«Se ha perdido la vergüenza a ser chabacano o cometer errores sin reparar»
El escritor y abogado Lorenzo Silva ha inaugurado el curso de la Escuela de Práctica Jurídica en el Colegio de Abogados de Salamanca
Es uno de los grandes referentes de la literatura contemporánea, conocido principalmente por sus novelas policíacas protagonizadas por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Su obra abarca diversos géneros como la novela histórica, el ensayo, la literatura infantil y juvenil, y ha ganado premios prestigiosos como el Nadal (por 'El alquimista impaciente') y el Planeta (por 'La marca del meridiano'). Además de su carrera literaria, estudió Derecho y ejerció como abogado y asesor antes de dedicarse plenamente a la escritura. Se trata del escritor Lorenzo Manuel Silva Amador y este miércoles visitó Salamanca para inaugurar, en el Colegio de Abogados, el curso de la Escuela de Práctica Jurídica con una conferencia muy especial titulada 'La persuasión por la palabra. El vínculo entre abogacía y literatura', donde reflexionó sobre la pérdida de la oratoria y del hábito de la lectura entre los representantes públicos.
«Vivimos un momento en el que la oratoria, la comunicación y la expresión de las propias inquietudes brillan por su ausencia. La fuente fundamental del dominio del idioma, aparte del oído, es la lectura. Y hay muchas personas que no leen nunca. Más de la mitad de los españoles se consideran lectores frecuentes, pero según las estadísticas eso incluye a quien lee un libro cada tres meses. Es un criterio que no comparto. Falta empuje político para fomentar la lectura, falta voluntad y sobran campañas para rellenar el expediente. Y, además, se ha perdido la vergüenza a ser chabacano o cometer errores sin reparar. No es solo un problema de los políticos: la ciudadanía percibe que se invierte poco en cultura. Eso nos hace más vulnerables a mensajes vacíos», expresó.
¿Qué ha significado para usted inaugurar el nuevo curso académico de la Escuela de Práctica Jurídica en Salamanca?
—Para empezar, yo soy medio salmantino, aunque nunca haya vivido aquí. Una parte de mi familia es de Salamanca y ese vínculo me lo han cultivado. Volver por aquí es como volver a la casa de los míos, que al final también es la tuya. Eso ya de por sí le da un valor especial. No es lo mismo que te inviten a inaugurar el curso en otro lugar, por muy respetable que sea, porque no tienes ese vínculo emocional. Además, soy un abogado un poco descastado. Sigo colegiado, pero dejé de ejercer con intensidad hace más de 20 años. Que me inviten a un acto como este es una oportunidad para reconectar con una profesión que he tenido y que, aunque la dejé, me ha acompañado siempre. Me ha enseñado muchas cosas como persona y como escritor. Esta inauguración ha sido una ocasión para celebrar todo eso y para compartirlo, especialmente con personas que están formándose para ser letrados. También ha sido un momento para hablar de cómo la literatura me ha ayudado en la abogacía y viceversa.
¿Por qué decidió desvincularse, en cierto modo, de la abogacía?
—Mi vocación siempre fue la literatura. Empecé a escribir desde los 13 años. Estudié Derecho para ganarme la vida, no porque tuviera una vocación jurídica irresistible. De hecho, estuve a punto de dejar la carrera, porque en aquel momento el Derecho se enseñaba de una manera que no me entusiasmaba. Pero tuve la suerte de encontrar trabajo antes de terminar y pude desarrollar una carrera profesional interesante. Dejé la abogacía porque, en un momento determinado, mis libros empezaron a vender. Cuando algo es tu vocación desde niño, si tienes una mínima oportunidad de dedicarte a ello, creo que debes intentarlo. Así que, tras una experiencia profesional satisfactoria, decidí apostar por la literatura. No fue una decisión fácil, pero sentí que era lo que debía hacer.
¿Qué relación encuentra entre el mundo jurídico y la literatura?
—El nexo principal es la palabra. Tanto el escritor como el jurista utilizan la palabra como herramienta fundamental. El escritor intenta convencer al lector de que siga leyendo, mientras que el abogado busca persuadir a su cliente, al juez o al jurado de que su postura es justa. El conocimiento de las leyes es importante, pero muchas veces lo que marca la diferencia es la capacidad de expresar las razones que asisten a tu postura. Eso tiene que ver con el lenguaje, con la palabra, con algo que en nuestra época está un poco abandonado en beneficio de la imagen y otras formas de comunicación.
¿Cree que hay cultura de lectura en España? ¿Está creciendo?
—Comparado con hace 100 años, la lectura en España es mucho mejor. Hoy la alfabetización es total y es muy difícil que un español que quiera leer no pueda hacerlo. Pero si nos comparamos con otros países desarrollados, nuestros índices de lectura están bastante por debajo. Estamos muy por debajo de los países nórdicos, de Francia, de Alemania… Hay tarea por hacer. Si creemos que la lectura es un bien social, hay que fomentarla más, porque a veces da la sensación de que quienes dirigen la sociedad no están en esa onda porque fomentan más otras cosas.
Su saga de los guardias civiles se ha convertido en un referente del género policial. ¿Qué cree que la hace tan cercana al público?
—El nexo con Salamanca es que la madre del protagonista es salmantina. Pero más allá de eso, creo que el género policiaco tiene una baza: en la primera página, si el autor es medianamente diestro, ya tienes algo que te invita a seguir leyendo. Además, la mirada sobre el lado oscuro del ser humano y de la sociedad es una baza para muchos lectores. El crimen es un hilo conductor que permite contar casi cualquier cosa sobre las sociedades humanas y sobre la condición humana.
¿Qué papel puede jugar la literatura en la formación de futuros abogados y juristas?
—Fundamental. La literatura es el territorio donde el idioma encuentra su expresión más depurada. Un jurista necesita destreza con las palabras, y esa destreza no se consigue viendo tutoriales de YouTube, sino leyendo buena literatura.
¿Por qué elige a los guardias civiles como protagonistas?
—Porque eran personajes desaprovechados en la literatura española. Siempre habían sido secundarios, a veces tenebrosos o grotescos. Quise darles protagonismo y mostrar que están repartidos por toda la geografía nacional, desde aldeas hasta grandes ciudades, y que permiten abordar cualquier cuestión de la realidad española.
¿Cuánto hay de realidad y de ficción en los casos que narra?
—Los casos son inventados, porque trabajar con historias reales sería muy difícil. Pero los conflictos, la manera de investigar, las razones por las que se cometieron los crímenes, todo eso lo construye a partir de referentes reales, aunque no sean concretos.
¿Está trabajando en algún nuevo proyecto?
—Acabo de sacar una novela de la pareja Bevilacqua y Chamorro, pero voy a dejar un espacio antes de la siguiente. Lo más cercano es un recopilatorio de 25 cuentos escritos a lo largo de los últimos 40 años, que se llama 'Afanes sin provecho', es bastante variopinto, pues hay un relato que escribí con 18 años y otro el año pasado. Así como cuentos policiales, históricos, autobiográficos y otros que no se pueden clasificar. También acabo de terminar una novela que saldrá en abril.
¿Qué le gustaría que los lectores se llevaran de sus libros?
—Me gustaría pensar que, después de leer uno de mis libros, la vida de ese lector es un poquito mejor que cuando lo empezó. Porque ha aprendido algo, porque se ha entretenido, porque ha pensado algo enriquecedor, porque se ha reído o porque se ha conmovido. Para eso sirve el arte: para que nuestra vida sea un poquito mejor que antes de tenerlo en las manos.