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Derechazo de Juan Ortega a Cubanoso, el quinto toro de El Puerto de San Lorenzo. PLAZA 1
Ortega, a punto del milagro en Las Ventas

Ortega, a punto del milagro en Las Ventas

Decepcionante encierro salmantino de Puerto de San Lorenzo al que no salva un buen primer toro en el que cortó una oreja ramplona y sin recuerdo Talavante. Detalles del torero trianero. Disposición de Tomás Rufo, con el quinto «no hay billetes» de la feria.

Jueves, 23 de mayo 2024, 21:40

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LA FICHA

Lleno de «no hay billetes» (22.964 espectadores). Tarde soleada y de calor.

6 TOROS DE PUERTO DE SAN LORENZO, encierro bien presentado excepto el escurrido 5º. Noble y con calidad el 1º; manso y apagado el muy castigado 2º; un marmolillo el 3º; deslucido el 4º; noble y flojo el 5º; se rajó demasiado pronto el 6º que pareció tener más carbón. Corrida deslucida y descastada.

TALAVANTE (sangre de toro y oro)

Estocada (oreja); y pinchazo y media estocada atravesada (silencio).

JUAN ORTEGA (guinda y oro)

Estocada desprendida (silencio); y estocada casi entera (ovación con saludos).

TOMÁS RUFO (lila y oro)

Bajonazo (silencio); y estocada baja y atravesada (ovación con saludos).

El milagro era remontar la tarde. El milagro era triunfar en Madrid con un toro de corpulencia tan insignificante como el quinto. El milagro era sostenerlo en pie. Y el milagro también cambiar las tornas, con la plaza en contra, cansada ya a esas alturas de navegar entre la indiferencia y la vulgaridad, amén del apagado y descastado juego de la corrida del Puerto. Parecía todo un imposible. Y aún así salió un rayo de luz. Entre protestas, gritos de «toro-toro», entre los vergonzosos «miaus» a cada pase, en el cuarto muletazo de tanteo por el pitón derecho, Cubanoso echó mano a Juan Ortega, lo zarandeó de pitón a pitón y cayó al suelo con el cuello y hecho un guiñapo. Quedó inerte, abrazado a sí mismo, encogió y agarrándose y tapándose la cabeza cuando ya se habían llevado al toro de su jurisdicción. Un revuelo de toreros a su alrededor.

Se recompuso el protagonista, que volvió a la cara de su oponente con la misma tranquilidad de siempre. Se mantuvo la gresca de los insensible y captó la atención del resto aquel pasaje. Insistió siempre Juan Ortega por el pitón derecho, por donde hilvanó a media docena de muletazos repartidos en los intentos de cuatro tandas que trataban de obrar el milagro. Otro milagro. Pero no, se quedó todo ahí. Se quedó en esa buena intención. Y se quedó en el deseo generalizado de ver a un torero que tras recoger la ovación desde el tercio tuvo que pasar a la enfermería. Milagro fue que saliera ileso también de aquella formidable, dura, fea y seca voltereta inicial.

Con tres verónicas y una cadenciosa media se había dejado sentir Juan Ortega en un quite al primero. Lo disfrutó después Talavante en la muleta, pero no transmitió Alejandro como lo hacía antes de que dejara de ser Talavante. La faena entre el tercio del 6 y el 7 se vivió con intermitencia, sin pasión, con ajuste pero sin emoción. Llegaron más a la sombra las voces y jaleos del torero que los olés populistas del sol. Con algún muletazo bello pero sin continuidad. Vio Talavante la dulce y rítmica embestida de Cubanoso pero no se decidió a lanzarse con ella. Fue una oreja sin pasión. Entre otras cosas, porque la faena no tuvo la continuidad ni la contundencia de la primera tanda, que fue lo verdaderamente caro de la obra. Y lo único.

Al final pareció mucho en comparación con lo que sucedió en el cuarto. La falta de codicia e interés del animal se acrecentó con un calambre en los cuartos traseros que hizo de aquello un descalabro. Una excusa más. No había condición: el toro no tuvo entrega ni ganas de embestir a la desangelada y ofuscada muleta de Talavante que enredó en busca de nada.

Aquella faena primitiva de Talavante, los detalles de Ortega y un trasteo kilométrico de Rufo en el descuento ante un toro, el sexto, que durante el inicio y las dos primeras tandas pareció que iba a ser el del premio gordo. Y no lo fue. Lo inició Rufo con las dos rodillas en tierra y las dos primeras tandas tuvieron emoción y entrega, pero se rajó de repente Cubatisto, y buscó las tablas con descaro.

No lo dejó Rufo que se fue a por el, trató de dejarle siempre la muleta en la cara pero no le aguantaba dos muletazos seguidos antes de emprender la enésima huida. Del 9 al 3 dio la media vuelta al ruedo al revés. Recorrió casi todos los tercios de la plaza en un intento de explotar la faena que el toro se encargó de dilapidar. La baja y deficiente estocada era motivo suficiente como para esconder los pañuelos, sin embargo la plaza se cubrió de blanco para vergüenza de la sensatez. El palco no atendió una petición que no venía a cuento. Tampoco lo fue la del primero, aunque entonces don Eutimio, el presidente, sí claudicó.

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