18 enero 2021
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“No es rentable”. El lamento de los hosteleros salmantinos que abren para el ‘take away’

Los profesionales que han abierto para servir a domicilio o en la puerta del negocio reconocen que lo hacen para dar servicio al público

“Hace frío y un café caliente en las manos te da la vida”. Así de agradecido se muestra Miguel mientras espera su turno en la puerta de un establecimiento de hostelería a medio día. “En la oficina tenemos café, pero lo que no hay son bocadillos”, bromea otro compañero, a punto de ser atendido por Alberto.

Un café con leche para llevar con pincho de tortilla, empanada o panceta. Así uno tras otro el propietario del establecimiento, con ayuda de un camarero, mantiene la atención a su público junto a la plaza de la Libertad. “Hemos abierto para dar servicio a nuestros clientes y atenderles los 365 días como hemos hecho siempre”, señala el empresario, comprometido con las personas que consideraban a su bar un refugio de referencia diario antes del cierre del sector como medida para atajar los contagios de coronavirus en Salamanca.

“Atender para llevar no es rentable para nosotros”, reconoce detrás de la barra, que se encuentra al fondo de un local que sin público, oscuro y sin su bullicio habitual se percibe tremendamente grande y triste. “Tengo que pagar la renta y tener a dos trabajadores fuera del ERTE, lo que me impide estar acogido a la exención del pago del 100% de las cuotas de la Seguridad Social. Aún así, creo que la fidelidad a mis clientes es fundamental”, sentencia el profesional, al que se nota curtido en el oficio.

“Tengo que pagar la renta y a dos trabajadores fuera del ERTE, pero la fidelidad al público es clave”, señala Alberto

Por la zona en la que se ubica, llegan hasta su negocio trabajadores de oficinas, viandantes y algunos jóvenes. “Tienes que darte prisa en servirles, porque como se te acumulen seis personas en la cola la séptima se te va”, confiesa entre servicio y servicio. Pero Alberto no es el único quijote entre la hostelería salmantina. Nieves asume 14 horas de trabajo sola detrás de la barra de su negocio.

Por fortuna, parte de la ventana llega hasta el mostrador, lo que le permite atender con las puertas cerradas. También hay cola de clientes, que acuden en pequeños grupos para tomarse la bebida y el pincho en algún rincón, retirados del resto. “Me paso aquí 14 horas por mis clientes”, reconoce mientras vuela para poner un café mientras a la vez calienta un bocadillo en el microondas. Se ha echado el negocio a la espalda en solitario porque ha decidido mantener en ERTE a sus trabajadores, a los que tiene contratados a media jornada. “Tener abierto en estas condiciones no te sale rentable”, reconoce la empresaria que no para de mirar a la cola para intentar atender a todos los que esperan. “Dime de pinchito”, le pregunta a un grupo de jóvenes que acaban de llegar mientras espera que la semana que viene su negocio regrese a la alegría de siempre.

Un grupo de señoras, que parecen “amigas de toda la vida”, hacen cola para pedir un café en la Plaza Mayor. Se nota que es “su momento” del día, pero lo tendrán que pasar en la calle. Gracias a que al menos tienen un punto donde les atienden, aunque tengan que llevarse el café a uno de los bancos o incluso al alféizar de la farola. Cafés, pinchos y comida para llevar también sirven para mantener activos a los hosteleros, abrumados por los cierres, la caída de turistas y la llegada de los pagos. “No sacamos mucho, pero al menos mientras trabajamos dejamos de pensar”, señala Enrique que, como hace frío, sirve un café bien caliente para reconfortar.

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