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Galerías de la antigua mina de Navasfrías, hoy habilitadas para las visitas turísticas.
La riqueza efímera en Salamanca por la ‘fiebre del wolfram’

La riqueza efímera en Salamanca por la ‘fiebre del wolfram’

Hubo una vez que el Oeste de Salamanca vivió una locura minera al estilo de la “fiebre del Oro” en torno a este metal, habiendo interés estratégico de los dos bandos de la II Guerra Mundial

Viernes, 26 de agosto 2022, 20:31

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Alemanes, ingleses y otros agentes internacionales hicieron de Salamanca una especie de Casablanca con sus conspiraciones secretas. El negocio del wolframio que se extraía en las minas de la Raya mantenía en vilo a ambos contendientes de la Segunda Guerra Mundial. Fueron “los años del wolfram”, cuatro años de locura que, igual que se desató, se disolvieron dejando riqueza, en su mayoría, eso sí, efímera.

La presencia de wolframita en España se conoce al menos desde 1835, cuando el científico e inspector de minas Guillermo Schulz menciona su existencia junto a la casiterita en un estudio sobre los yacimientos en Galicia. Inicialmente su presencia no despertó interés: incluso su presencia era considerada un estorbo.

En Salamanca las primeras referencias a la explotación de wolframio se remontan a 1904. Barruecopardo fue ya referencia desde los inicios y fue durante muchos años la mina de wolframio mas grande de España. En aquellos comienzos de siglo se contaba que un empresario alemán, al descubrir la riqueza del subsuelo en Barruecopardo, comentó: “aquí le están tirando con oro al ganado”. La leyenda añade que los lugareños reunieron a continuación la primera carga de mineral en 20 carros que el alemán pagó a 25 céntimos la arroba.

“Los vecinos se dedicaron a recogerlo , dejando casi abandonadas todas las labores del campo”

La importancia del wolframio para obtener aleaciones especiales que se utilizaban en la fabricación de armamento y la irregular distribución geográfica de sus yacimientos estuvo siempre condicionada por los estallidos de conflictos bélicos y sus vaivenes. La Primera Guerra Mundial, sin embargo, no despertó la producción española de forma notable hasta 1916 con la demanda y el aumento de precio. La mayoría del mineral era comprado por una empresa inglesa y se exportaba al Reino Unido, pero pronto Alemania postró su interés e intentó acapararlo para dejar sin él a los aliados.

Una crónica de un viaje por las Arribes publicada en 1924 por el periódico “La Esfera” recordaba cómo fue la primera “fiebre del wolframio” durante la Gran Guerra. “Como este mineral aparece en la superficie -refería el cronista-, mezclado con la piedra, todos los vecinos se dedicaron a recogerlo, dejando casi abandonadas todas las labores del campo, especialmente durante la guerra, época en la que aquel alcanzó precios altamente remuneradores: pero pasadas las bélicas necesidades, los habitantes de Barruecopardo se encontraron con las casas llenas de mineral que nadie les pide”.

Un grupo de operarios posa en una mina de Barruecopardo a mediados del siglo XX.
Un grupo de operarios posa en una mina de Barruecopardo a mediados del siglo XX.

EL ‘BOOM’

Desde Las Arribes a las sierras de Gata y Francia fueron abriéndose en los años posteriores pequeñas explotaciones mineras de wolframita y scheelita. Pero sería la Segunda Guerra Mundial la que pondría a Salamanca en la encrucijada de intereses de la contienda. Junto a las maniobras de alta política internacional. el deseado mineral también despertó la ambición de miles de campesinos pobres que vieron en esa roca de dorados destellos que podían obtener fácilmente bajo sus pies una oportunidad para escapar de la miseria. Un lugar como Ponferrada, donde los servicios secretos aliados y nazis establecieron sus redes, vivió un esplendor efímero y fue conocido hacia 1942 como “ciudad del dólar”, tal y como cuenta Raúl Guerra Garrido en “El año del wolfram”.

La Alemania del III Reich no disponía en su territorio de yacimientos significativos de wolframio, un material que resultaba esencial para obtener aceros de alta resistencia y blindar la punta de los proyectiles antitanque, como en la munición AP, y la coraza de los blindados. Aunque sus redes de aprovisionamiento estaban en el lejano Oriente, ya desde 1936 intentó asegurarse fuentes de suministro en la Península Ibérica, gobernada por los dictadores “amigos” Franco y Salazar, hasta que la guerra con Rusia le cerraría definitivamente la ruta de la importación.

