27 febrero 2021
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La vida después de un mes en la UCI. El testimonio del salmantino Pedro Cascón

Desde que se sintió mal mientras se duchaba hasta que abrió los ojos en una Unidad de Cuidados Intensivos pasaron 30 días que se le han borrado, pero que le han hecho cambiar su forma de ver el mundo

A la historia de Pedro Cascón se le ha borrado un mes. El que transcurre desde que empezó a sentir “algo raro” mientras se duchaba y cuando volvió a abrir los ojos, treinta días después, en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Clínico de Salamanca.

Entre medias, la nada o casi nada. “Lo que pasó es que estaba duchándome en la habitación del hospital y notaba que me faltaba aire. Sentí algo raro, salí y me senté en un taburete. A partir de ahí ya no recuerdo nada más. No sé si me desmayé o qué pasó, pero me llevaron a la UCI y pasé un mes”, rememora.

La historia de este abogado de 68 años empieza como la de otros tantos miles salmantinos que se han contagiado. “Empecé con fiebre y me resistía a ir al Hospital porque ya se sabe que la cosa allí no está bien. Me trataba telefónicamente en casa y me daban unos medicamentos para tomar, pero llegó un momento en el que la fiebre era alta y me recomendaron ir al Clínico”.

Tan pronto como llegó a Urgencias le sometieron a una radiografía de tórax que reveló ‘niebla’. Esas temibles manchas blancas que apenas dejan ver los pulmones y que significan que la situación es grave. Ingreso inmediato.

“Decían que los pulmones estaban de pena, pero lo cierto es que me ingresaron y no me sentía tan mal. Estaba consciente y me podía manejar, por lo que no le daba mayor importancia”, explica Cascón, que “a los 3 o 4 días de ingreso” sufrió un empeoramiento repentino y sin darse cuenta -literal- pasó a estar intubado en una UCI.

Durante un mes estuvo al borde de la muerte “sobre todo en los primeros días, tremendamente complicados”, según le contaron cuando se recuperó.

“Recuerdo cuando salí a la calle por primera vez. ¡El aire en la cara! ¡La ciudad! Lo que es la vida y no sabemos valorar”

“A mi esposa la llamaban a diario para darle el parte y decirle que la situación era crítica, pero que seguía y cuando uno sigue es que hay esperanza”, destaca.

De aquella laguna mental de todo un mes sólo le han quedado dos recuerdos. El primero es el de una mano de médico sujetando un móvil para hacer una videollamada con su familia. “Ahí debían haberme despertado poco antes”, supone el abogado.

El segundo recuerdo, este más fuerte, es de las alucinaciones que experimentó bajo el coma inducido. “Por lo visto le pasa a mucha gente y es producto de la medicación que te dan”. Las recuerda, pero prefiere no tener que comentarlas.

Pisar la calle. Pedro necesitó otras dos semanas en planta para recuperar las fuerzas y estar en condiciones de regresar a casa. Aquel trayecto en ambulancia desde el Hospital hasta su pueblo, confiesa, puede que sea uno de los recuerdos más bellos de toda su vida: “Cuando sales de la habitación y ves el pasillo te choca. Allí la gente va con mascarilla y no con esos EPI que parecen astronautas. Luego sales a la calle y... ¡el aire en la cara! ¡la ciudad! Es increíble lo que es la vida, la tienes y no lo sabemos apreciar”.

Nunca un antes un viaje en ambulancia transportó tanta ilusión. “Iba mirando por las ventanillas y cada detalle me parecía maravilloso. Veía los árboles enfilados uno detrás de otro, las glorietas, las calles de Salamanca. Nunca olvidaré el sol de aquella tarde”, asegura.

Volver a cruzar la puerta de su casa para abrazar a su mujer y su madre de 96 años -que no se contagiaron pese a vivir con él- fue otra escena cargada de significado. “Hubo mucha gente rezando por mí y estoy agradecido”. Ese apoyo le sirve para superar el bache anímico “que todas las personas que pasan por experiencias similares suelen atravesar”.

El virus, asegura, le ha cambiado la forma de ver la vida: “Ahora todo es distinto y sabe mejor. Cada día es maravilloso, el amanecer, la noche... Hasta un día gris y lluvioso como el de hoy es bonito. Pienso que el cielo llora por la pobre gente que ahora está donde yo estuve”.

“Esto no depende de los gobiernos, sino de que seamos más responsables, solidarios y nos autolimitemos”

Un consejo. Desde la intensa experiencia vivida solicita transmitir un mensaje, el de pedir a la gente “que sea responsable”. “Esto no depende de los gobiernos. Depende de que seamos educados, conscientes y nos autolimitemos. La solución es la solidaridad entre nosotros y acordarnos de todos los que están sufriendo dentro”.

El virus le ha robado un mes, pero le ha dejado otras marcas. Unas en forma de secuelas, aunque se da por contento porque ninguna es grave: “Nada más salir me citaron los cardiólogos y los neumólogos. Me han hecho seguimiento y no tengo secuelas de pulmón y corazón, pero sí una secuela neurológica del nervio peroneo que va hacia el dedo gordo del pie izquierdo. El empeine del pie queda adormecido, como encorchado”, detalla.

Lo que también le ha dejado la COVID es un saco de agradecimiento. “Cuando entraba en mi habitación iban con esos trajes que si les volviera a ver por las calles no les reconocería. Y me gustaría reconocerles para pararles y darles un beso. Estoy eternamente agradecidos a todos los profesionales, desde el cargo más alto hasta el último. Sanitarios, no sanitarios... Sencillamente, les quiero”.

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