25 mayo 2019
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“Me dieron a elegir entre la droga o mi mujer y mi hijo. Elegí la droga”

Cuatro jóvenes salmantinos relatan cómo la droga les destrozó la vida y les apartó de su familia. Tratan de recuperar una adolescencia perdida con la ayuda terapéutica de Proyecto Hombre

17 may 2019 / 13:04 H.

Relatan la experiencia de su vida con la locuacidad que les da haber analizado sus errores para superarlos en Proyecto Hombre. Cuatro jóvenes salmantinos dan el paso de contar sus testimonios desgarradores de cómo aquel primer porro les condujo a una vida que ahora tratan de reconducir con la ayuda de los terapeutas.

Kevin es el más joven de Proyecto Hombre y a la vez el más veterano con casi dos años en el centro. Tiene 21 años. No olvida la primera vez que se acercó a unas drogas que siempre había tenido en su entorno familiar. “A los diez años me fumé mis primeros porros quitándole la marihuana a mi padrastro para sentirme superior a los demás”, expresa con una sinceridad que permanecía escondida hasta que ingresó en la comunidad terapéutica. Pasó por varios centros de menores y probó todo el abecedario de drogas existentes hasta que a los 16 años también sumó la cocaína y entró en una espiral en la que el combo droga y dinero siempre estaba presente. “Acabé más enganchado al dinero que a la droga”, subraya sobre la ‘mala vida’ que, según expresa, le llevó a un pozo sin salida. “La droga me ha reventado la vida”, asevera con contundencia en un proceso que no está siendo fácil tras 28 meses de proceso: “Me ha hecho separarme de la madre de mi hijo y de él. Cuando tuve que elegir entre ellos o la droga, elegí la droga”. Entró sin convencimiento en la organización y sin ánimo de cambio. Cuando pudo mirar su realidad frente a un espejo despejó las dudas. “No quiero más esta vida de destrucción”.

A los 10 años fumaba mi primer porro

A diferencia de Kevin, Juan Miguel no huyó a las drogas por una familia desestructurada. Hijo de trabajadores honrados que luchaban por sacar adelante una hipoteca y las necesidades de sus hijos. Optó por otro camino apoyado en una “rebeldía” mal entendida. “Empecé como un juego fumando porros a los 13-14 años”. Todo comenzó a ir a más. Lo que se convirtió en un acercamiento paso a ser una adicción de “14 o 15 porros al día”. “Mi familia comenzó a apartarse de mí, mi padre me tiró un baúl lleno de marihuana al río”, recuerda. Luego vinieron el speed o los cambios de personalidad por el cristal. “Pasaba de ser amigable y ser un jipi amigable a ser agresivo y pegar una paliza sin razón”, incide. Pasó a vender droga cuando apenas superaba los veinte años de edad. Llegó el dinero ‘fácil’. “Nos gastábamos 1.000 euros diarios en droga y vivía en una mentira constante. Nos llegamos a endeudar y me llegaron a amenazar con una pistola en la cabeza”, estremece al escucharlo mientras apenas parpadea. Una imagen se le quedó grabada. Su hija asomada al balcón y él intentando despedirse de ella sin poder subir a verla. Optó por sincerarse con su madre para ingresar ‘limpio’ en Proyecto Hombre. Encadenar sus instintos.“He vivido en una mentira todo este tiempo”.

En un mes podía gastarme 18.000 euros en drogas y otros vicios y empecé a robar a mis padres

La historia se repite en cada caso. Una realidad virtual. Roberto empezó con 15 años. El ‘bote’ para alcohol comenzó a ser también para cocaína. Todo era diversión hasta que los efectos repercutían en el empleo, familia y amigos. “En un mes podía gastarme 18.000 euros en cocaína y otros vicios. Empecé a robar a mis padres, pedía a los abuelos. Toqué fondo consumiendo 7 y 8 gramos diarios”. A Roberto nadie le tuvo que decir el camino que llevaba. Él lo sabía perfectamente. “Mi padre solo estaba esperando una llamada trágica de que me había matado en un accidente o yo había matado a alguien”, reconoce. Lleva cinco meses sin consumir en los que ha retomado la vida con su familia. “Sé que los tengo ahí y eso me da mucha fuerza”, explica mientras Sergio comparte también una experiencia cíclica de “mentira” en cuanto comenzó a consumir hachís con 17 años.

El primer efecto del speed le envío hacia un callejón sin salida. “Me daba energía, fuerza y me quitaba el sueño”. Lo que pensaba que le ayudaba en su primer trabajo cuando abandonó el instituto se convirtió en una rémora. “Me evadía de todos mis problemas por la droga. Necesitaba consumir todo el tiempo, incluso para ir a comprar el pan al supermercado. Lo necesitaba para ser normal. Cuando empecé a fumar cocaína escondía a mi mujer la sal, solo para discutir y salir de casa para drogarme”, razona tras haber dado vueltas durante mucho tiempo al significado de sus comportamiento. Su mayor recuerdo es en negro: “Encerrado con las persianas bajadas para poder consumir”. Vendiendo un coche al día siguiente del regalo de su abuela para pagar las deudas de la cocaína.

Abandonar las drogas solo es el principio para una carrera de fondo llena de obstáculos. “Es importante el trabajo de sentimientos —reflexiona Kevin— porque no sabía lo que era la honestidad ni identificar cómo me sentía”. El trabajo de los terapeutas es esencial para conseguir mostrar una realidad invisible. “El 99% de los momentos que creía que eran de felicidad estaban relacionados con la droga, el disfrute y estar anestesiado”, añade Juan Miguel.

“Me dieron a elegir entre la droga o mi mujer y mi hijo. Elegí la droga”

Mientras dialogan, Roberto reconoce que ha descubierto “la tranquilidad” y ‘saber escuchar’ sin ansiedad ni problemas vinculados a las drogas. Ha retomado la relación con sus padres y piensa en un futuro en el que pueda explicar a sus hijos las consecuencias de probar las drogas. “Podré decirles que destroza una vida”. Hacer la cama, una lista de tareas. Algo impensable hace ocho meses.

Sergio ha aprendido a disfrutar de la vida. Ha degustado una cena con su mujer y una película en el cine sin acercarse de la droga. Sin embargo, queda trabajo por hacer. El miedo de la recaída siempre está presente y los profesionales del equipo que preside Manuel Muiños intentan dar las herramientas. El trabajo terapéutico no descansa. Juan Miguel recomienda a los jóvenes “vivir sin drogas” para no “tener que reconducir sus vidas”. Baja la cabeza y niega moviéndola de izquierda a derecha. “Todos empezamos muy jóvenes y si volviéramos a esa adolescencia. Si pudiéramos, ninguno volveríamos a probar aquel primer porro. No es ningún juego”, concluye consciente de que el camino será largo para que la pubertad perdida no se traduzca en una vida destrozada.