22 abril 2021
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Los emigrantes salmantinos que mantienen vivas sus tradiciones en Cuba

Los emigrantes de Villarino crearon un club en 1920, que ha superado los 100 años, para mantener las costumbres de su tierra y también para prestarse socorro en el país caribeño que los acogió

29 mar 2021 / 19:30 H.

Pilar Sánchez cuenta en uno de los relatos recopilados por Arsenio Dacosta, que decenas de miles de emigrantes de casi todas las regiones de España fueron en las primeras décadas del siglo XX en oleadas a probar fortuna a Cuba, tras saber que algunos habían vuelto ricos. Emilia Garzón, con cinco años y de Boada (Salamanca), llegó a la isla con su madre Teresa Benito Corral y una hermana en 1920 para reunirse con su padre, Mariano Garzón Torrens, tras embarcar en Cádiz en el buque Alfonso XIII.

Mariano construyó su propia casa en La Habana, trabajó en una sastrería, abrió una pequeña zapatería. Emilia estudió mecanografía y taquigrafía, pero como el padre no la dejó trabajar fuera de casa, aceptó encargos de bordado y costura como modista en el barrio. En los difíciles años 30 la familia se las arregló para sacar un peso o dos para mandar con sus cartas a los parientes que permanecían en la aldea de Salamanca. Esas pequeñas donaciones mantuvieron viva a la familia en España “después de la devastación ocasionada por la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial”. Emilia tuvo tres hijas y cuando murió su marido Alfredo Fors con 37 años, tuvo que tomar la dolorosa decisión de separarse de las niñas de ocho años, seis y año y medio. La mayor fue a Nueva York con una cuñada. La familia dependía de la costura de Emilia y las aportaciones del abuelo Mariano. Mucho tiempo después viajó para ver a sus hijas, ya adultas, a Londres y Moscú con transbordo en Madrid, Emilia nunca volvió a Boada y cuando tenia 90 años, en 2004, dijo que el único sueño que no se le había cumplido era el de regresar a la aldea. “Mi hija fue en 2001 y trajo fotos de la que fue mi casa, como yo la recordaba”, comentó la emigrante que salió de niña de su aldea.

La boda de Carmen García y Antonio Martín Luis en 1942.
La boda de Carmen García y Antonio Martín Luis en 1942.

”Operación Añoranza”

José Romo nació en San Felices de los Gallegos en 1882 y Teodora Hernández en 1885. En 1907 llegó Florinda, su primera hija. Por sus escasos recursos económicos, primero viajó a Cuba José en 1910 desde el puerto de Santander. Los primeros meses trabajó como albañil en la construcción del malecón de La Habana y de un puente. Como le limitaba una cojera, se convirtió en jardinero. Con su esfuerzo, en 1912 pudo pagar el pasaje de su mujer y su hija, según relata Elena Diego Romo. Florinda tuvo que trabajar de niña porque la familia llegó a tener seis hijas más, además de ella. Cocinaba para españoles sin familiares y lavó para la calle casi toda su vida. Cuidó niños y era tan pequeña cuando fue a Matanzas, separándose varios años de su familia, que tenía que subirse a un banquito para alcanzar la fregadera. Más tarde trabajó en una fábrica, como costurera en una tienda y en un asilo. Allí conoció al sobrino de la superiora, Diego Romo, y se casaron en 1936. Diego trabajaba en un telar y Florinda comenzó a coser para la calle. Llegó a ser encargada de un edificio para no pagar el alquiler del apartamento cuando su esposo, entonces carpintero por cuenta propia, estaba operado. Una de sus mayores felicidades fue volver a su tierra con 85 años con la “Operación Añoranza”. Falleció en 2004 a los 96 y pasó sus últimos años con los recuerdos de los momentos vividos en España, según cuenta su nieta en los relatos recopilados por Arsenio Dacosta.

Florinda era tan niña cuando fue a Matanzas, lejos de su familia, que se subía a un banquito para alcanzar la fregadera

Hispano Suiza descapotable

Juan Grande Martín (Villarino, 1904) llegó en 1918 a Cuba con sus padres. Continuó sus estudios en la escuela primaria, pero le atraía más el trabajo. Repartió telegramas de la Wester Union, luego fue taxista y compró un Hispano Suiza descapotable, uno de los más lujosos de la época, lo que le permitió ser chófer de figuras de la cultura, el deporte y boxeadores. Autodidacta, era aficionado a la lectura y llegó a memorizar el “Don Juan Tenorio” completo. En los 40 se hizo garajista con la ayuda familiar, trabajando 10 horas diarias los siete días de la semana en un pequeño almacén de su propiedad que suministraba piezas de autobús. En los años 60 viajó con su esposa a EEUU, reuniéndose allí con sus hijas. Vivió allí hasta su muerte en 1989. Cuando pudo ahorrar fue con su familia a Villarino y repitió el viaje cuando estaba en EEUU.

