'Quizás porque mi niñez...' de Ciudad Rodrigo al molino de Ventura

Relato del recorrido por los bellos paisajes acompañado de imágenes

07.11.2018 | 12:33
'Quizás porque mi niñez...' de Ciudad Rodrigo al molino de Ventura
Fue el teatro una de la herramientas que muy pronto incorporé a mi mochila de maestro. Ella me permitió completar tantas carencias que los libros de texto no tenían, creando un clima especial entre los alumnos. La falta de textos adaptados al mundo infantil con un mínimo de coherencia, me llevó a dramatizar poesías, cuentos e incluso cuadros de pintura. Alejado ya de la escuela, recurro de vez en cuando a poner vida a poesías cuando camino por parajes maravillosos.
 
La última vez que me ocurrió fue el martes y esta vez fue con la canción de Mediterráneo. Como dice Joan Manuel Serrat, Quizás porque mi niñez sigue mirando a la sierra, siempre que inicio una ruta desde Ciudad Rodrigo, instintivamente cojo la dirección SE, que me llevará hacia la sierra.
 
Tal vez ahí duerma mi primer amor por la naturaleza, y necesite de vez en cuando darme una vuelta por esos parajes. Tarde de otoño, luz teñida de tonos anaranjados, ideal para tapizar el exceso de marrón pardo que aún tiene los campos mortecinos.
 
Es el margen derecho de la ribera del Águeda un pequeño oasis de lo que fueron las huertas hace años. Extensos maizales casi todos secos, de un marrón apagado, nunca el maíz es bello en su decrepitud, indican actividad agrícola.  Aún pude ver maíz al que le habían cortado la bandera, un trabajo de los más aborrecidos en mis años campesinos.
 
Afortunadamente se ven tractores con las sembradoras arañando la tierra para echar las semillas que después tapan. Adiós a los sembradores con el saco al hombro, a las yuntas, pero siguen siendo pardas sementeras, a la orilla del río donde los chopos empiezan, aunque  tarde, a amarillear dando un poco de color a este otoño caluroso y seco. Antonio Machado cantó como pocos el paisaje otoñal, donde el campesino, antes de que llegue el invierno, entierra las semillas para que vuelva la primavera. Desgraciadamente por estos contornos, las primaveras surgen espontáneamente, pocos labradores, pocas sementeras, demasiadas tierras abandonadas.
 
El verbo abandonar es contagioso, las dos grúas que colocaron en el monasterio de La Caridad, que prometían un paraíso terrenal cerca de la ciudad, han sido abandonadas, todo lo que huele a obra ha huido. Afean su vista, afortunadamente ahora maquilladas por los árboles y la luz otoñal.
 
Surge del arado un olor que me lleva a lugares situados al fondo de mi memoria pero que son de una enorme exquisitez, olor a tierra húmeda, aireada, tan poco común oler por estos alrededores. La jara y el tomillo, son siempre los olores que te dopan para ayudar a subir las duras cuestas hacia Zamarra en busca de la sierra. Hay que echarle esfuerzo y ganas, para seguir la estela  ascendente de las curvas que parecen serpientes tumbadas a la solana entre matorrales. En esos momentos, suelo distraer la mente, engañarla en tejemanejes que la alejen del cansancio y sobre todo del abandono. Es el paisaje siempre el mejor reclamo, su belleza, su escasa visibilidad, pues apenas hay gente que lo disfrute, su deterioro. Esa tarde, algunos pescadores habían bajado con sus coches hasta la orilla del embalse casi vacío, me costó entenderlo, cómo unos individuos amantes del medio ambiente puedan utilizar el coche hasta esos extremos. Una infinita fragancia que soltaban los tomillos en su muerte, detrás de los arados, me llevó en volandas hasta la cima.
 
Desde Navasfrías a La Hastiala, la sierra ha pintado mi niñez y ahora de forma especial mi tiempo de jubilado. La luz de la tarde, bajo el cielo , coloreaba de azul toda su inmensidad como el Mediterráneo de Serrat, igual que él llevo conmigo esa luz, esos colores, ese olor de infancia, con los que debido a mi amor por la naturaleza, nunca reseteé allá por donde anduve.  
 
Afortunadamente hay vecinos de Zamarra, paseando en la carretera. Pregunto para confirmar el camino hacia el paraíso que busco. Se trata del molino de Ventura, situado en el Agadón. Según me dijeron, fue durante muchos años a donde acudían a moler el grano los vecinos de Zamarra, la Atalaya, Villarejo, Las Agallas. ¡Qué dureza de labores! Recorrer 5 km con los carros, sin poder bajar hasta el molino, sus pendientes no eran aptas para esos vehículos. ¡Cómo podremos estar aún vivos! Suspiró la mujer, un lamento que me llegó al alma.
 
Dejo la vía principal, para circular por las nuevas autopistas rurales, pistas que comunican parcelas y tierras, muchas de ellas abandonadas. Antes que todas se cultivaban y había que llegar a ellas, no había caminos, ahora que hemos hecho los caminos no quedan campesinos. Es la cruz de estas tierras siempre en el olvido de políticos de todas épocas y colores. 
 
El camino se pierde entre una mancha de encinas espectaculares que lucen el verdor de sus bellotas con el resplandor del sol. Un fresno, espectacular por su tamaño y el color amarillo de sus, hojas compone una preciosa imagen entre las encinas. Dos encinas a ambos lados del camino hacen de arco triunfal para salir del encinar y encontrar la sierra de la Corredera de frente, muy cerca, visibles los caminos y pistas que había pateado la semana anterior, sorprende ver siempre la otra cara de la moneda.
 
Escondido tras las peñas, el viejo molino duerme su sueño eterno, guardando entre sus muros historias y leyendas, sus largas noches de invierno. Situado en un vado del Agadón, en medio de una gran alameda, sus restos adquieren una gran belleza, cuando el sol se resistía a esconderse por el  monte y desparramaba su luz dorada en el recodo del río. El esfuerzo ha sido recompensado, disfrutando de la soledad, del sonido del agua, los reflejos, el pasto verde en medio de tanta sequía. Sumido en la profundidad del valle, una pareja de buitres, me recordaron lo que tenía que subir al regreso. 
 
Subiendo, le fui ganando la partida al sol que intentaba esconderse tras el monte. Al llegar a la cumbre, me senté en una peña, para disfrutar del paisaje: En la ladera de un monte, más alto que el horizonte. Quiero tener buena vista. Desde aquí la vista es espectacular. Donde el río traza su curva de ballesta machadiana, parte de su caudal era conducido a través del canal para mover las dos ruedas del molino. Al fondo toda la sierra dispuesta a recoger agua para la causa.
 
A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos, era hora de regresar disfrutando del atardecer otoñal.
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