Peregrinando a La Peña de Francia desde El Maíllo

Caminos de peregrinos solitarios

07.09.2018 | 18:49
Peregrinando a La Peña de Francia desde El Maíllo
Mucho tiempo y esfuerzo le ha dedicado el mirobrigense Ángel Rodríguez a señalizar el Camino de Santiago por caminos y senderos de nuestro entorno, dirigiendo a los eventuales peregrinos hacia parajes maravillosos, como el que han de recorrer para subir a La Peña desde Morasverdes, quizás a través del impresionante valle que ha formado la rivera del Maíllo. 
 
Varias señales nos encontraríamos a lo largo de una jornada caminando por la Sierra de Francia y desgraciadamente todos los caminos estaban vacíos, sólo las pesadas moscas, pertinaces, revoltosas, muy machadianas en estos albores otoñales, nos acompañaron especialmente cuando caminábamos entre los robles.
 
 Recorrer un camino varias veces es una experiencia siempre distinta. Si el camino del que se trata es un camino con mucho encanto, es fácil que durante su recorrido justifiques la repetición del mismo. Es la subida a la Peña de Francia desde El Maíllo, uno de esos caminos que te dejan buen sabor de boca, a pesar de su relativa dureza, deseando pronto volver a ascender por él a la altura más visitada (en especial mañana), más conocida, pero no más alta de nuestra provincia.
 
Cualquier estación tiene sus colores, olores, su cielo, para acompañarte en tu caminar, pero quizás sea el final del verano o el otoño el mejor tiempo para echarte la mochila al hombro y comenzar a ascender por la senda que utilizaban los frailes para bajar a su finca particular, escapando de los fríos del duro invierno. Es la Casa Baja un buen refugio para ello, cuesta comprender cómo podían ser capaces de darse esos enormes caprichos cuando la población pasaba tantas penurias. Hoy aún se pueden ver los muros, restos de pabellones, la iglesia, de un espacio privilegiado.
 
La mañana que decidimos subir a la Peña, había amanecido con niebla baja, el tormentón caído el día anterior había regado un campo ya abrasado por el estío, dejando a primeras horas de la mañana todo cubierto por "la marea", dándole un toque bastante otoñal. Las gotas de rocío adheridas al pasto seco, parecían telarañas perfectamente tejidas por el frío de la noche, en los helechos los primeros rayos del sol se descomponían por efecto de la reflexión. Llevábamos muchos amaneceres sin atisbo de humedad, como lo fue el año pasado cuando en la subida sólo encontramos sequedad polvorienta.
 
Agradable comienzo por un camino que sortea robles y pinos, muchos marcados esperando la motosierra, con un suelo tapizado de  helechos, este año gigantescos de un color verde intenso, algunos ya amarilleando, y por muchos brezos completamente florecidos, componiendo unas escenas de gran belleza, para amortiguar las duras rampas con las casi siempre solemos empezar las rutas de montaña.
 
Cuando la niebla rala se cuela entre los árboles del bosque, parece jugar al escondite, siendo muy exigente con la altitud, por ello en muy poco tiempo aparece o desaparece, dejando los árboles y el camino difuminados, dándole siempre un toque especial, si en el cielo se impone el color azul intenso. De mi etapa campesina, recuerdo que mi padre decía que la niebla de mañana un día de verano terminaría formando tormenta por la tarde, casi siempre se cumplía ese razonamiento campesino, seguro que basado en la experiencia, con claros fundamentos basados en la humedad del ambiente. Nos acompañó a Chema y a mí tal razonamiento, mirando siempre al cielo para ver el cariz que iban teniendo las nubes, especialmente después de ver los efectos que la tormenta había dejado en el camino, arrastrando gran cantidad de materiales.
 
¿Cómo puede haber tanta diferencia entre un camino trazado siguiendo las curvas de nivel y un cortafuegos o una pista forestal? Es una pregunta que un viajero se puede plantear al contemplar tales caminos desde la lejanía, pero es poniendo en práctica el verbo caminar cuando se aprecia la gran diferencia. Tiene esta ruta un cambio demoledor en ese sentido, de golpe y porrazo el camino que ya se había suavizado bastante es amputado bruscamente para dar paso a un cortafuegos que se ha llevado por delante al camino y a toda la vegetación, transformándose en una rampas durísimas que te amargan un poco las agradables sensaciones que llevas a la espalda.
 
