23 octubre 2021
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Morante y la nueva ilusión

Artículo de opinión de Javier Lorenzo en el suplemento ‘Toros’ de LA GACETA

18 sep 2021 / 13:46 H.
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PALABRAS CLAVE

Ilusión. Esa es la palabra clave. Y el gran reto de la tauromaquia. Fue el objetivo que Morante se puso por delante. Ilusión por volver a las plazas. Motivos para hacerlo. El genio de la Puebla lo logró a base de darle una vuelta a los caducos planteamientos que terminaron con la expectación de los públicos aburridos de ver una tarde sí y otra también los mismos carteles, los mismos toreros y similares ganaderías. La misma película repetida a diario en todos los escenarios posibles. Le faltó imaginación y trabajo a las empresas, y compromiso y generosidad a los toreros. Y así lograron la huida de muchos espectadores de las plazas, ayunos de nuevos estímulos. Morante hizo una doble apuesta: sacar del olvido y dar visibilidad a las ganaderías a las que ningunearon en las últimas décadas y anunciarse con los nuevos valores a los que el escaparate de una figura le diera una mayor proyección. Esa fue la exigencia de Morante en Salamanca como prueba de ello. Antes que nada, dos condiciones: los toros de Galache y Alejandro Marcos en el cartel. Eso bastaba.

Y salió triunfador de su envite. Y demostró, una vez que más, que la Fiesta va más allá que la lidia, ya no de un toro de Domecq, de media docena de hierros en los que se han encerrado las figuras y con las que han condenado al toreo a una falta de previsibilidad que juega en contra. Incluso de ellos. Se han repetido las faenas e incluso las emociones, que dejan de serlo, cuando se convierten en rutina. Y a la Fiesta eso es lo peor que le puede pasar. El toreo es improvisación, originalidad y distinción. Cada obra es distinta, cada muletazo único. Pero se metió en una espiral casi dramática ya antes de la irrupción de la pandemia, y a la que el propio coronavirus hizo saltar por los aires.

El toreo contra las cuerdas. Y ahí salió Morante para darle un giro de tuerca. Para demostrar que hay más divisas, alejadas y arrinconadas por las mismas de todos los días, con las que se puede generar la ilusión. Incluso hasta en la tarde de los Prieto de la Cal en El Puerto —que resultó un fiasco— tuvo la virtud, el mérito y la grandeza de generarla y mantenerlas hasta que arrancó el paseíllo. Luego, el toro lo llevó todo al traste. Pero antes se habló de toros, se despertó expectación y la tauromaquia iba de boca en boca para gloria y grandeza de todos los que se nos estremece el alma con un lance, un muletazo o con una embestida. El toreo es eso. Expectación. Ilusión. Salamanca ha sido un claro ejemplo. Morante y los Galache lograron agotar el papel en las taquillas, porque la gente está ávida de nuevos estímulos. Y en el ruedo, hasta con toda la flojedad manifiesta de esa corrida sirvió para ofrecer un gran espectáculo. Distinto. Y, por tanto, único. Solo tuvo un damnificado, El Juli. Desubicado, sin argumentos ni registros. No parecía él. No es la primera vez que le sucede cuando le sacan de su media docena de hierros de cabecera. O, tal vez, una consecuencia de estar acostumbrado a torear un solo tipo de embestida. Fue una sombra, en la luz de una fiesta ajena a la rutina diaria que nos asola.

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