25 enero 2021
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La espectacular historia del farmacéutico salmantino que dice adiós 50 años después

Manuel se jubila tras de medio siglo atendiendo en Wences Moreno, donde comenzó repartiendo fármacos en bicicleta

Manuel Díez empezó a trabajar en la farmacia de la calle Wences Moreno, en Salamanca, cuando solo tenía 14 años. Comenzó repartiendo pedidos y ha terminado su trayectoria laboral en plena pandemia de coronavirus, algo que nunca pensó que podría ocurrir. El jueves pasado fue el primer día de su jubilación, aunque le gustaría seguir ayudando. “Me da pena no poder echar una mano, aunque solo sea para llevar pedidos a los clientes que no pueden salir de su casa, pero pertenezco a un colectivo de riesgo si me contagio”.

Repasa los 50 años y 6 meses que ha estado vinculado primero a las fórmulas magistrales y después a la receta electrónica. “Cuando llegué a la farmacia empecé repartiendo medicamentos con una bicicleta. No sabía montar y en un fin de semana tuve que aprender”, recuerda Manuel. Pero además de repartir pedidos, también empezó a elaborar las fórmulas magistrales que entonces vendían las farmacias.

“Tuve mucha suerte de contar con un compañero mayor que yo que me enseñó a hacer de todo, desde supositorios a cremas capilares”. Productos de elaboración propia que ahora se venden de forma ocasional, también los supositorios. “Antes se administraban para problemas de todo tipo, incluso para el dolor de garganta, pero ahora prácticamente han desaparecido por el modo de administración.

Hay alternativas por vía oral que son más fáciles de tomar y menos traumáticas”. Supervisado por el farmacéutico pasaba la jornada elaborando “las cuatro cosas que había entonces”, como el momentol, el retamidol, inhalaciones para los bronquios y sulfato de zinc para la piel.

Luego cambió hasta la forma de despachar. “El gran salto fue la incorporación de la informática, no estábamos preparados para ello”, relata el auxiliar. Para perderle el miedo al ordenador tuvo que ir a una academia por las tardes, después del trabajo. “Era todo un reto, pero o aprendías o te quedaba fuera”.

A medida que evolucionaba la sociedad salmantina también quedaron atrás aquellas guardias en las que salía a la puerta con la silla para hablar con los vecinos por la noche. “La gente se paraba, te traía un café... Ese tipo de cosas ya han desaparecido”. Las farmacias también eran los lugares en los que se podía palpar el pudor de la década de los 80 y los 90, provocando anécdotas delirantes.

Solían comenzar cuando un señor entraba y se colocaba en una esquina dejando pasar a todo el mundo. “Al final le preguntabas qué necesitaba y eran unos preservativos. Aquello tenía su encanto”, rememora el auxiliar. En los últimos 50 años las farmacias también han sido el objetivo de ladrones y de drogadictos, que precipitaban situaciones complicadas. “Me llegaron a atracar poniéndome una navaja al cuello”, asegura Manuel, que se tuvo que refugiar en el cuarto de baño. “Se llevaron todo lo que había y se marcharon”.

En los 70 y los 80 las guardias podían llegar a ser terribles. “Pasábamos ratos malos, principalmente durante las noches, que eran muy complicadas. Había mucha droga entonces. Llegaban aporreando la puerta a las tres o las cuatro de la madrugada y tenías que saber llevar la situación tranquilizando al individuo”. Manuel recuerda que en los casos en los que era imposible, al final llamaba a la Policía para que les echaran una mano.

En los últimos años se ha tenido que familiarizar con la informática y con la receta electrónica, pero el mayor cambio ha venido de manos del COVID-19. Cuando empezó la pandemia Manuel ya estaba prejubilado y solo trabajó dos meses en verano para cubrir las vacaciones de sus compañeros. La verdad es que desde marzo ha sido la época más relajada en cuanto a la intensidad de los contagios. “Me hubiera gustado ayudar más a mis compañeros, pero dadas las circunstancias tampoco podíamos estar tres personas en la farmacia. Solo podíamos estar dos, uno dentro y otro despachando”.

Desde hace algo más de una semana su vida ya se centra de lleno en su mujer, en sus hijos y en sus cinco nietos. “Necesitaba dedicarme más a mi familia. He estado volcado en mi trabajo muchos años en jornada de mañana y tarde. Esto ha provocado que el tiempo con mi familia fuera muy escaso”, lamenta Manuel, que ha alcanzado un retiro muy merecido después de cinco décadas volcado en la atención de los salmantinos.

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