03 diciembre 2020
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Sin complejos

Artículo de opinión de Javier Lorenzo en el suplemento ‘Toros’ de LA GACETA

No hay nada peor que avergonzarse de lo que uno es. No hay porqué esconderse ni tampoco ocultar tu afición. Tampoco si es tu profesión. En la que trabajas y de la que honradamente vives y comes. Y del toreo viven, sienten y trabajan millones de personas mucho más allá de los dieciocho que cada tarde se visten de luces para ponerse delante del toro. Y mucho menos, hay que avergonzarse y esconderse, si la Fiesta es la raíz de tus orígenes y la imagen y emblema de tu país. La Tauromaquia es cultura y marca de España. Y de España salió el toreo para sentarse en numerosos países como Francia y Portugal, sí; pero también en América como México, Perú, Ecuador o Venezuela. No hay porqué avergonzarse de ser taurino ni tampoco de pertenecer y formar parte del mundo de la tauromaquia porque hoy se haya impuesto ese absurdo del anti en el que nunca he creído. Se puede ser de algo, pero es triste y hasta ridículo, ser anti algo, sea lo que sea. El anti, por sí mismo se retrata. Bastaría con dejar de lado no ir o no practicar lo que no te gusta. Y respetar. Pero al respeto le ocurre algo parecido que a la tauromaquia. Que ya no es normal ni habitual, ni costumbre su uso. La falta de respeto se ha colado y asentado en nuestras vidas. Pero en la nueva, alborotadora, irrespetuosa y hasta maleducada moda del antitaurino se empeñan en ponerle puertas al campo para cerrar, y hasta querer prohibir, lo que no les gusta. Ya cansa.

Y mientras, el toreo sigue agazapado. Aguantando palos. Aguantando la ignorancia de unos pocos y sufriendo la marginación de nuestros políticos, abanderados hoy, de esa misma corriente que parecía imponerse y que hoy tiene su minuto de gloria. Un minuto de gloria frente a la secular historia que arrastra la tauromaquia gracias a unos valores que desconocen y que jamás practicará quien se atreve a poner en entredicho el toreo desde su ignorancia. El toreo está en el cine, en la literatura, en la pintura, en la música, en la escultura, en la arquitectura... Y estuvo hasta hace no tanto en el día a día de nuestra sociedad, de donde hoy lo han querido borrar, por culpa, entre otros, de los propios taurinos, que hemos, (mal) decidido encerrarnos únicamente en las plazas de toros viviendo de espaldas a ese mundo que es el que precisamente antes llenaba los tendidos de los cosos taurinos para admirar a los toreros que eran héroes sociales. Es verdad que antes había menos opciones de ocio en nuestra sociedad, no menos cierto que hoy el abanico es mucho más amplio pero igual de real es que el toreo no ha sabido adaptarse a la actualidad en la que vive. Y por ello tienen que luchar los profesionales, de todos los estamentos, que hoy forman el toreo. Y el aficionado sentirse orgulloso de su afición y su pasión. No hay que esconderse ni avergonzarse de ser taurino. Los toreros no pueden sentirse acorralados ni los aficionados señalados. Un niño en el colegio no tiene porqué ocultar ni su afición ni su pasión. Ni un hombre tiene que morderse la lengua ni vivir su afición en silencio y casi escondido. El toreo tiene que reinventarse, sí. Con urgencia además, pero por encima de todo tiene que despojarse de todos sus complejos para imponerse a una pequeña gran minoría que, por lo pronto, nos está ganando la partida.

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