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La cola frente a las taquillas de Íscar Peyra llegaba hasta la cuesta del Carmen como demuestra esta imagen del año 2000. FOTOS: ARCHIVO
Las interminables colas de antaño en Íscar Peyra en busca de una entrada para los toros

Las interminables colas de antaño en Íscar Peyra en busca de una entrada para los toros

La fila que daba varias vueltas a la manzana en las antiguas taquillas de la empresa de La Glorieta forma parte del imaginario colectivo salmantino | “Había aficionados que hacían noche en busca de una entrada”, señala Adrián Castro

Lunes, 19 de septiembre 2022, 21:13

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Hay una imagen que cualquier aficionado salmantino a los toros de una cierta edad recuerda de forma muy nítida. Las interminables colas en busca de una entrada para los festejos de la Feria de Salamanca en las ya desaparecidas taquillas de la calle Íscar Peyra, 31-33 se convirtieron en un símbolo a principios de cada mes de septiembre. Hasta el año 2001, fecha en la que los despachos se trasladaron al emplazamiento actual en la plaza de toros de La Glorieta, la céntrica calle salmantina se convertía en un auténtico hervidero. Lo era cuando se abría el plazo para renovar abonos y obtener los nuevos, pero la locura se desataba cuando comenzaban a despacharse las entradas sueltas —normalmente al día siguiente del desenjaule—.

En tiempos en los que la Feria taurina de Salamanca llegaba a tener hasta nueve corridas de toros, decenas de aficionados aguantaban estoicos horas y horas de espera para poder asistir a los festejos que previamente habían marcado en rojo en el codiciado programa de mano. Algunos incluso hacían noche para ser los primeros al día siguiente cuando a las 10 horas las taquillas levantaban la persiana. Escenas que por desgracia ahora no se ven en ninguna feria taurina de España e incluso en ningún espectáculo por la proliferación de la venta de entradas a través de internet.

Adrián Castro era una de las cabezas visibles de la empresa de La Glorieta por aquellos años y vivió en primera persona durante tres décadas aquella vorágine. “Era una auténtica locura. Recuerdo que cuando cerrábamos las taquillas por la tarde, había gente que se quedaba allí hasta el día siguiente pasando la noche al raso”, asegura Castro. El empresario afirma que la mitad de las localidades de La Glorieta en aquellos años 80 y 90 del siglo pasado eran abonados, más de 6.000. “Los abonos correspondían a las mejores ubicaciones en la plaza, por eso cuando salían a la venta las entradas sueltas la gente se volvía loca por tener la mejor”, afirma.

Esa batalla por conseguir una localidad para la Feria de Salamanca desembocaba en una activa reventa. Según rememora Adrián Castro, “incluso había reventa para el bombero torero. Durante unos años se permitió una reventa autorizada con el diez por ciento de recargo, pero esas mismas entradas se volvían a distribuir más caras”.

Una de las anécdotas más curiosas que relata Castro es que muchos reventas utilizaban cualquier tipo de estrategia para hacerse con uno de esas ansiados billetes. “Había reventas que intentaron sobornar sin éxito a algunos de nuestros trabajadores”, asegura.

La mitad de las localidades de La Glorieta eran abonos, más de 6.000, lo que acrecentaba la locura por conseguir un billete

Por aquellos años el cartel de “no hay billetes” se colgaba hasta cuatro veces durante el serial. Adrián Castro manifiesta que los carteles que más expectación levantaba eran los que incluían a la terna de oro de la tauromaquia salmantina, El Viti, El Niño de la Capea y Julio Robles.

Durante los días en los que estaban abiertas las céntricas taquillas se trabajaba a destajo. “Éramos ocho o nueve trabajadores porque en aquel tiempo todo se hacía de forma manual. Además recuerdo que muchos acabábamos con catarros porque era un local que no tenía ventilación y en el que entraba muchísima gente a la vez”, asegura Adrián Castro.

Las taquillas se encontraban justo enfrente de lo que actualmente son las dependencias del Ayuntamiento de Salamanca en la calle Íscar Peyra. En aquellos años era habitual ver auténticos ríos de personas a lo largo de toda esta vía y también en la cuesta del Carmen, Espoz y Mina y Prior. Un ambiente taurino que venía de perlas para los bares y negocios del entorno que durante esos días hacían su particular agosto. Entre vinos y cañas, los aficionados hacían sus previsiones para la Feria y se lamentaban por no haber llegado a tiempo para obtener una entrada del festejo que tenían en mente.

Las pocas localidades que sobraban se vendían el mismo día de los festejos en las taquillas que había junto a la puerta grande de La Glorieta y que actualmente también están cerradas. Había una ventanilla para los billetes de sol y otra para los de sombra, al igual que ocurría en Íscar Peyra.

A pesar de aquel furor por asistir a los toros, Adrián Castro recuerda que la gente era muy respetuosa en las colas y no se produjo ningún incidente de gravedad. Unas imágenes que forman parte del imaginario colectivo de muchos salmantinos y que demuestran la afición desmedida que había por unos espectáculos taurinos que eran el auténtico alma de las Ferias y Fiesta de la Virgen de la Vega.

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