Por el campo de Azaba: Tras los mares de Unamuno

Ruta por los campos de Campillo de Azaba

16.06.2018 | 17:03
Por el campo de Azaba: Tras los mares de Unamuno
Inicié el viaje sintiendo el viento de costado. A medida que iba girando más hacia el oeste, el viento golpeaba en la cara, un viento fresco de una mañana que iba a iniciar un cambio meteorológico, según las mejores previsiones. Pedaleo por toboganes que me permiten divisar a lo lejos el mar al que pretendo llegar. Me deslizo hacia valles de regatos y riveras colonizados al máximo por una vegetación exuberante, florida.
 
Antes de llegar a Carpio consigo la máxima altitud, maravilloso mirador de enormes manchas de encinares que se extienden hasta donde mi vista alcanza. Tengo delante una larga línea de costa, que delimita las tierras de pasto y cereal y el comienzo del monte. Apenas se siembran cereales por estas penillanuras, el poco trigo que hay, está programado genéticamente desde Monsanto, su altura, duración, espiga? adiós al trigo candeal, cabezorro, pané, ardica, nombres más poéticos que los MN-45 que tendrán ahora.
 
Salen de Carpio varios caminos para adentrarse en el océano de encinas. Fenómeno curioso este pueblo que a pesar de sus pocos habitantes han abierto un restaurante, invirtiendo la tónica de todos los pueblos de esta zona. El tener acceso directo a la autovía tiene premio.
 
Más profundo es el valle de la Rivera de Azaba que da nombre a esta comarca. Aquí se juntan los campos de Argañán y de Azaba, separados por las cicatrices de las carreteras, hoy fronteras de rojo y amarillo ( la naturaleza también habla en clave de banderas). Al subir la ladera del valle, me adentro en el mar que buscaba. Las encinas me acompañarán durante bastantes hilómetros.
 
Espectaculares imágenes de un suelo florecido que tapiza el encinar y las fresnedas, que muestran unas copas engrandecidas y brillantes en esta primavera lluviosa. Nada que ver con mi anterior visita, donde todo era polvo y sequía. Los gordolobos florecidos hacen de balizas a orillas de la carretera, donde los cantuesos, jaras y otras flores aromáticas sueltan una fragancia exquisita. ¡Qué cambio! Después de km  con las orillas de la N-620, esquilmadas por el letal herbicida.  
 
Huelen estas tierras a cerdo, base importante de su economía, que se ha mantenido. La montanera atraía gran cantidad de cerdos venidos de otros pueblos. Espeja entre tantas cosas, perdió el olor a cebollas, que tuvieron gran calidad y fueron muy apreciadas. Hoy aún se pueden ver arreglados algunos huertos de una tierra de gran calidad.
 
Tienen en común todos estos  pueblos la caída libre de sus pirámides de población, donde los peldaños para los  de menor edad, llevan demasiado tiempo vacíos. Es lo primero que te comentan los vecinos, todos mayores, pero que tanto en Espeja como en Campillo, le encanta conversar con el forastero. Recuerdan lo que fue, lo poco que queda, lo que ha cambiado, el futuro incierto. Un ejemplo, las escuelas de Campillo han sido transformadas en tanatorio. Y pensar que aquí veníamos con los alumnos desde Fuenteguinaldo a jugar maestros y alumnos al fútbol, programando  jornadas de convivencia entre pueblos que rechazaron la concentración escolar.
 
Mi liebre digital  había previsto llevarme por el camino de Martihernando, desaconsejándomelo un vecino por su mal estado, ventajas de charlar con ellos. Dejo Ituero a la derecha comenzando la ascensión, una subida que te permite contemplar la inmensidad del mar. Según mi maestro Raúl, quizá fuese aquí donde Unamuno se inspirase para escribir su genial poesía.
 
Tiene cierto aire andaluz este paisaje, incluso los pueblos son más blancos que los de otras comarcas, quizá por ello, el marqués de Tejadillo( ahora Texadillo) y  Emilio Tapia vaquero de Fonseca, ponían hace años, su toque andaluz los martes en Ciudad Rodrigo, con su sombrero de ala ancha, votos camperos y pantalones ajustados con dobladillo blanco.
 
Apenas ya tienen visible los encinares la candela, pero destacan por el tamaño y la edad de sus ejemplares. Encinas de troncos robustos que el tiempo cronológico y meteorológico ha ido moldeando, copas a las que  han dado forma leñadores y cortacinos. En Campillo hay un encinar modelo en cuanto a su conservación, no ocurre lo mismo en la mayoría, donde se hace notar el abandono y el trabajo letal de los hongos, con bastantes ejemplares muertos.
 
Gran fuente de riqueza y energía fueron estos mares de encinas. Pedaleando, recuerdo a Colás Montero, gran conocedor de estos montes, que dedicó su vida a surcar estos mares con su moto. Gran trabajo con el olivo, el desmoche para mantener con vida el encinar. Era la leña de encina el mejor combustible vegetal, que junto al carbón y el cisco, Colás se encargaba de llevar a las casas o servir en su estación de servicio de la Avda. de España. 
 
Están los escaramujos, malvas, amapolas, saucos, repletos de flores, después de tanto tiempo desaparecidos, llaman de forma espectacular su presencia, llenando de color el camino.
 
Para encina grande, la que está a la entrada de Pascualarina, haciendo de guardián del  buzón de correos, manteniendo las raíces postales de su dueño. A partir de aquí, termina la travesía por el mar, regreso a la penillanura, donde gran cantidad de vacas compiten para zamparse herbazales  enormes, donde las cigüeñas a duras penas logran alzar su diminuta cabeza y el largo pico.
 
Son también vacas de tercera generación, con chic en la oreja, sin nombre poético, que ahora siegan, donde hace años lo hacían segadores venidos de las Hurdes. A pesar de que la actividad humana ha cambiado, la belleza de estos encinares se mantiene, especialmente esta primavera. 
 
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