29 noviembre 2021
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Era una clase magistral

Artículo de opinión de Javier Lorenzo en el suplemento ‘Toros’ de LA GACETA

30 oct 2021 / 08:12 H.
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PALABRAS CLAVE

El ruedo es territorio único y exclusivo para el torero que se viste de luces y para el toro, con quien dirime el juego de la suerte y de la muerte. Con quien crea arte, con misterio y esencia. La inteligencia y el valor del hombre frente a la fuerza bruta del animal. El ruedo es un lugar sagrado que solo deben pisar, mientras haya un animal en la arena, quien se viste de torero. Cada vez es más frecuente que los diestros en cuestión saquen a sus brindados al ruedo profanando así una de las normas no escritas del toreo, que hizo de este un espectáculo único, que cada vez, a día de hoy, es menos respetado en su puesta en escena. Los brindis se recogen desde el callejón, por muy toreros que sean los brindados. Y el primero que deben hacer respetar esta norma no escrita es quien luego se va a jugar la vida en el ruedo. El sábado en Alba, en la clase magistral de los antiguos alumnos de la Escuela taurina, Chaves y Alejandro Marcos no lo hicieron. Debieron brindar sin que los homenajeados pisaran la arena, quedándose entre barreras.

Más. Juan del Álamo hizo el paseíllo destocado, con el sombrero de la mano, cuando no era la primera vez que actuaba bajo esta cubierta. En señal de respeto, los toreros van descubiertos en el paseo con el que comienza el festejo cuando debutan en un escenario. En esa función el único que se estrenaba era Alejandro Marcos, y así lo hizo: destocado. La colocación en ese paseíllo obedece al orden de antigüedad de los actuantes en función de la fecha de alternativa. Nadie se atreve a ponerse donde no le corresponde. En los festivales, clases prácticas o magistrales, en las que los actuantes visten de corto, es norma obligada salir al ruedo con el sombrero puesto para recibir de capote a los astados y así estar hasta que se pide permiso a la presidencia antes de empezar la faena. Gallo, Juan del Álamo y Damián Castaño quedaron en evidencia saliendo a recibir a sus novillos sin sombrero, en una costumbre cada vez más generalizada que demuestra el poco gusto de quien no respeta los detalles del toreo. Otro mal ejemplo para quien empieza y está en la Escuela y tiene a estos como referentes. En el toreo no todo da igual. Todo tiene su explicación. Del maestro, el consejo. A Robles le escuché una vez que en las vueltas al ruedo siempre se lleva el sombrero o la montera en la mano derecha, se porte o no el trofeo de la oreja. Se recoge del alguacilillo con la derecha y, de inmediato, se cambia a la izquierda para portar en esta la montera. Otro detalle cada vez menos frecuente que la mayoría se saltan a la torera. No solo novilleros en agraz sino hasta jóvenes matadores en San Isidro, por esa falta de educación taurina que parece perderse a marchas forzadas.

Al toreo se le va despojando de esos detalles no escritos que le hicieron distinto a cualquier otro espectáculo. Y así corre el riesgo de convertirse, sin serlo, en uno más

Así se va despojando al toreo de sus detalles, de esa liturgia y respeto que le hace único y distinto a cualquier otro espectáculo, pensando que todo da igual. Y son los toreros los que deben no solo cuidarlos, sino respetarlos y ponerlos en escena para conservarlos. Son los primeros que deben mantenerlos y tienen el reto de transmitir ese legado a las nuevas generaciones que vienen detrás. Los detalles y puesta en escena de los más variados valores se deben de enseñar en las escuelas taurinas como se enseñan las suertes y como se deben de instruir las lidias a cada uno de los toros, en función de su comportamiento y del encaste al que pertenezcan. Aunque la Fiesta actual haya casi impuesto un solo tipo de espectáculo, con el toro reducido a una sola expresión, al escaste Domecq. Y como se debe de inculcar la historia para que los protagonistas conozcan a quienes les antecedieron y a quienes les dejaron, y les dejarán en su día, el reto de darle continuidad a un espectáculo distinto, único y exclusivo. La de Alba era una clase magistral y no todos los espadas estuvieron a la altura de esos pequeños detalles que hacen grande y único el toreo. Era una clase magistral... de maestros.

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