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Pase de pecho de Emilio de Justo a Azafrán, el toro de Garcigrande al que le cortó la oreja. ARJONA-PAGÉS
El milagro del temple
CRÓNICA

El milagro del temple

Emilio de Justo «salva» y cuaja a placer a un Azafrán de Garcigrande con las fuerzas al límite y una calidad almibarada que supo sostener para acabar gozando sus embestidas. Le cortó una oreja y perdió otra con la espada del emocionante quinto. Fueron los dos únicos pasajes de una plomiza tarde

Martes, 16 de abril 2024, 21:29

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La Ficha

  • 16/04/24 Tres cuartos de entrada. Sol y calor.

  • GANADERÍA 6 toros de Garcigrande (Justo Hdez), desiguales de hechuras. Apagado y descastado el 1º;noble pero sin fuerza aunque a más el 2º, a menos el 3º; deslucido y nulo el 4º; con un buen pitón derecho el 5º, que tuvo emoción pero se vino a menos; y deslucido y complicado el 6º.

  • DIESTROS

  • CAYETANO NAZARENO Y ORO Estocada (silencio);y estocada (silencio).

  • EMILIO DE JUSTO NEGRO Y ORO Gran estocada (oreja);y estocada trasera y tendida (ovación).

  • GINÉS MARÍN VERDE OLIVA Y PLATA stocada casi entera en la yema (silencio); y estocada (vuelta al ruedo).

Al encierro de Garcigrande le faltó intensidad y solo se salvó un toro y medio, que entró en el lote de Emilio de Justo. Puede que este fuera además el responsable de que Azafrán, el segundo, sacara el fondo de dulzura y nobleza que sostenía entre alfileres con una fortaleza bajo mínimos, que se fue aguantando gracias al temple y al buen trato del torero de Torrejoncillo. La de Garcigrande no respondió a las expectativas y le faltó la personalidad que le sitúa en esta plaza como una de las elegidas y de mayor garantía de triunfo, este año lejos de uno de los carteles de relumbrón.

Esa flojedad de remos del segundo parecía que iba a condicionar el fondo de clase y bondad que escondía Azafrán. Un toro que se pareció como se parecen dos gotas de agua a aquel inolvidable Orgullito que hizo historia en 2018 en esta plaza, con el primer indulto de un toro salmantino en este escenario en manos de El Juli. La hechura, la forma de los pitones e incluso las terciadas formas —el de menos presencia del sexteto y por debajo de los límites de un escenario de primera— trajeron a aquel toro a la inolvidable memoria. Hasta en la manera de colocar la cara en algunos pasajes resucitó aquella reminiscencia. Lógicamente no fue tal; pero la calidad de las embestidas le convirtieron en un toro especial. El bombón de un encierro descastado y deslucido en su conjunto. El temple, el mimo, la ciencia y la esencia sirvió para que Emilio de Justo no solo descubriera esas bondades del toro, sino que fue la perfecta medicina para sostener, potenciar y gozar al toro por el pitón izquierdo, donde encontró el premio de la tarde. Descubierto y madurado el tesoro lo terminó poniendo en valor para dar forma a una faena que casi nadie pudo imaginar en los primeros tercios en los que el pupilo de Justo Hernández estuvo en la cuerda floja, más cerca de volver a chiqueros que de quedarse en el ruedo. Se tiró a matar Emilio de Justo con una rectitud y una verdad encomiable, enterró el acero en todo lo alto, tanto que por sí sola la estocada fue de premio. Aunque el premio real, y el milagro, fue la virtud del temple que fue la que le dio vida a Azafrán.

Más poder, más carbón, más emoción tuvo Tutoro, el quinto. Un toro que embistió con profundidad y entrega, lo toreó a placer en los primeros compases, en los que rápido lanzó la faena y metió a público de nuevo en una tarde de la que habían desconectado. A partir de la tercera tanda Emilio de Justo ralentizó las embestidas de su oponente, en un trasteo de hombros caídos y cuerpo relajado. A partir de entonces intentó torearlo igual por la mano izquierda, pero por ahí Tutoro no era igual. Reponía en cada embestida, gazapeaba y hacía hilo y le costó no solo rebozarse sino entregarse más. Cuando volvió el torero a la derecha, ya tuvo todo menos intensidad. Se le fue la estocada trasera, se amorcilló el Animal que tardó en doblar y asíse diluyó todo frenando el premio.

El resto de la tarde no tuvo ninguna opción. Cayetano, que no es el torero más templado y rítmico del escalafón, pulseó y mimó con tino al primero en el inicio, pero la falta de casta y fortaleza de Centenero le hizo tomar siempre después el engaño a regañadientes en una lidia que no dijo nada y que nada tuvo. Las mismas nulas opciones mostró con el cuarto, con peores intenciones incluso. Abrevió y se volvió a mostrar contundente con la espada, aunque en esta ocasión perdió el engaño en un embroque en el que Guijarro le esperó con la cara arriba.

UNA ESPADA CONTUNDENTE

La virtud que tuvo Azafrán, el segundo, de venirse arriba para desarrollar la exquisita bondad que custodiaba su terciado esqueleto, fue el defecto de Lillesito, el tercero, que se fue agotando para terminar invadido por su sosería y cada vez quedarse más aplomado al suelo. Ginés Marín lo trató con una autoridad bárbara y una técnica tan pura y seca que incluso no llegó a decir nada en un capítulo sin sobresaltos. Sí los tuvo el sexto, muy deslucido, sin entrega y que llegó a sacar violencia en ocasiones. No se aburrió Ginés Marín con él, un trasteo largo, en el que consintió mucho a su oponente y se la jugó más de lo que merecía. La verdad con la que encaró el viaje con la espada en la suerte suprema volvió a ser su mejor firma.

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