Manuel R. Notario cuenta que entre 1900 y 1915 emigran a Cuba alrededor de 80 villarinenses. En aquella época el pueblo contaba con 2.000 habitantes censados. No habían salido del terruño más allá de los pueblos vecinos y todos se agruparon en la misma zona de La Habana, y ninguno vivió a más de 2 kilómetros del Club Villarino. Constituyeron una sociedad de socorro y ayuda para los villarinenses y sus descendientes, y para preservar las costumbres, comidas, músicas y folclore del pueblo, Salamanca y Castilla y León. A pesar de su origen pobre (campesinos, jornaleros) y de que no contaban en Cuba con grandes recursos, se preocuparon de ayudar a su pueblo de origen; subvencionaron económicamente la construcción de una escuela primaria, ya que la de entonces era pequeña y estaba en malas condiciones. Alguno también tenía algún oficio como herrero, carpintero o albañil. Se emplearon en comercios de españoles por un pequeño sueldo y las mujeres trabajaron como empleadas de hogar o en pequeños talleres como tejedoras. Muchas fueron amas de casa, aunque alguna trabajó en el negocio de su esposo.

José Notario contó con un gran cuarto con hamacas para acoger a sus paisanos y enseñaba a leer a la luz de una vela

Sin luz ni agua

José Notario Campos (Villarino de los Aires, 1888) llegó desde la Coruña a La Habana en 1904 con una maleta de cartón medio vacía con ropa humilde y gastada. Hijo de campesinos, con 14 años trabajó en Madrid en oficios de la construcción y ahorró para su viaje a Cuba. A los dos años llegó su hermano Nicolás a la isla. Construyeron una humilde casa de madera y tejas, con una habitación de dormir y en el exterior, la cocina y el excusado, sin electricidad ni agua corriente. También construyó un gran cuarto de dormir con argollas para colgar hamacas, donde se alojan temporalmente familiares y amigos hasta que logran independizarse. José organizó una escuela en casa por las noches, donde a la luz de la vela dio clases para enseñar lo más elemental. Se casó en 1912 con Isabel Mayor. En el bautizo del pequeño Paco (el cuarto hijo de seis) que reunió a los villarinenses, a propuesta de Manuel Marcio Martín se acordó crear una entidad fraternal para mantener las costumbres de Villarino. Se creó una comisión gestora para constituir el “Club Villarino”, quedando inscrita en 1920 en el Registro de Entidades de La Habana. “Don Pepe” trabajó en la construcción y llegó a ser maestro de obras. 50 años después de su muerte se recuerdan aún canciones tradicionales como “El burro del tío Silverio”, “Carmen Hermosa” o “El padre Antonio”.

Huir de polizón

Carné de Antonio Martín Luis, que emigró con 15 años.
Carné de Antonio Martín Luis, que emigró con 15 años.

Antonio Martín Luis (Villarino de los Aires, 1910), huérfano, llegó a Cuba en 1925 en el Vapor Santa María. A los pocos días, trató de irse de polizón en un barco para volver a su patria, pero fue descubierto. Trabajó de dependiente en un comercio de víveres, y de bodegas. Con su hermano Francisco compró un establecimiento y él se ocupó de ser mensajero y Pancho de atender el despacho de víveres en la propia bodega. Como mensajero conoció a María del Carmen García Mesa, cubana e hija de canarios. Antonio se hizo socio del club de Villarino en junio de 1945. Sus hermanos también se asociaron. En 1947 se independizó con su propio comercio. Enseñó a sus hijos a amar a su tierra natal: recordaba las casas, la iglesia, las procesiones de San Roque... Escuchaba programas sobre España en la radio. Cantaba la canción del emigrante: “Al salir de España un día, volví la cara llorando, porque lo que más quería atrás lo iba dejando”.

A pesar de no contar con grandes recursos, subvencionaron la construcción de una escuela en su pueblo de origen

En 1951 vendió su comercio y compró otra tienda de víveres. Edificó un nuevo establecimiento y dos casas: una para la familia y otra para alquilar. En 1957 vendió la bodega, cambió de casa y compró un camión Panel Chevrolet para vender productos industriales a las bodegas. Comenzó con un empleado como chófer y cuando aprendió a conducir se quedó solo con el negocio. Tras triunfar la Revolución Cubana, en 1961, el gobierno le propuso trabajar como administrador de una unidad de víveres. Se jubiló en 1992. Le detectaron Parkinson y cuando la enfermedad se acentuó coincidió con el “periodo especial”. Se consiguieron medicamentos en otro país, pero su dolencia se agravaba. Falleció en 1994 con 84 años, en su sillón favorito. Siempre añoró volver a su tierra, “pero con sus palabras siempre se mantuvo en ella y enseñó a su familia a amar y conocer Villarino de los Aires”.

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