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El presidente de ALCER Salamanca, Juan Carlos Sánchez; María Elices y Francisco Rocher, en la sede de la asociación. MANUEL LAYA
El testimonio de dos enfermos renales crónicos: “Esperar un riñón no implica perder la esperanza”

El testimonio de dos enfermos renales crónicos: “Esperar un riñón no implica perder la esperanza”

Francisco Rocher y María Elices son un ejemplo de superación

Sábado, 18 de marzo 2023, 10:32

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Francisco Rocher no tiene tanta fuerza de voluntad para engañar a la sed como le gustaría. No puede ingerir líquido y comer a placer y tampoco hacer planes con normalidad a la semana por tener que someterse a diálisis. Es lo que tiene vivir enganchado a una máquina los lunes, los miércoles y los viernes. Tampoco puede viajar sin una meticulosa organización. Todo empezó cuando tenía 58 años. Después de pasar varias pruebas médicas, le diagnosticaron una insuficiencia renal por la que tuvo que empezar el tratamiento en Valencia. Tiempo después y, “por amor”, se vio obligado a continuar con él en Salamanca.

Pese a todo lo que implica el tener que depender de asistencia sanitaria tres días a la semana, Francisco Rocher afronta su rutina con positivismo. Son ya muchos días los que ha pasado por el servicio de Nefrología del Hospital de Salamanca, pero no se considera más que nadie e incluso bromea para evitar hundirse en el pozo negro en el que, desde ALCER, aseguran que se encuentran muchos de los pacientes que, actualmente, están ‘enchufados’ a una máquina: “Mi vida sigue igual que antes. Para mi familia, sigo siendo el mismo Paco de siempre. Hasta es mejor que antes porque no trabajo”.

Aunque encare su vida con entereza, Francisco Rocher no puede evitar el pensar en el que ha sido, para él, el peor reto a superar desde que le dijeron que tenía que empezar a dializarse: el controlar el líquido que toma cada día. “Hay veces en las que hasta supero la cantidad de líquido que, en teoría puedo tomar, pero la máquina a la que me enchufan lunes, miércoles y viernes ayuda a contrarrestar el peligro”, afirma para LA GACETA.

La aportación de ALCER

Para Francisco Rocher, ALCER lo es todo. Su día a día con una enfermedad renal crónica es mucho más llevadero gracias a lo que le aportan desde la asociación. “Cuando vengo, siempre encuentro el consuelo que necesito porque hablo con gente que ha pasado por la misma situación que yo. ALCER no solo te ayuda a la hora de retomar tus retos profesionales después de un trasplante, sino que también te ayuda en el ámbito personal. En la asociación, siempre te echan una mano cuando más lo necesitas”, recalca, recordando cómo hasta en los días en los que puede librarse del tratamiento, la asociación le ayuda para que, si quiere viajar, cuente con una plaza en cualquier hospital de España.

27 años esperando un riñón

María Elices recuerda con serenidad todo el camino que ha tenido que recorrer hasta llegar a donde está. Hace siete meses, fue trasplantada, pero el recorrido que ha hecho hasta entrar en la lista en la que le comunicaron la viabilidad de recibir un riñón de un donante ha sido muy largo. “Mi caso empezó cuando yo tenía 14 años. Todo ha sido por genética. Cuando mi padre enfermó y le dijeron que tenía que someterse a diálisis, los médicos creyeron conveniente que los hijos pasarámos por diversas pruebas. En los resultados, vieron que mis riñones no funcionaban”, rememora esta salmantina, de 41 años, destacando que aguantó todo lo que pudo durante mucho tiempo hasta que, hace nueve años, empezó a vivir enganchada a una máquina.

Lo primero que pensé cuando los médicos me dijeron que tenía que someterme a un trasplante fue que era una verdadera faena. Poco a poco, fui asimilando lo que me iba a tocar pasar. Para mi familia, fue muy duro porque, después de lo de mi padre, llegó mi disgusto, pero, al ver que yo tiraba hacia adelante, todo mejoró”, afirma María Elices.

El proceso que tuvo que pasar esta trasplantada de riñón hasta recibir un órgano apto fue muy difícil. Pese a los contratiempos con los que se encontró por el camino, nunca olvidará el día en el que le comunicaron que, por fin, podría pasar por quirófano: “El día en el que los médicos me dijeron que por fin sería trasplantada lo celebré como si me hubiese tocado la lotería. A partir de ese momento, me tranquilicé y empecé a convencerme de que todo iba a funcionar”.

Ahora, 217 días después, María Elices está empezando a rehacer su vida retomando los hábitos que antes hacía con normalidad: ir al gimnasio y pasear al perro. “A la gente que duda en convertirse en donante, les digo que, en esta vida, lo más bonito que se puede hacer es ayudar”, sentencia.

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