29 octubre 2020
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Torear despacio

Artículo de opinión de Javier Lorenzo en el suplemento ‘Toros’ de LA GACETA

La estructura es la que marca la categoría de las faenas. No se trata de sumar muletazos por sumar. Amontonarse y acumular sin decir nada. Lo dijo Curro Romero recientemente en la sabrosa entrevista que firmó Zabala de la Serna en El Mundo, donde decía no entender las faenas interminables que no llevan a ninguna parte. En los tentaderos por ejemplo. “Yo con veinte muletazos lo tengo hecho y la vaca tiene que estar vista para el ganadero”. Hoy se pueden tirar un día sin decir nada. Y en esa medida juega un papel crucial la estructura. La apertura, el cuerpo de la faena y el epílogo. Todo con su sentido. Todo con su medida y cada pase adecuado a las necesidades que impone cada toro. En el toreo no sirven las series o los trasteos preconcebidos. No hay que poner la suerte al albur de la improvisación pero sí que se requiere que la luz se encienda en cada momento de la lidia.

En esa estructura de las obras que surgen sin ritmo ni concierto, recayó el lunes una de las claves de la inspirada y arrebatada actuación de Morante ante el quinto toro de la deslucida corrida de Jandilla lidiada en Córdoba. Una auténtica delicia la apertura de faena en la que además, como aquella otra tarde en la Monumental de México hace unos inviernos, improvisó una salida desde las tablas hacia los medios que fue un auténtico regalo para los sentidos y el gusto torero. Con otro argumento lo volvió a hacer en el coso de Los Califas hace dos días, toreando con una suavidad espléndida, con el gusto barroco que cada vez más le caracteriza y con el gusto y la torería que él solo tiene. Además, en cada uno de los muletazos le fue ganando un paso al toro. Otro de los grandes méritos del toreo. Le iba comiendo el terreno y se lo iba llevando desde las tablas hacia el platillo con una facilidad solo al alcance de los elegidos. Morante en estado puro. El Morante más puro. Una deliciosa lección de lo que ya casi no se estila en el toreo. Y de los que apenas se pone en práctica.

Una actuación para paladear. Como el gusto que le imprime Juan Ortega al toreo, compañero y rival esa tarde con el genio de la Puebla. Que tiene el don. El don para torear despacio que es como se marcan las diferencias en este arte. Así fue como explotó Pablo Aguado hace dos primaveras en Sevilla para revolucionar el cotarro. Toreando más despacio que los demás. Acariciando y casi parando el tiempo. Eso solo está al alcance de unos pocos. Ortega lo es. Y le falta esa tarde relevante para entrar en el gran circuito como hizo Aguado en Sevilla. En Córdoba estaba el toreo pendiente de él. La corrida de Jandilla lo tiró todo por la borda. Y aún así, otra vez, se volvió a intuir lo que un día puede llegar a ser. A Ortega le hace falta un toro. Y le hace falta la paciencia de los aficionados. Y también la del toreo que se ha metido en una vorágine de prisas que condena a los buenos intérpretes. Que son los mismos a los que hay que esperar más que ninguno. Pero la velocidad que mueve el mundo no parece estar hecha para saber paladear determinadas exquisiteces. Y sería una pena que se perdieran por el camino cuando hay uno que despierta y genera la ilusión de los que pasan por taquilla.

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