09 agosto 2020
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El sacerdote salmantino que lucha por salvar del hambre a 8.000 peruanos

El sacerdote salmantino José Luis Calvo logra llenar cada día de pandemia 88 ollas comunes con una red de donaciones en uno de los rincones más pobres de Lima

05 jul 2020 / 20:50 H.

Se puede morir de COVID-19, pero no de hambre”, reza el lema de José Luis Calvo, un párroco salmantino que ha establecido en Perú una gran red de donaciones para llenar cada día de pandemia 88 ollas comunes y alimentar a unas 8.000 personas desfavorecidas en uno de los rincones de mayor pobreza de Lima.

Con esa consigna, este sacerdote, natural de El Cubo de don Sancho, y destinado desde su ordenación en 1994 en la Diócesis de Jerez, acudió a la llamada de auxilio que venía de los empinados cerros de Nueva Rinconada, en Pamplona, un populoso barrio del distrito limeño de San Juan de Miraflores donde el hambre amenazaba con apoderarse de sus 9.000 familias.

Allí, la cuarentena destruyó sin piedad sus frágiles y pobres economías. Vivían sin ahorros de lo que ganaban cada día y, abruptamente, se quedaron sin trabajo ni nada que llevarse a la boca, confinados en sus rudimentarias casas de madera contrachapada y techo de calamina, donde no tienen agua potable ni desagüe.

Para subsistir afloraron las ollas comunes, un tipo de cocina colectiva donde cada familia aporta lo que tiene a mano para que todos tengan un plato de comida al simbólico precio de 1 sol (0,28 dólares), pero desde abril esas ollas se quedaron vacías.

“La gente venía desesperada, sin alimentos y sin dinero para comprar más comida”, contó a Efe Calvo, de 59 años, al que la pandemia le sorprendió casi recién llegado en enero a la humilde parroquia Sagrado Corazón de María, enclavada entre los cerros de este rincón de Lima que la niebla envuelve en invierno.

“Al llegar me sorprendió que ni siquiera había agua en la parroquia. Posiblemente sea una de las más pobres de la Diócesis de Lurín (en la zona sur de Lima), pero es inmensa, rodeada de cerros con toda su gente en situación de extrema pobreza”, describió.

Gracias a su experiencia en Cáritas en España, Calvo convirtió en un abrir y cerrar de ojos esta parroquia en un gran centro de reparto de ayuda para 150 asentamientos humanos, como se conoce en Perú a estas improvisadas urbanizaciones colgadas en los cerros, pobladas por migrantes llegados a capital en busca de oportunidades.

Todo aporte es bienvenido por pequeño que sea. “Todo suma”, afirma el cura, desde dinero para comprar más comida a leña para cocinar, utensilios escolares, pañales y ropa de abrigo, muy necesaria ahora que la humedad invernal cala hasta los huesos.

Desde la parroquia se reparten semanalmente los alimentos para cada olla, registrada en una lista que incluye asentamientos tan nuevos que no están siquiera en el censo nacional, lo que les dejó sin las ayudas estatales que el Gobierno dio en cuarentena a hogares pobres.

“Al principio fue muy difícil porque solo teníamos la ayuda de Cáritas, pero no fue imposible llegar a todas las ollas. Siempre estamos atentos a cualquier llamada”, contó a Efe María Guevara, coordinadora del equipo pastoral de la parroquia, formado por unos 15 voluntarios.

Hay ollas de 10 familias y otras de 50, pero en todas conocen ya al padre José Luis, que diariamente sube y baja las empinadas escaleras de estos cerros para conocer sus necesidades.

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