05 octubre 2022
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La vida tras escapar del infierno talibán: “El Gobierno español me salvó la vida”

Massouda y Khadija huyeron para seguir vivas. Ser activistas, periodistas y mujeres les condenaba a muerte. Iniciaron hace un año en Salamanca un nuevo ciclo vital dejando atrás a su familia e hijos

15 ago 2022 / 17:05 H.
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Ha pasado un año desde que las puertas del infierno se abrieran en Afganistán. Un 15 de agosto de 2021 los derechos humanos se esfumaron en el momento que los talibanes se hicieron con el poder en Kabul. Massouda y Khadija huyeron agarradas a la última esperanza que tenían para aferrarse a la vida. Un año después las dos afganas hacen repaso de su vida en Salamanca, sus anhelos y esperanzas. Pero también de la herida que no deja de sangrar en sus corazones. Una herida como la de Khadija, que no cicatriza cuando ve el rostro de los tres hijos que dejó atrás. Lágrimas sin consuelo.

Massouda hace un alto en el camino para reflexionar sobre lo que está pasando en Afganistán. Activista de la mujer, fue ganando protagonismo más allá de las fronteras y sus escritos comenzaron a difundirse rápidamente en India y Pakistán bajo la premisa de la lucha contra un estado patriarcal y la defensa de los derechos de las mujeres. Siempre había estado en el punto de mira, pero con la llegada de los talibanes el riesgo pasó a duplicarse.

El mismo día que salió de Afganistán recibió una amenaza y una paliza por parte de uno de los partidarios del Gobierno talibán. Cogió su pañuelo azul, un bote de champú y un vestido y huyó sin despedidas. Atrás dejaba a su familia, sin que hubiera abrazos de por medio. La huida era exprés. “Estoy segura que el Gobierno español me salvó la vida. Si todo no hubiera sido tan rápido me hubieran matado en Afganistán”.

La repercusión internacional de Massouda ha hecho que desde Salamanca se convierta en uno de los principales altavoces del activismo “para hablar por las que tienen voz pero no pueden hablar”. “Si una mujer habla la meten en la cárcel o en los peores casos las matan de manera sanguinaria y ponen los cuerpos en sitios públicos para que la gente no se atreva a hacerlo más”, describe. En Salamanca ya ha dado tres conferencias en la Universidad para concienciar sobre la realidad de la política, la religión y el terrorismo en su tierra. También ha viajado a San Sebastián, Murcia, Madrid o León para trasladar que los talibanes “son terroristas”. “Por mucho que lo intenten, los estados no pueden dar legitimidad al gobierno talibán. Nuestras voces son importantes para que se muestre lo que en realidad están haciendo”, señala.

Massouda lamenta que todos los avances de las últimas décadas con los derechos de las mujeres hayan desaparecido. “Las niñas ya no van a la escuela”, lamenta mientras que explica que ahora se han retirado también los cursos de las academias privadas para todo el mundo. Los talibanes aprovecharon la guerra de Ucrania para seguir su programa más estricto. “Dejaron de estar en el foco mediático y empezaron a hacer lo que realmente querían”.

Gracias al programa de refugiados y a la gestión de la Fundación Cepaim, Massouda está aprendiendo castellano, vive en un piso en Salamanca y trata de empezar una nueva vida. “Nos ayudan mucho con la vivienda, la comida y todos los gastos. Los salmantinos me recuerdan mucho a mi pueblo porque son muy solidarios y abiertos con el extranjero”, reconoce sobre la facilidad de acogida que ha vivido en la ciudad. “Nadie me ha mirado diferente por ser extranjera y no he tenido ningún episodio de racismo”, confiesa.

La principal dificultad con la que se está enfrentando es el lenguaje, una barrera a la que está haciendo frente con horas de estudio que intercala con las conferencias en las que interviene en su papel de activista. También está siendo complicado encontrar trabajo. “En febrero se cumplirán los 18 meses de ayuda del Gobierno y necesito ser autosuficiente. Pero es difícil porque hay pocos trabajos relacionados con mi profesión ligada a las Ciencias Políticas y a la investigación. No quiero desligarme de mi verdadero trabajo”, asume. Por ello, ahora su principal preocupación es aprender castellano para desenvolverse con facilidad en un empleo.

