23 septiembre 2020
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El toreo dejó de sentir

Artículo de opinión de Javier Lorenzo en el suplemento ‘Toros’ de LA GACETA

11 ago 2020 / 15:24 H.

Muy mal tiene que estar el toreo cuando ha perdido la sensibilidad. Y no por la pandemia del virus que ha servido, entre otras cosas para, descubrir las miserias que navegaban ya antes de que en primavera se paralizara el mundo. El toreo ya las arrastraba. Muy mal tiene, y tenía, que estar el toreo, cuando quienes lo manejan se anclaron en la moneda del espectáculo para ignorar la grandeza de lo que pasa en el ruedo. Hace tiempo ya que dejaron de cotizar, al alza o a la baja, triunfos y fracasos. Ya no solo toreaban los mejores ni perdían cartel quien no daba la cara. El toreo dejó de fluctuar. Se convirtió en insensible. Y por ahí comenzó a hacer aguas antes de que se inundara el barco. El toreo se estaba ahogando antes de que el COVID-19 saltara al ruedo. Nadie puso remedio. El toreo hace tiempo dejó de sentir. Siempre tuvo una norma no escrita que cotizó por encima de todas y era sagrada. El triunfo tenía recompensa y futuro. Venía acompañado de dinero y contratos. Con el fracaso pasaba lo contrario. Y el torero herido tenía la recompensa de al menos volver a hacer el paseíllo en esa plaza. Eso siempre imperó por encima de recomendaciones, intercambios, trueques entre los toreros de una u otra empresa, de gustos o necesidades de uno u otro empresario. Lo que sucedía en el ruedo tenía recompensa. Pero dejó de tenerla ya hace tiempo.

Y el toreo, además, dejó de tener personalidad y sensibilidad. Es insensible. Sin regalar nada, sin caer en el victimismo ni buscar dádivas, no se entiende que, por ejemplo, tras el ejemplo de superación de Javier Castaño hace cuatro años, cuando superó un cáncer y se aferró a la vida pensando en el toreo, cuando se salvó y decidió volver a jugársela en el ruedo; cuando en plena enfermedad, y sin que nadie supiera que la sufría, firmó el contrato para torear en Sevilla y matar la de Miura. Reapareció de manera heroica, toreó, triunfó, ganó el premio a la mejor estocada y nada más se supo de Castaño en Sevilla. Nadie se acordó de él. Como nadie lo ha hecho con Javier Cortés, que el año pasado en Madrid perdió la visión de un ojo que no recuperará jamás y va a reaparecer este sábado en un pueblo. Casi nadie se acordó los últimos dos años de Fortes, al que un toro, por enésima vez, a punto estuvo de segarle la vida en Madrid y ha luchado contra las complicaciones de la recuperación casi dos años para volver a torear. Si no es por los triunfos incontestables que logró en plena reaparición, se hubieran olvidado de Ureña. Otro ejemplo admirable y al que incluso con triunfos memorables y su drama a cuestas (similar a Cortés), aún los hay que le siguen cuestionando.

Muy mal está el toreo hoy, y ya antes de la pandemia, cuando toreros como Fortes o Cortés tienen que reaparecer en pueblos y tiene las agendas vacías, como Castaño, porque se ha perdido la sensibilidad con lo que pasa en el ruedo. Sus reapariciones tenían que haber sido un acontecimiento. Y no lo van a ser como ellos y el toreo merecen. Lo que sucede en el ruedo ha dejado de tener valor. Por eso, y más cosas, el toreo se metió en el túnel en el que manda la penumbra de la incertidumbre. Sin rastro de justicia. Para su desgracia y la de los aficionados. Hace tiempo que dejó de sentir.

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