16 octubre 2019
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Caminando por los andurriales de la España vaciada

02 ago 2019 / 12:31 H.

Venía el día fresco en Ciudad Rodrigo para ser el 30 de julio, después de días de calor sofocante, la amplitud térmica, una de las notas que marcan el clima por estas latitudes, se ha desbocado de tal manera que las predicciones del tiempo suelen estar marcadas por el error. Salíamos temprano hacia la sierra de Gata, poco más de 50 km, casi una hora de recorrido, por la España vaciada, un pelín animada por la llegada de forasteros, de hijos que se fueron y aún sienten el apego y la morriña del pueblo.

Pronto, tenemos delante la inmensidad de la sierra, esa muralla natural que nos separa a castellanos y extremeños, de vez en cuando cruzamos un pueblo, donde el reloj vital se quedó clavado en una hora indeterminada y la mayoría de ellos no han vuelto a andar. Nos sorprende El Sahugo, donde los pintores señalan un paso de cebra, quizás la llegada de forasteros hayan hecho reflexionar al ayuntamiento, para que no extrañen la ciudad. Es necesario tratarlos bien, para que vuelvan, para que esta España vaciada pueda tener, a pesar de todo un hilillo de esperanza.

Sin prisa- estas carreteras no están para ello- pero sin pausa, nos vamos acercando a nuestra meta. Atravesamos el enorme túnel que forman los robles en Saeteros, donde se agradece que últimamente el hombre haya limpiado el suelo. Una vez más, es la especie humana y el agua los grandes ausentes de estas tierras, sin los cuales su futuro peligra. En el Puerto Viejo de Martiago, como era de esperar, todas las puertas habían quedado abiertas la noche anterior, el viento frío campaba a sus anchas por los cuatro puntos cardinales, 10º a las 10 de la mañana el 30 de julio no es normal, lo malo es que ya lo empieza a ser.

A falta de gente, esa mañana formamos un equipo de seis personas, dispuestos a recorrer estos andurriales, como diría mi padre. Queríamos enseñarle a nuestros dos amigos venidos de Salamanca, la belleza natural de esta zona tan alejada de todo, en la distancia y especialmente en el tiempo. Desde La Golosa a Martiago, hay unos 12 km, tanto a la ida como a la vuelta no vimos coche alguno, por lo que da lo mismo recorrer en bici o a pie, es difícil que alguien se acerque a estos parajes.

Ante el frío, nada mejor que la brigada, como hacíamos en el campo, aprovechando la leñera, cuando el invierno empezaba a despedirse. Una pista, demasiado urbana, para que los coches puedan recorrer estos parajes, nos lleva hasta la puerta de entrada al gran valle del río Malavao, con la Bolla Chica a la izquierda y la Grande al frente. Un río es una corriente continua de agua, según pronto aprendimos en la escuela, ¿cuántos ríos habrán dejado de serlo últimamente? Hemos recorrido varias veces esta pista, que se llevó por delante al viejo camino que llevaba a Las Erías, donde nace este río, siempre había agua, humedad, ayer, nada de nada, un puente bien hecho de tubos para que el viento sople de un lado a otro.

Una pena, ver el cauce seco de un río, de este río especial, que nace en Extremadura y desemboca en Castilla León, quizás para compensar al Alagón, que hace justo lo contrario, un río con 4 nombres: Malavao, La Malena, Olleros y Mayas, un río que es una delicia ver con agua cuando acaricia los meandros y la vega en el molino Granadero, allá por Robleda.

Siguen las laderas tapizadas de brezos, las terrazas donde los árboles plantados esperan el tiempo de crecimiento, embellecen el paisaje, pero no le quitan al viajero la enorme desolación que siente ante la devastación que deja el fuego, otro de los azotes de esta tierra, y ya son muchos. Al llegar al puerto de Las Erías, la pista aún se amplifica, parece un depredador de vegetación, llevándose por delante el camino y sus árboles centenarios, otro enemigo, las máquinas, que han dejado en estas sierras enormes cicatrices, que al menos en verano, la escobilla intenta suavizar las heridas, una especie de “mercromina” natural.

Siempre me ha parecido La Bolla una cumbre distinta, sus curvas, su cima redondeada, le dan un toque femenino, ante el Jálama, la Canchera, el Rongiero, de cumbres esbeltas y puntiagudas. No representa los metros que dicen que tiene, aunque al poco de empezar su subida, ese algoritmo se esfuma. Unas rampas duras, verticales, te ponen en poco tiempo en su cumbre, donde habita siempre el viento Ya nos conocemos, cuando aparecen las pizarras puntiagudas, que recuerdan las fauces de un perro o la boca abierta de un cocodrilo, la ascensión ha terminado.

