16 mayo 2022
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Matadores de toros

Artículo de opinión de Javier Lorenzo en el suplemento ‘Toros’ de LA GACETA

14 may 2022 / 12:53 H.
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Nadie ha reparado en el detalle como si ya no fuera importante. Como si nada importara. Como si el momento supremo de la faena pasara a un segundo plano y ya no determinara el premio. El toreo poco a poco va perdiendo su esencia, su criterio y sus formas. Sevilla ha sido un despropósito y ha dejado de ser el escenario de referencia por el respeto, la seriedad y el rigor que siempre tuvo. El comportamiento del público ha sido desconcertante. La vuelta a la actividad del toreo tras la pandemia ha traído estas cosas. Un público distinto. En Sevilla y en muchos escenarios. Y el criterio, un circo.

La seriedad de La Maestranza debería ser referencia para el resto. Y después de lo visto en la última semana y media, mejor que no lo sea. La portentosa faena de Morante al sobrero de Garcigrande, poderoso, importante, encastado, fiero por momentos, que mantuvo en todo siempre la intensidad de una faena sin dobleces, sincera, valiente, artista. Impecable toda. Arrebatada, distinguida y rotunda. Sin un pero. Salvo la espada, un feo bajonazo y atravesado que no fue óbice para que la gente se volviera loca, para que le concedieran el doble trofeo, para que nadie abriera la boca y para que se celebrara como si no hubiera pasado nada. Morante no fue el único que fue premiado tras no rubricar su obra de arte con la pureza y verdad de la suerte suprema pero sí el último. La espada siempre marcó todo. Y revalorizó o restó los méritos conseguidos antes con el capote y la muleta.

Siempre se dijo en el toreo que la verdad y pureza de una gran estocada por sí sola valía un trofeo. Y es verdad. Como verdad es (era) que siempre tenían más valor los pinchazos en todo lo alto que las estocadas bajas. Hoy no. Hoy se premia más la eficacia de un feo sartenazo o una estocada baja de efectos fulminantes. El público ha perdido el norte por una falta de crítica, de transmisión de conocimientos y por una ausencia de exigencia que desemboca en un espectáculo cada vez más desvirtuado. La suerte de varas se ha convertido en un trámite al que apenas se le da importancia y donde, además, prima el mono puyazo; que los toreros han impuesto y usan de excusa para pasar por alto otro de los alicientes de una tarde de toros como era la variedad, vistosidad y competencia en quites de los propios diestros. Ahora casi todo se reduce ya a la faena de muleta. El resto de los tercios apenas tienen importancia ni se ponen en valor las virtudes y defectos de cada uno, con la riqueza, variedad, alicientes e interés que, no solo para el aficionado, sino también para el espectador en general, tiene una tarde de toros. Y ahora, cada vez con mayor frecuencia, la pureza y verdad de la suerte suprema apenas tiene valor. Y así se van perdiendo la esencia, verdad y pureza del espectáculo. Con él perdemos todos. El espectáculo y autenticidad que lo hace único.

Morante estuvo inmenso con el sobrero de Garcigrande, sí. Como nadie sería capaz de hacerlo con este imponente y encastado toro de Justo Hernández. Pero, un gran matador de toros como él, lo finiqutó horriblemente mal. Y nadie dijo nada porque ya todo vale. A Morante le debían varias orejas tras una feria soberbia. La caligráfica, añeja y pura al primer Jandilla fue ninguneada. Fue inmensamente bella la del toro de Cuvillo. Y rotunda y contundente la del sábado. La faena de la feria y de muchas. Pero sin la rúbrica de la espada. Por eso no llegó a ser perfecta. Por eso no tuvo que llegar el doble trofeo. Aunque se los debieran...

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