El camino vuelve a aparecer cuando las pedrizas de cuarcitas se han adueñado de las laderas de estos picachos que forman valles espectaculares en las partes bajas con robledales que con su verde intenso, este año predicen un otoño más tardío. Desde el claro del bosque se comienza a divisar la lejanía, entre brumas y nieblas, entre el mar verde, sobresalen ríos, lagos y lagunas de color amarillo, son los colores del verano que se han colado en un paraíso donde el verde lo pinta todo. Duras rampas por un camino vertical, de suelo intransitable después del torrente que debió bajar la noche anterior.
 
Ambición y tesón para alcanzar el gran valle del Zarzosillo y con él la vista de la impresionante mole de la Peña, el objetivo de nuestra ruta. Ahora el camino se transforma en un impresionante arco de 180º, picando hacia arriba de forma moderada. Extensiones enormes de terreno se divisan desde esa privilegiada atalaya, esta mañana bastante difuminado entre la bruma. Un serbal de los cazadores nos sorprende a la orilla del camino, sus frutos rojos dan la nota de color de la subida.
 
Desde la salida la temperatura ha ido cambiando como la dirección y la elevación del camino, mucho quita y pon, paradas además de observar las vistas y dejar constancia para el recuerdo. Una vez alcanzada la carretera para llegar a la cumbre se puede optar por el sendero de cabras que este año estaba de pena por el torrente que lo había escarnado completamente o continuar por la carretera hasta alcanzar el vía crucis que sube de La Alberca, dos opciones válidas a gusto del caminante. Para gusto, nada como comer un bocata con cerveza incluida, una vez que conseguimos que apareciese la camarera detrás de la barra. No fue fácil.
 
Siempre hay peregrinos en la cumbre de La Peña, eso sí, peregrinos todos motorizados a los que cada vez le ponen más fácil la carretera para que suban hasta el último metro, qué diferencia con el último tramo del camino de los peregrinos caminantes. El espacio está preparado para peregrinos, con ofertas de menús del peregrino incluidos, platos contundentes para gente que ha consumido pocas calorías en la subida.
 
Regresamos por una nueva ruta. Siempre estamos abiertos a explorar nuevos caminos. El rostro humano que siempre me recuerda la Mesa del Francés, sigue mirando a Monsagro, colgado en el balcón con vistas al valle del Agadón. El camino gira en dirección a La Hastiala, a través de una especie de istmo, que une la mayor altitud de la zona con La Peña. Si por el camino de subida sólo nos encontramos con nuestro esfuerzo para subir a veces las duras rampas, en éste de bajada, nos costó hasta seguir su difuminado sendero entre rocas y piedras. Afortunadamente los pocos caminantes que pasamos por ellos, colocamos de vez en cuando hitos, que saben a gloria cuando el camino hace aguas.
 
Peña la Cabra, el Robledo, son algunas de las elevaciones que sorteamos en el camino, superan los 1.500, sus laderas rezuman estratos cuarteados por la intemperie, por dónde hacen sus delicias las cabras, junto con las moscas nuestras únicas acompañantes. Dos enormes hitos en la cresta, nos dirigen hacia ella. Vistas impresionantes a ambos lados. Laderas verdes, recorridas por caminos de cabras en busca de pasto y agua en el fondo del valle, una Hastiala desconocida desde ese mirador, el comienzo del gran pedregal que cruzamos a primeras horas de la mañana, la llanura del campo Charro, transformada en pastizales, sin rastro de rastrojos.
 
A partir de ahí, Chema recurre a google maps para asegurar mejor la ruta, pues de las siete fuentes que en principio debíamos ver, nada de nada. Bajamos imitando un poco a las cabras que dejamos atrás, alcanzando sin problemas la pista de regreso. Una pista que en el mapa guarda mucho parecido con la cresta del gallo, idas y venidas entre pinos albar, para no descender nada. Había que conjugar el verbo atrochar, trazando una línea recta, bajamos  entre piñas, ramas y hojarasca que suavizaban las empinadas rampas. Salimos ahorrando algunos km, muy de agradecer después de los km que llevábamos, y las pistas aportan muy poco al caminante.
 
Las nubes tenían poco empaque para formar tormenta. Alcanzado el camino en un santiamén alcanzamos la meta, igual que en la subida todo él era para nosotros, peregrinar por estos caminos alejados de Dios es tarea complicada, nada que ver con el camino de Santiago a su paso por Palencia y Burgos que he podido comprobar esta semana, pronto necesitará semáforos y guardias para regular a los peregrinos.
 
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