Una vez más, el entramado de valles hurdanos, hace las delicias de todos, especialmente de los primerizos de ver estas tierras. Había caminantes y jóvenes, una alegre sorpresa entre tanta despoblación. Quien quiso anotó en un cuaderno emociones, siguiendo consejos machadianos ..”quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida” Muchas cosas anoté en ese momento mágico, cuando los pulmones se ensanchan y recuperan pronto del jadeo del esfuerzo, la inmensidad de la naturaleza, la caseta derribada que no es digna de compartir ese espacio, los líquenes que juegan a pintar y de qué manera la pizarra, los piornos que tapizan el suelo, poniendo alfombras a los que llegan, que puedan llegar coches hasta la cima, una aberración...y por último a esos pinos de troncos retorcidos, a los que su soledad y el viento enemigo les han hecho doblarse y retorcerse perdiendo su mejor identidad: crecer derechos hacia el cielo.

Nos hicimos unas fotos, repusimos fuerzas en el estómago, para descender por la ladera suroeste por un cortafuegos kilométrico, con vistas hacia Descargamaría, las Jañonas, El Jálama. A esas horas el sol de Extremadura, ya se llevaba por delante el frío castellano, apetecía cruzar caminos antiguos de robles, encinas, castaños, incluso un baño. Sin mucha oposición del grupo, giramos a la izquierda para bajar al Chorritero de Ovejuela, otra historia, otra forma de hacer senderismo.

Nos costó encontrar el antiguo camino que unía Martiago con Ovejuela, la falta de caminantes, la desaparición de su función y ahora las máquinas, están dando al traste con estas vías de comunicación que son auténticas joyas, tanto por la función que realizaron, como por cómo te llevan sorteando laderas, valles, arroyos, buscando siempre la sombra de árboles centenarios. Nos cuenta Chema, cómo Justo de Martiago al llegar a Ovejuela, comentó que su padre que era comerciante, venía por ese camino a vender al pueblo hurdano, un vecino que lo escucha, lo recuerda, se le sueltan las lágrimas, que emotivo encuentro. Cómo a pesar de la dureza de la vida de entonces, el corazón se ablandaba, ¡casi igualito que Amazón!

Agradecimos todos llegar al Chorritero, un escondite húmedo en medio del secarral más profundo, algunos nos bañamos de aquella manera, agradeciendo el cuerpo el masaje del agua fría, que caía de la cascada. Una vez que comimos los bocatas y bebimos el trago de vino que Antonio metía en la fresquera cómo se hacía hace años, ascendimos zigzagueando entre helechos, algunos dando ya las últimas boqueadas ante la falta de agua. Lentamente, la serpiente humana, cargada de años, se va adentrando en el bosque de castaños y pinos, dos árboles, dos sombras diferentes. Un camino a veces alfombrado, que los pies agradecen después de varios km de caminata, nos saca de la profundidad de Las Hurdes. A la escasa presencia humana, se añade la falta de animales, apenas unas lagartijas mimetizadas de un marrón oscuro poco agradecido, ni tan siquiera los buitres sobrevolaban un cielo que poco a poco fue cogiendo color con el calor del mediodía.

Una pista que bordea el valle donde se cobija Robledillo de Gata, nos lleva, no sin esfuerzo hasta La Golosa para coger el coche e iniciar el regreso. Una mancha de alisos, muestra señales de humedad, apenas nada en medio de una zona castigada por la falta de lluvias, además de otras cosas. Las curvas de la carretera nos llevan a pensar en aquellos viajes desde Torre de D.Miguel hasta Ciudad Rodrigo en “la serrana” que iba parando en todos los pueblos para acercarse a la ciudad a comprar aperos de labranza fundamentalmente.

Poca gente, nadie segando, ni carros cargados de haces, ninguna pareja de vacas tirando del trillo, no hay trilliques dando vueltas a la parva, ni parvas esperando el viento, las eras están vacías o mejor dicho las eras, eran...Sí hay en cambio hay mucha nostalgia sobrevolando esta comarca de Agadones, una comarca que es de sobresaliente para analizar el por qué de nuestra España vaciada. Algo de ello hicimos el grupo, tomando una caña en la dehesa de Martiago hoy reconvertida en excelente merendero.

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