01 marzo 2021
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Las secuelas de la COVID en una salmantina tres meses después: “Hay días en los que estoy hecha un trapo”

La salmantina Auxi Alonso superó el COVID en octubre. Tres meses después, sigue sufriendo las secuelas de la enfermedad: “Me ha cambiado la vida”

El pasado 26 de septiembre, Auxi Alonso celebraba su 56 cumpleaños. Desde ese día su vida no ha vuelto a ser igual que antes. Su marido Alfredo, estuvo ingresado durante una semana en el Virgen Vega tras sufrir una tromboembolia pulmonar. A los 15 días de estar cuidándole en el hospital, Auxi comenzó a sentirse mal: se había contagiado con COVID-19. Tres meses después, esta salmantina es una de las muchas personas que sufren las secuelas del coronavirus o longcovid: “Me ha cambiado totalmente la vida. Hay días que estoy hecha un trapo. A veces me dan unos dolores tan fuertes que es como si me estuvieran separando las piernas del cuerpo”.

Las visitas a los especialistas son su plato de cada día. “Me han hecho unas pruebas y estoy a la espera de que me den los resultados. Me han dicho al 99% que tengo una periocarditis -inflamación de la membrana que rodea el corazón- derivada del coronavirus”, explica al otro lado del teléfono, mientras se escuchan cómo persisten unos tosidos sin apenas fuerza, pero que según cuenta, se han convertido en otra de las secuelas de la enfermedad. “Anoche a las cuatro de la mañana me levanté porque empezó a dolerme junto al corazón y a partir de aquí empiezan las taquicardias”, describe. La fatiga es otra de las secuelas: “No puedo hacer una cosa seguida, ni siquiera comer. Para hacer la cama tengo que ir poco a poco. Una sábana para mí pesa como un hierro”. Un cansancio extremo que le ha mantenido sin caminar apenas unos metros durante casi dos meses y medio: “He estado sin salir de casa todo este tiempo porque no podía dar un paso hasta la esquina sin agarrarme a la verja. Era un esfuerzo sobrenatural”.

“Me dolían los huesos de la cabeza, las manos, los pies, todo. Hasta el pelo. Pensé que no iba a salir de esa”

Pero las huellas del coronavirus en su cuerpo no quedan ahí. “Todavía no puedo poner la pierna izquierda recta y no puedo andar con normalidad”, cuenta. De hecho, relata que mientras está manteniendo esta conversación, está de pie porque sentarse “es un suplicio”. Además de las erupciones cutáneas que le han dejado marcar en la ingle, pierna y brazo derechos. Su gusto y olfato también se han visto alterados. “Me tomaba un yogurt de plátano y me sabía amargo u olía un algodón con alcohol, me lloraban hasta los ojos de lo cerca que me lo ponían, pero seguía sin distinguir el aroma”, describe. Afortunadamente, ya va siendo capaz de discernir algún olor. La pérdida de peso también se refleja en su aspecto actual. “Habré adelgazado unos 10 kilos”, calcula.

Una extensa lista de secuelas que no solo le impiden hacer las rutinas del hogar, sino que también le han dejado sin poder trabajar. “Ahora tendría que estar trabajando en el pueblo, pero es imposible. Tengo un informe médico que lo recoge así”, explica. Y aunque se confiesa “positiva” -así se desprende también durante la conversación-, a veces la desazón puede con ella. “A veces te desesperas. Hay días que creo que estoy mejor y tras un rato haciendo algo, vuelvo al punto de partida”, lamenta.

Ella no tuvo que ingresar en el hospital, pero ha tomado -y sigue haciéndolo- un arsenal de medicamentos para paliar los múltiples síntomas y secuelas del virus. “Recuerdo que el primer día que me empecé a sentir mal fue cuando fui a hacer la compra”, comenta. A partir de ahí empezó el calvario de Auxi. “Llamé al centro de salud de Alba de Tormes porque me encontraba fatal, tenía fiebres de más de 39, no podía ni ponerme de pie. No podía ni con mi vida”, relata. Después de estar al límite durante todo el fin de semana en su casa del pueblo - en la pequeña localidad salmantina de Peñarandilla-, volvió a llamar al centro de salud al lunes. Para entonces le harían la primera prueba. El resultado: negativo. Sin embargo, la fiebre persistía y el “paracetamol y agua” que le habían recetado los médicos no estaban surtiendo efecto. Una semana después le hicieron la segunda prueba. Positivo, aunque de esto se enteró una semana después de realizarse la PCR.

“He estado dos meses sin salir de casa porque apenas podía caminar. Era un esfuerzo sobrenatural”

A partir de aquí, la pesadilla fue a peor. Vómitos, diarrea, tos a cada instante o no poder ni caminar. “Ir al baño era mucho pedir. Me dolían los huesos de la cabeza, las manos, los pies. Todo. Hasta el pelo. No había nada que me quitara esos dolores. Pensé que no iba a poder salir de esa”, confiesa. Y añade: “He tenido unos síntomas que jamás en la vida pensé que se podían llegar a tener”. Y así durante dos meses y medio que se ha pasado encerrada en su casa, con la única compañía de Alfredo, quien en nunca fue positivo.

Aunque esta salmantina no le da importancia a dónde pudo contraer la enfermedad, quizás pudo ser durante la estancia de su cónyuge en el hospital, porque desde que comenzó la pandemia ella ha tenido un cuidado escrupuloso. “Hemos estado en el pueblo, y por no ir, no iba ni a la tienda”, confiesa. “Desde el principio he tenido mucho miedo y por eso he andado con mucho cuidado”, expresa.

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