Una subida pendiente

Ascensión al Pico Rongiero, en Las Hurdes

04.01.2019 | 11:25
Una subida pendiente
Canta Marwan "Estoy en la estación de las cosas pendientes". Todos, más de una vez, hemos llegado a esa estación, a veces con el agobio de tener que resolver demasiadas cosas que nos quedaron pendientes. Quizás pensase en ello, cuando en el verano del 17, llegué hasta la base del pico Rongiero y no pude ascender hasta su cima.
 
Aprovechando este invierno loco que estamos disfrutando o sufriendo, que uno ya duda de todo, fui con Olga el pasado jueves para alcanzar su cima. No era un 27 de diciembre del calendario de toda la vida, una mañana con cielo azul de nubes ralas, que había dejado una suave escarcha sobre una hierba primaveral. Hasta llegar al Paso de los Lobos, nuestro punto de salida, la carretera discurre a veces entre encinas marcadas por sombra helada, rodeadas de vacas que despiden un vaho que recuerda a los nuevos fumadores con sus vaporizadores. Que en los pueblos que cruzamos vive poca gente, lo certifican sus escasas chimeneas que a esa hora de la mañana lanzaban humo.
Al llegar a la sierra de Francia, los helechos han perdido su encanto, el marrón apagado tiene un aspecto de viejo, a la espera de que sean absorbidos por la trituradora del tiempo e incorporados al suelo, terminando así su ciclo vital.¡Qué sabia naturaleza! Hay que ver cómo ella se encarga de dar los pasos necesarios para sobrevivir, por ello cuesta entender nuestro comportamiento irresponsable, poniendo piedras en su camino.
 
Para piedras, las que tuvimos que patear para alcanzar nuestra meta.Esa mañana el Paso de los Lobos era un maravilloso mirador completamente despejado, nada que ver con la sierra adormecida entre la neblina que contemplábamos desde la carretera, son las diferencias de la orientación. Nos dirigimos hacia el este, donde el sol aún fresco, lanza sus rayos de luz y calor.
 
Aprovechando la bajada y las ganas que teníamos de patear la sierra, alcanzamos la base de la cumbre en un santiamén, a pesar de que teniendo delante tanta belleza, más de una vez teníamos que frenar o pararnos para deleitarnos. Especialmente cuando llegamos a los Puertitos y nos sorprendió el valle de las Batuecas, un espacio natural de gran belleza armónica, donde todos sus elementos parece que han sido colocados en sus sitio, guardando unas dimensiones para que todo el conjunto esté en perfecto equilibrio. ¡Cómo para no estar en las Batuecas de vez en cuando!
 
El puerto de Monsagro es una enorme brecha que separa la Mesa del Francés, también llamado Mingorro y el Rongiero, dos elevaciones de más de 1.600 m. Un perfecto desfiladero de subida y bajada, por donde a lo largo de la historia habrán pasado habitantes de estos pueblos, caminando o a lomos de caballerías, animales salvajes, también el viento, que sopla con fuerza cuando se le estrechan sus caminos, especialmente cuando las tormentas se asientan en estas sierras, que descargan con mucha virulencia.
 
Miramos a la meta, nos pareció lejana, pero accesible, especialmente por la motivación con la habíamos llegado hasta allí.Una empinada pista pronto se pierde entre los brezos, recordándonos que el camino no estaba escrito en la ladera. Los caminos digitales aún no llegan en estas latitudes, quizás sea mejor para no alterar el enorme silencio que todo lo invade.
 
Después de las primeras dudas y zozobras para tomar decisiones, el primer hito que vimos, nos inyectó el ánimo necesario para avanzar ya sin vuelta atrás. Qué pequeño detalle de los montañeros y qué grande es su efecto. A partir de ese momento, era cuestión de dirigir la vista a un lado y a otro y seguir la estela de los hitos, además de ir contribuyendo también a la causa. Los brezos son los dueños de estos territorios, tapizan el suelo como el césped los campos de fútbol, dándole al paisaje un color verde impresionante.
 
De vez en cuando, manchas de jaras, nos alegraban el olfato, estimulando la liberación de endorfinas. Bandadas de perdices nos sorprendían saliendo prácticamente de nuestros pies, un cielo azul lo cubría todo, donde de vez en cuando actuaban buitres haciendo piruetas en el aire en busca de alguna presa despistada. Es difícil calcular las distancias en la montaña, parece que la distancia con la cumbre es siempre la misma. Sí cambia la panorámica que se va divisando a medida que asciendes, la Peña con su implante tecnológico domina todo un entramado de cumbres y valles, un paisaje para nosotros infinito, los únicos habitantes en muchos km a la redonda.
 
Atravesamos, sorteando los últimos roquedos, que hacen que el camino se endurezca, de ahí la inaccesibilidad de estos territorios llenos de magia, misterio y mucha belleza. Un hito descomunal anunciaba el fin de la vegetación, a partir de ahí, las cuarcitas se adueñan del terreno, sorprendentemente ascendemos por ellas mejor de lo que nos imaginábamos. En muy poco tiempo alcanzamos la cima. Mucha alegría y satisfacción al divisar la otra ladera, donde los brezos ya tienen flor. El mar de valles que forman Las Hurdes, el embalse de Gabriel y Galán destacan en el horizonte, estamos en el punto más alto del Rongiero, un monolito lo atestigua, tres nombres distintos para una cumbre, un buzón sin cartas, un lugar para admirar la naturaleza en estado puro. Difícil entender que tenga tan pocas visitas, tan pocos "me gusta", somos afortunados, disfrutamos el momento.
 
En la montaña la meteorología puede cambiar en cuestión de minutos. La niebla que veíamos a lo lejos hacia el oeste, comenzó a avanzar hacia La Hastiala, por lo que estaba claro que debíamos emprender la vuelta, bajando sin prisa pero sin pausa. Ya en el puerto de Monsagro, optamos por acortar el camino, ascendiendo por una pista con tramos casi verticales al Mingorro, una subida de un gran nivel de exigencia, nada que ver con el antiguo camino que se han llevado por delante las máquinas. Alcanzada la meseta, las cabras sustituyeron a los hitos, indicándonos el camino de regreso al Paso de los Lobos, a esa hora la niebla se dejaba deslizar por las laderas del valle del Agadón, una de las últimas imágenes que metimos en la mochila de una subida con mucha pendiente, que la tenía pendiente.
 
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