28 febrero 2021
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La increíble historia de Fray Miguel: “En el Congo no se podía cruzar la selva de tantos leopardos como había”

A lo largo de 50 años en África ha vivido momentos tan duros como el genocidio de Ruanda o la atención a los leprosos. Hoy vive en Las Batuecas

Fray Miguel Gutiérrez ha cumplido 82 años, de los que 50 los ha pasado como misionero en África, donde pasó 45 años en la República Democrática del Congo, 3 años en Costa de Marfil, un año en Camerún y otro año en Ruanda. Ahora vive en el monasterio de los Carmelitas Descalzos de Las Batuecas.

–¿Qué es lo más triste que le ha pasado en medio siglo en África?

–El genocidio de Ruanda. Ese día teníamos que traer cables de la central eléctrica porque nos lo daba el director pues eran muy gruesos y no se podían comprar en los comercios. A las 11 de la mañana comenzaron los Hutus a matar Tutsis y Hutus moderados. El Congo y Ruanda están separaros por el río Ruzzizzi, que sale del lago Kivu y va al lago Tanganika. A niños, jóvenes, hombres y mujeres, hasta a ancianos les cortaban la cabeza y los tiraban al río. Los de la orilla del Congo gritábamos llamándolos “asesinos”. Hasta yo gritaba en español. Ha sido la experiencia más triste de mi vida.

–¿Era difícil ser misionero en los años 60 en África?

–En la misión carmelitana de Masisi había dos selvas que había que recorrer: Walikale-Mutongo y otra en Ñamaboko. Se visitaban sus poblados y se veían las necesidades espirituales y materiales: hacer carreteras, construir iglesias, escuelas o centros de salud. Allí se estaba por lo menos dos semanas sin ir a la central. Un día se hacían 30 kilómetros, otro 40...Un día dos obispos hablaban de evangelizar una selva de la misión de Butembo a partir de la Diócesis de Goma. No se podía pasar por tantos ríos y tantos leopardos como había. Me presenté como voluntario y fui para allá.

–¿Cómo son hoy en día estas misiones y parroquias?

–En la parroquia que yo dejé al venirme del Congo (Chimpunda) había unos 10.000 alumnos en las escuelas primarias. La Universidad Católica tiene bastantes clases, también la Universidad Oficial y sobre todo la Escuela de Enfermería, con más de 2.000 alumnos. Los Carmelitas llevan más de 30 años siendo capellanes de este centro. Todos los días por la mañana encuentras más de 500 jóvenes estudiantes oyendo misa.

–¿Ha vivido situaciones delicadas con los estudiantes?

–En la parroquia de Chimpunda teníamos todo ocupado por la llegada de chicas jóvenes que venían a estudiar desde la selva. No podían estudiar en una escuela ordinaria porque ya tenían 13 o 14 años. Al preguntarles por qué no habían ido a la escuela, nos decían: “porque nos violaban. Teníamos que quedarnos en la platanera para que no nos vieran”. Había unas 700 chicas en esa misma situación. –También han bregado con la lepra...–Cuando los Carmelitas nos internamos en la selva de Walikale y Ñamaboko encontramos muchos leprosos. La lepra a unos les había comido las manos, a otros los pies... Pensamos hacer un poblado para los leprosos.

–Logró llevar la electricidad a algunos lugares...

–Los cristianos decían que Cristo es luz, pero allí ellos estaban en las tinieblas. No tenían luz eléctrica y las turbinas estaban a unos cinco kilómetros. Con la ayuda de Manos Unidas y la colaboración de los habitantes, se pudo poner la electricidad en veinticinco poblados.

–¿Cómo es el espíritu de un misionero?

–El Carmelita tiene que ser 100 % misionero y 100 % contemplativo, no mitad y mitad, sino completamente misionero y completamente contemplativo. He sido un pobre misionero en África. Ahora un pobre contemplativo. Yo he pedido mucho para hacer iglesias y colegios, pero no para comer. Regresé a España con tres kilos más y 50 euros después de 50 años de misión.

–Hoy en día hay pocos misioneros...

–Antes las familias eran muy numerosas y podían mandar a sus hijos a la misión. Hoy con uno o dos hijos que se tienen no se pueden mandar a las misiones. Sin embargo, hay muchos misioneros nativos y eso hace que allí los seminarios estén llenos.

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