26 mayo 2020
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Antes de que llegara el virus

Artículo de opinión de Javier Lorenzo en el suplemento 'Toros' de LA GACETA

23 may 2020 / 16:24 H.

Borrón y cuenta nueva. O como dijo José María Garzón, antes de que decidiera abandonar la directiva de ANOET (la asociación de empresarios taurinos), previsiblemente porque no comulgue con las ideas de los que mueven los hilos de este espectáculo, los que han llevado en parte al toreo a la situación en la que estaba antes del virus: “Al toreo hay que darle la vuelta como a un calcetín”, dijo en una sabrosa entrevista a Abc. Porque que aquí nadie se engañe que la situación de la Fiesta ya era mala antes de que apareciera el puñetero virus. El verdadero y más peligroso virus del toreo está el propio entramado. Y está mal porque nadie pensó en su futuro sino en ordeñar la vaca al máximo posible, antes de que se acabara y de que dejara de dar leche. Con esa deplorable visión de futuro, mal se puede creer que quienes lo manejan piensen en el mañana de este espectáculo. Nadie puede creer que se pueda querer a un espectáculo al que condenan de antemano con una fecha de caducidad. Igual que los empresarios demodé y sin miras de futuro, nadie puede creer que piensen en la continuidad las figuras que se anclan en sus intereses cercenando la proyección de nuevos valores, que sigan generando la ilusión a la afición. ¿A cuántos jóvenes dieron paso antes de la explosión de Roca o Aguado? Con una docena de nombres se han hecho prácticamente los mismos carteles en las ferias los tres últimos lustros. En este tiempo se quedaron varias generaciones por el camino, algunos con triunfos que antaño hubieran servido bastante más. Cuesta entender que nadie clame por los novilleros, que apenas le den opciones de torear y cuando lo hacen se vayan para casa con menos dinero en la liquidación que la que se llevan quien actúa a sus órdenes. Nadie piensa ni ha pensado en los ganaderos que son los conservadores de la bravura, sin la que ninguno de los protagonistas que pululan a su alrededor tendrían sentido si no existiera el toro. El único y verdadero rey.

El toreo vive una situación delicada por mor del virus. Sí. Pero no menos cierto es que todos estos males, y más, los arrastra antes de que apareciera el COVID-19. Nadie movió un dedo. No hubo ni excusas. El toreo navegó a contracorriente por la fuerza inigualable de su esencia, de su verdad que no es otra que la de un hombre que se juega literalmente la vida ante un toro para emocionar a la gente. Y por el público, que aguantó con su paciencia las fechorías de quienes poco o nada piensan en ellos, solo cuando abren una taquilla. Ahí sí saben que existe y lo necesitan para sufragar un espectáculo que vive con el único sustento de ingreso de las entradas.

¿No necesita el toreo darle la vuelta como a un calcetín? Es el momento de hacerlo para replantear su futuro y que, entre otras muchas cosas, por ejemplo, vuelva a tener valor lo que suceda en el ruedo. Que el triunfo tenga recompensa. Y que torear o lidiar no sea solo mérito de que tengas un apoderado u otro. Tan fácil como eso. Tan fácil como que el empresario no sea empresario, apoderado y ganadero a la vez. Así se cierra un círculo donde es imposible entrar. Y si no se entra, el toreo se acaba. Como han estado a punto de lograr. Antes de que llegara el virus ya había que haberle dado la vuelta al calcetín. Vamos tarde. Muy tarde.

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