HAY que ser muy valiente para ser Rafael de Julia. Y muy torero también. Ahora que sale de los infiernos tras un fracaso derivado de ... una enfermedad que se adueñó de su mente, pero no de su alma de torero la pasada primavera. Hay que ser muy torero para sentir como siente y hablar como habla. Y para no esconderse. En el anonimato de su lejanía de la profesión me impactó una conversación con él en el patio de cuadrillas de las Ventas una mañana de San Isidro de 2024 cuando la locura de un torero no era más que la cordura de un hombre con las ideas más claras que nunca que buscaba la reconquista tras diez años sin torear. Y volvió con la grandeza de los más clásicos y el aval de Madrid al alza tras una gran tarde en septiembre que le puso otra vez a circular. Me volvió a impactar el pasado invierno, cara a cara con él en Salamanca, apenas unas semanas antes de que le estallara el mundo en su cabeza en el punto de partida de su nueva andadura en las Ventas donde saltó todo por los aires.
El mundo interior de los toreros. Su mente y sus pensamientos. Sus miedos, sus presiones. Su vida al límite. Su tensión extrema. Su compromiso, su forma pensar y vivir. Su dedicación para solventarlo y ser capaces de cambiar su vida en cinco minutos tras hipotecar su vida entera por un sueño que nunca se sabe si se va a lograr, ni a disfrutar ni siquiera a acercarse. Siete meses después de aquella tarde de Madrid, Rafael de Julia ha roto su silencio con Carmelo López, para exteriorizar su drama, pedir perdón de la manera más torera tras la tarde del fracaso, del bloqueo y la impotencia. No solo ha pedido perdón si no que ha visibilizado su enfermedad que tiene más mérito aún, esa anorexia nerviosa que le llevó a un proceso de destrucción mental que pudo tener fatales consecuencias.
Ahora que vuelve a ver la luz al fondo, ha dado la cara y ha puesto nombre a su drama con valor y sin complejos, en una gran faena. Reconoce que sin éxito quiso enterrar al torero en este trance, porque nació con esa condición, con esa manera de sentir y vivir. Y al toreo se aferra para seguir viviendo y ganar esta nueva batalla. Estremece la historia de Rafael de Julia y es admirable el ejemplo de torería para poder vencerlo. Escucharlo con esa sinceridad, con esa verdad, con esa solemnidad es otra lección impactante de la forma que solo un torero sabe hacerlo. La sinceridad rota y desgarrada de sus palabras invitan a seguir esperándole, como le esperan los dos toros que algún día saldrán para devolverle la sonrisa y disfrutar con su toreo.
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