28 enero 2022
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Profanar un templo

Artículo de opinión Javier Lorenzo en el suplemento ‘Toros’ de LA GACETA

25 dic 2021 / 12:02 H.
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PALABRAS CLAVE

A ninguna de las figuras de hoy les escuece ni les llama la atención que un turista curioso y de paso pise el ruedo de La Maestranza. Como un atractivo más a la oferta turística y de ocio de la ciudad. Como no les sorprende a cualquiera de los toreros de hoy que alguien que no es torero pise un ruedo sin ser torero. Y sin estar vestido como tal. La profanación de un templo. Cómo les iba a sorprender eso si ni siquiera los de hoy en día cuidan los detalles ni respetan la esencia de este arte. El toreo es respeto a la profesión. Respetar y respetarse para que el público no solo te respete sino que a la vez te admire. En la suculenta entrevista en la que Zabala de la Serna reunió en La Maestranza a Curro Romero, Pepe Luis Vázquez y Juan Ortega para rememorar el centenario recuerdo del nacimiento de un genio del toreo como Pepe Luis Vázquez Garcés, al Faraón de Camas le escandalizó y sorprendió ese desfile anónimo por el ruedo de sus sueños y de su vida. “¿Y esto desde cuándo es?” preguntaba el maestro al periodista cambiando los papeles. Entiendo que Zabala no supiera por dónde responder. Porque al toreo cada día se le conoce menos. Pierde parte de su identidad, de su misterio, de su grandeza y de su esencia porque los propios protagonistas que hoy salen al ruedo, con excepciones, se han encargado de descafeinarlo. De quitarle el misterio del que no se han preocupado ni de defender, ni de valer, ni de darle continuidad ni tampoco de transmitir a las nuevas generaciones. La esencia y la liturgia, independientemente de que esté en los libros, se ha transmitido en el toreo de generación en generación por vía oral.

En esta época de coronavirus han sido los toreros artistas quienes han rescatado al toreo de la pandemia y le han dado el giro necesario para sacarlo del atolladero

Ya no se habla de toros. Ni de toreros. Y a los toreros no le interesa la historia de una profesión que hoy tienen en sus manos y que me atrevería a decir que una amplia mayoría desconoce. No se atreven a profundizar en ella y se quedan solo en la historia superficial que ellos mismos han protagonizado. No van más atrás. No han profundizado en ella y eso en parte no les permite evolucionar y seguir creciendo. Se han estancado y se han caducado a sí mismos. A las figuras de los últimos veinte años les ha devorado su falta de evolución, para convertirse en una repetición continuada de suertes y argumentos que le ha llevado a perder su capacidad de sorpresa. En las fuentes de la historia del toreo bebieron los grandes siempre. La heredaron, la mantuvieron en su esplendor y en ese tiempo se encargaron de saberla transmitir a las siguientes generaciones para darles continuidad. Saber y conocer la historia es crucial para aprender y evolucionar. Para crecer. En esa investigación y en esa curiosidad es clave para descubrir lo que es el arte del toreo más allá de tres o cuatro generaciones anteriores de la época en la que viven. Esos detalles que enriquecen y a los que se les ha dejado de dar importancia son los que merman al toreo de gran parte de su grandeza. “El valor siempre estará de moda, pero el arte es siempre joven. Aunque parezca perdido, oculto, dormido, cuando resurge pone a todo el mundo de acuerdo. Así que pasen mil años”, dijo Pepe Luis en esa entrevista de El Mundo. Y así es. Y así se ha puesto de relevancia en esta época de coronavirus en la que han sido los toreros artistas los que verdaderamente han rescatado al toreo de la pandemia y le han dado el giro de tuerca que pedía con urgencia para sacarlo del atolladero. Y tengo la sensación de que es esta nueva generación de toreros artistas y que apuestan por la versión más pura y más clásica los que más cuidan los detalles, los que más apuestan por el rito, los que más se preocupan por la liturgia. A cualquiera de ellos seguramente sí le extrañe y le espante que se maltrate el toreo, que no se cuiden los detalles y que se profanen los templos en los que ellos mismos se juegan la vida.

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