Se abrieron minas ficticias para solicitar el documento con las que blanquear mineral del mercado negro

Al frente del conglomerado empresarial denominado Sofindus (Sociedad Financiera Industrial) se encontraba Johannes Bernhardt, el hombre de Göring en España, quien monopolizó a través del emporio minero su explotación y posterior envío a Alemania a cambio de la ayuda militar a Franco. Para ello Alemania extendió su tejido de intereses apoderándose de derechos y propiedades en sectores de la economía española, especialmente en la minería. Como en Barruecopardo, donde operó la Compañía Alemana Sierra de Gredos.

Finalizada la Guerra Civil y una vez iniciada la contienda mundial, Alemania intentó obtener todo el wolframio posible en España a partir de las minas de las que era propietario a través de empresas interpuestas y comprando a empresas particulares. La mayor parte del mineral, en torno al 70 % lo obtuvo en Galicia. Para facilitar su traslado construyó un pequeño puerto en una playa de La Coruña.

Enfrente, los aliados intentaron evitar el aprovisionamiento alemán comprando todo el wolframio que estuviera disponible en el mercado aunque no lo necesitasen, ya que sí contaban con suministros propios. Esta doble demanda disparó los precios y desencadenó el aparición de numerosos explotaciones clandestinas, así como robos y la práctica del contrabando.

En una época en que el jornal de un obrero rondaba las 19 pesetas, por un kilo de wolframita se pagaba en Portugal desde 180 a 300 pesetas. En España el precio oficial de compra por parte del Estado que tenía el monopolio pasó en junio de 1942 de 16 a 80 ptas/kilo y se permitía la exportación de parte de la producción, aunque la tasa de 50 pesetas que conllevaba la solicitud del permiso reducía notablemente las ganancias.

Laguna artificial que dejó la mina cerrada en 1982. | ARCHIVO
Laguna artificial que dejó la mina cerrada en 1982. | ARCHIVO

El estado intentó evitar el tráfico clandestino obligando a los explotadores de minas a expedir un documento obligatorio “las “guías” que en el momento del transporte certificaba su origen. No faltó la picaresca: se abrieron minas ficticias para solicitar las “guías” con las que blanquear mineral procedente del mercado negro. En los años 1943 y 1944 el wolframio supuso la mitad del total de las exportaciones españolas. Dos tercios del mineral procedía de Galicia.

En Salamanca, la fiebre del wolframio fue comprable a la gallega. Más allá de las empresas legalmente establecidas, cuentan las crónicas que auténticas “bandadas” de campesinos se convirtieron, igual que tres décadas antes, en improvisados mineros que buscaban en las zonas no registradas que escapaban a los controles legales. Además de Barruecopardo, hubo en Navasfrías, La Fregeneda, la de El Payo-Villasrrubias-Peñaparda, Bañobárez, Valdemierque, el Casarito... La lista de lugares se multiplicó en un fenómeno descontrolado.

Los más viejos del lugar recuerdan que mucho dinero del wolframio se ‘fundió’ en el barrio Chino

La actividad generó tembien empleo en sendas plantas de separación electromagnética que se instalaron en Ciudad Rodrigo y Salamanca.

Algunos, los más avispados, amasaron buenas fortunas, como Gregorio Diego, que después fundaría el Banco Occidental y el terrateniente y empresario Higinio Luis Severino, entre otros. Los más viejos del lugar recuerdan que mucho dinero del wolframio se ‘fundió’ en el barrio Chino de Salamanca, que vivió momentos de esplendor.

Se calcula que entre 1941 y 1943, España vendió a Alemania 1.100 toneladas anuales de wolframio, lo que representaba un 30 por ciento de las necesidades de su industria militar. Según refiere Miguel Calvo en “Minerales y minas de España”, en el verano de 1941 se calculaba que la población de Salamanca y norte de Cáceres entregada a la extracción clandestina del wolframio superaba las 5.000 personas.

La colaboración de España con el III Reich mediante la venta de wolframio fue incrementando el malestar en EEUU a partir de 1943. Por su parte, el Reino Unido mostraba una postura más tibia ya que a su vez dependía del hierro y la pirita que le vendía España.

Pero la paciencia de Estados Unidos se agotó en enero de 1944, cuando decretó el embargo de productos petrolíferos a España a cambio de una serie de condiciones, entre las que figuraban el fin de los envíos de wolframio a Alemania. El desembarco de Normandía y el fin de las compras por parte de los aliados produjo en junio de 1944 el hundimiento brusco y total del mercado y casi de la minería del wolframio.

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