De presentar las noticias a una huida exprés del país

Khadija llega a mitad de la entrevista tras recoger el diploma que acredita sus notas altas obtenidas tanto en el curso teórico de cocina como en las prácticas realizadas en un restaurante. “Mi sueño es tener mi propio restaurante de comida afgana y española. Creo que se me va a dar bastante bien”, dice mientras se sienta en la mesa para contar su experiencia. Ella llegó a España junto a Massouda y fue recibida por la ministra de Defensa, Margarita Robles, en la base de Torrejón de Ardoz. No se le había pasado por la cabeza cuánto le cambiaría la vida en apenas 24 horas. “Tres días antes me entrevistó una compañera chilena y le dije que era imposible que los talibanes se hicieran con el Gobierno y yo le dije que era imposible... Imposible... Y luego cambió todo”.

Khadija trabajaba en la televisión pública de Afganistán como presentadora y cronista en un medio que se había caracterizado por ser muy crítico con la actuación de los terroristas. “El día que los talibanes entran en Kabul era como otro cualquiera. Presenté las noticias de la mañana y esa fue la última vez. Automáticamente, todo cambió. Al tercer día de que llegaran los talibanes, un portavoz del Gobierno dijo a través de la televisión que las mujeres podían seguir con sus trabajos, pero cuando me presenté en la oficina y hablé con ellos me dijeron que no era posible que yo trabajara”.

Ser un rostro público le condenaba, al igual que Massouda. Sus hijos quedaban atrás. “Es muy difícil para una madre”, confiesa con la voz entrecortada. Los esfuerzos para traerlos a España chocaron con los intereses del padre de los niños que se opuso a que salieran de Afganistán. “Hubo movimientos de periodistas internacionales para que mis hijos salieran. Una única oportunidad... pero al final su padre se opuso”, lamenta.

Khadija comparte junto a Massouda el afán reivindicativo por mostrar la realidad de las mujeres de Afganistán en todo el mundo. “A todas las mujeres se les han cerrado las puertas — incide—. Para los talibanes la mujer solo está para dar a luz y estar en casa cuidando de sus hijos”. Por ello, reivindica las protestas tanto en el interior del país como fuera de él para que el mundo sepa que el gobierno actual de Afganistán “es genocida y no hay ningún tipo de derecho humano o internacional”.

‘Deqshodem’ o melancolía

Khadija confiesa que aún mira a su espalda cuando vuelve a casa sola por la noche. Vive en “libertad”, pero no puede olvidar las miles de mujeres afganas que no pueden hacerlo. “Cuando pienso en las afganas que no pueden ni estudiar ni trabajar, las niñas que no pueden ir al colegio, solo puedo sentir pena e impotencia por no poder hacer nada ante las peticiones de ayuda”.

Desde la Fundación Cepaim se les ha prestado todo el apoyo en materiales, pero desde la ONG le han recomendado que aún es pronto para emprender el viaje para ver a sus padres que se han refugiado en Holanda, donde también vive su hermano. En el idioma Farsi (lengua hablada mayoritariamente en Afganistán), la palabra ‘Deqshodem’ se identifica con la melancolía y el sentimiento de los inmigrantes al abandonar su tierra. Ellas no lo hicieron para encontrar una vida mejor, sino para librarse de una condena a muerte.

“Imposible porque sería muy peligroso para mí y mi familia”. Así responde Massouda cuando trata de mirar hacia un regreso próximo a Afganistán. Allí vivía en una casa junto a sus padres, hermanos y toda su familia. Su sobrino tuvo que huir a las montañas para no ser encarcelado. Cada tres días los talibanes llamaban a su antiguo hogar preguntando por ella. “Les echo mucho de menos. A veces me siento en soledad porque vivíamos todos juntos en una familia muy grande”, confiesa. Pero no muestra ningún optimismo ante la salida de los talibanes del poder. “Es un grupo patrocinado por el terrorismo internacional y va a ser muy difícil moverlos de donde están. Su gobierno es una forma de mostrar al mundo que están allí”.

Hoy se cumple un año de la toma de Kabul por los talibanes. Mientras que en Afganistán se ha declarado día festivo para rememorar la efeméride, Massouda y Khadija se concentrarán hoy en la Plaza Mayor a las ocho de la tarde contra la “crueldad, ignorancia y poder genocida del régimen talibán”. Lo harán con el corazón puesto en todas aquellas afganas que no pueden gritar libertad.

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