El Campo de Agadones verde y florido

Ruta por distintos pueblos con entornos espectaculares en la primavera lluviosa

22.05.2018 | 12:27
El Campo de Agadones verde y florido

Escribir y publicar en papel tiene sus ventajas. Si de por sí, al escribir un texto, te sobrevuelan numerosas dudas acerca de su oportunidad, si el texto se publica en papel, hay cierto margen para rectificar. Eso no ocurre si se publica en la nube digital, al darle al último intro, el texto recorre el mundo mundial. A los pocos días de terminar mi primer gran viaje por estas tierras, tuve esa sensación, pues comenzó a llover, cambiando radicalmente el paisaje desolador que me encontré.

Por tanto, me propuse lo antes posible volver para ir poco a poco empapándome del paisaje de esta comarca del Campo de Agadones, en circunstancias más favorables, a ello se sumaron otras circunstancias que fueron aumentando poco a poco mis ansias de volver a pedalear por esta penillanura llena de un atractivo especial.

Llevo un tiempo con los sentidos abiertos de par en par por culpa de Muñoz Molina, que en su último libro, te somete a una auténtica presión para lanzarte a la escritura, él auténtico maestro, se motiva con tan solo andar solitario entre la gente me motiva ese andar solitario por el campo, para poder captar tantas instantáneas preciosas.

Hace unas semanas, aprovechando un día primaveral, llegué al Campo de Agadones utilizando el corredor del pantano hacia Pastores. Duras rampas por un camino labrado sobre pizarras cubiertas de jaras que olían de lo lindo. Por los valles cubiertos de encinas las vacas pastaban hierba fresca con el agua clara entre las pezuñas. Cuando el camino se hace más llevadero, se hace menos interesante, la vegetación escasea, pero la hierba por unos días tapiza la penillanura.

Al girar una curva me topo con una imagen desoladora, toneladas de plásticos almacenadas en medio de las encinas. Ni en medio de la soledad más apartada eres capaz de desprenderte de semejante calaña, a la que Muñoz Molina demoniza constantemente. Menos mal, que con dos pedaladas, alcanzo a divisar la sierra al sur y una preciosa vista de Ciudad Rodrigo al norte.

He llegado al campo base que utilizamos para atacar las cumbres de Gata, quizás pequeñas, pero para mí son mi particular Himalaya. Aquí se siente el cielo más cerca, un cielo que ese día jugaba a formar tormentas, bastantes en esta primavera tardía y lluviosa.

Bonito nombre tiene Pastores, tal vez fuese un homenaje a todos aquellos que se pasaron horas y horas con sus rebaños por estas tierras. Personas con una filosofía de la vida muy particular. Pensaba en ello, cuando interrogué a un vecino. No hubo suerte, ni pizca de filosofía tenía el señor.

Precioso paisaje que se contempla desde la carretera que te lleva hacia La Encina, es un placer divisar toda la sierra en su extensión con su  mantel verde y florido delante. Pueblo que lleva el nombre de un árbol hermoso, sin el que estas tierras no serían lo que son. Asustan las noticias de encinares que se llevan por delante la fitóftora en pocos días, el cambio climático enseña los dientes cada vez más a menudo.

Lo cruzo camino de La Herguijuela, tiene vida en sus calles, incluso están arreglando sus aceras. A los obreros le ha tocado la lotería en forma de trabajo, pues por estos pueblos mucho escasea.
Impresiona la cicatriz que ha excavado el Águeda. Alcanzo, no con poco esfuerzo, el otro lado del risco, lo que me produce una enorme satisfacción, sólo explicable si haces el recorrido encima de una bicicleta. Cambia completamente el paisaje, el río encajonado, lleva un buen caudal que baja velozmente acompañado de enorme ruido. Parece como si las aguas soltadas de la presa de Irueña bajasen con gran alegría al conseguir la libertad, no saben que al coger la curva del fondo, cuando recibe al Agadones, serán de nuevo encarceladas.

Tienen estos pueblos unos entornos espectaculares esta primavera lluviosa, nada que envidiar al norte de España. Me lo confirma una vecina de Herguijuela, que vive en Navarra. Amor a la tierra de la que marchó cuando tenía 13 años.
De regreso, al llegar de nuevo a La Encina, entro también en un terreno de recuerdos y emociones personales. Aquí venía mi madre a escuela desde Robliza, por caminos perdidos, mangada arriba para aprender. Qué bonita lección daban aquellos niños y niñas de las fincas que lloviese o hiciese calor cogían la burra, la fiambrera, la pizarra y el pizarrín, para ir a clase. Bonita lección de los maestros y maestras, que atendían clases abarrotadas, sin medios, mal pagados. Siempre oí hablar a mi madre y mis tías de ellos con gran cariño. ¡Cuánto hemos cambiado! Hoy las escuelas se quedan vacías, a pesar que el próximo curso seguirán abiertas con tan solo 3 niños, una medida que tiene más  de política que de pedagógica, todo sea por salvar los pueblos.

Bajando entre encinas me cuelo en el valle abierto de Valdespino, donde pastan las vacas los pastos más altos, antes de que se sequen. ¡Cuántos recuerdos en estas tierras! En estas casas, muy bien conservadas, vivían mis tíos y alguna vez nos tocaba la lotería, haciendo una excursión a verlos. Subíamos a tierras de secano.

Hoy Valdespino dividida en varios cuartos, es un ejemplo de explotación ganadera, un disfrute para la vista después de las lluvias, a medida que desciendes hacia Ciudad Rodrigo y contemplas la extensa "guadaña", donde se oye un concierto de miles de grillos. Nada tiene que ver la carretera con aquella empedrada, nada que ver con el trajín que había entonces. Por ella salían gran cantidad de obreros para trabajar en el campo, andando, en caballerías, en bici, para buscar nuevos horizontes... También la utilizaban mi tío César y su enorme bondad. Siempre que iban a la ciudad nos visitaban, era una alegría. Si estábamos comiendo gazpacho, se sentaba como uno más, cogía su cuchara, sin molestar. ¡Qué tiempos sin tantos protocolos, ni cumplidos!

Después el coche, a muchos los llevaría más lejos, muchos no volvieron. Desde entonces los pueblos de esta comarca no levantan cabeza. El paisaje es su gran tesoro.

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