solo regador, ni una sola regadera, ni torneras, sin tener que entresacar, un programador y a regar mientras el agricultor está en la ciudad, y aún sin llegar los móviles 5G. De vez en cuando un grupo de vacas sestean en el rodeo, no hay rastro de vaqueros, los cercados los mandaron al paro hace años, y encima se produce más, en las pocas tierras que están explotadas.

Superado Agallas, me sorprende un mar de Castilla, un campo de centeno agitado por el viento, forma olas enormes, hace años su dueño ya habría apalabrado una cuadrilla de segadores, ahora la cosechadora no necesita hoces de corte, ni manijas, ni barriles de barro, ni atarines, manijeros, acarreadores, ni trillos, ni trilliques, ni le importa el viento que sople.

A mí por supuesto que me importaba, lleva muchos días soplando este viento del norte frío y desagradable, que se está llevando por delante la primavera raquítica que hemos tenido, no hay forma de pararlo, los árboles son la mejor barrera, qué gran invento y para que luego los quemen, dejando sus cadáveres que a la orilla del camino impresionan. Poca agua en todo el viaje, afortunadamente el viejo embalse .ha reconocido, el joven se habrá apiadado de él, dándole unos hm3, pues ya llega el reculaje al risco, donde el entramado de puentes tiene agua a sus pies, cuando antes era una imagen dantesca.

De la misma manera que a este viento no hay quien lo pare, hace años nadie supo cómo parar aquella marcha masiva de todos estos pueblos buscando una mejor vida, y es que era cierto que la que aquí tenían la mayoría de las veces no se podía llamar vida. Arando, sembrando, aricando, segando, por estos riscos, donde muchas veces la pizarra sigue altanera sin ser tapada por centímetros de suelo fértil, cuidando vacas, ovejas, cabras, cerdos para sobrevivir , trabajando de sol a sol, pasando inviernos duros a la intemperie, como para parar aquella brecha. No, no ha sido Sergio del Molino el que ha puesto patas arriba la España vacía, lleva años vaciándose, y además casi era lo mejor para estas tierras tan poco actas para la agricultura.

Al contrario, son tierras maravillosas, para disfrutar su paisaje, sus valles aún verdes a pesar de la sequía, por el Agadón aún baja agua limpia, los robles y encinas, de vez en cuando le ganan la partida a tanta, escoba y jara. La carretera la delimitan los gordolobos, el cantueso, las cañas, aún en flor, de vez en cuando la escobilla violeta pone un toque suave entre tanta aridez. Pero no hay vida, y sin ella no se entiende el progreso, apenas tiene sentido nada, kilómetros sin señales de ella, pueblos sin gente en las calles, dos señoras mayores en solana en pleno mes de junio. No da señales de vida el señor José de la Horquera, compañero de avituallamiento en Zamarra. Me dice un vecino que un día no se levantó para ir al tajo, se quedó dormido para siempre, un vecino menos, y ya van muchos.

Hay momentos en los que el camino es espectacular, barrancos de pizarra casi verticales a la izquierda, a la derecha el río y su verdor, dos chicas paran imprudentemente su Mercedes para hacerse un selfie, un milano baja como una exhalación para llevarse una cogujada, como en mi infancia nos llevaba los polluelos delante de nuestras narices, a pesar de que éramos guardines de ellos. Un bando de perdices hacen de liebres mías en la subida hacia las Vegas de Domingo Rey, un enorme tejón meloso me sorprende y se sorprende retrocediendo a su escondite, ¡desde la bicicleta se perciben tantas cosas! Sigue como siempre el frontón de La Atalaya, esperando a contrincantes para un partido pero no llegan; debe ser complicado jugar ahí, con las espectaculares vistas hacia La Canchera que se divisan, se me iría más de una vez la vista, cómo las que se ven bajando hacia el Agadón, una bajada larga, descansada, por la que hay pagar un duro peaje hasta llegar a Martiago, es lo de subir y bajar, como el viento que a veces es amigo del alma y a la vuelta de la curva sopla feroz contra ti.

Disfruté de un cielo espectacular, a la altura de Agallas, - pueblo desde donde se divisa una impresionante vista de la sierra-un avión logró colarse entre sus rendijas, pensé que de tratarse de un Airbus, podrían viajar tantos pasajeros como habitantes viven en esta comarca. Toca a muchos km2 cada habitante, da alegría toparse con alguna persona, como me ocurrió subiendo hacia Agallas. Un caminante hacía el recorrido inverso, charlamos un buen rato sobre la falta de gente el denominador común, cómo las tierras han sido abandonadas, casi en estampida... Los viejos huertos a la entrada, que junto a la espadaña de la iglesia tanto alegran al caminante, muestran esqueletos de frutales que la intemperie ha ido podando, atrás quedó la fruta de sabor exquisito, pero de regular presencia, a veces taladrada por los gusanos. La llegada de la fruta-plástico de Monsanto los abandonó para siempre.

Hablando de plásticos, cuesta entender que a pesar de que las carreteras están casi vacías, no faltan en sus orillas las consabidas botellas de plástico, las latas, las bolsas de guarrería, etc. en eso somos todos iguales, pertenecemos al mundo global. De Las Vegas a Martiago, la carretera es un auténtico rompe piernas, hay que cruzar varios valles de ríos y regatos, y no hay más remedio que subir y bajar. Pienso en mi padre que por estas fechas próximas a san Juan y San Pedro, santos que en el calendario marcaban los contratos laborales, venía también en bici hasta estos pueblos para “coger criados”, siendo aquellos años Ciudad Rodrigo una primera salida para mejorar la vida de estos habitantes.

Me han acompañado todo el camino mariposas que increíblemente revoloteaban, defendiéndose del viento, son las mariposas del aire que cantó García Lorca en su Zapatera Prodigiosa, “mariposa del aire, dorada y verde...” justo en el momento que tengo delante una pareja de ellas, me encuentro ante el CRA Agadones, la única escuela abierta en todos los pueblos, ambas coincidencias me llevan hasta los años 1977 cuando por estas fechas ultimábamos los ensayos para estrenar La Zapatera Prodigiosa en Fuenteguinaldo.

Al enfilar la carretera de Ciudad Rodrigo, me sorprenden los viejos remiendos de alquitrán y arena, recordando a los camineros, otro oficio que el tiempo se ha llevado por delante, por lo que visto lo visto, es muy difícil cambiar la dirección que ha cogido la vida en esta comarca. Hasta los trabajadores que ultiman el nuevo puente del Risco están en minoría, tal vez solo aumenten las alimañas, pues su hábitat natural mejora de año en año, mientras lo respeten los fuegos. La bajada de Pastores hacia Águeda, la realizo por un camino fiel exponente del abandono de estas tierras, ligeramente maquillado al cruzar el pueblo, donde vi gente, hasta parecía que había jolgorio. Por la vega del río, por las acequias corría el agua que tal vez estaba en el embalse cuando empezaba el recorrido, ahora se mueve sin rumbo, perdida, sin encontrar apenas hortalizas, frutales,...tan sólo hierba, juncos, carrizos, zarzas, cunetas...¿qué ha quedado del regadío? Muy poco, por ello el futuro de esta España vaciada es cada vez más incierto.