16 julio 2019
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De Colombia a Salamanca perseguidos por la violencia: “Querían raptar a mi hijo”

Luz y su marido han tenido que huir para escapar de los grupos armados que campan a sus anchas en su país de origen

11 jul 2019 / 19:52 H.

Hace doce años que Luz y su marido, que llevaban una vida tranquila y estable en Colombia fueron víctimas por primera vez de los violentos grupos armados al margen de la ley que forman parte, por desgracia, de la vida cotidiana en el país iberoamericano. Estos grupos ocuparon sus tierras con la exigencia de que Luz y su familia debían abandonar su casa en 48-72 horas. De lo contrario serían asesinados y los hombres pasarían a integrar los grupos paramilitares. No tuvieron otra opción que desplazarse a otra ciudad y comenzar de cero.

Con un trabajo estable; ella, en una empresa líder en el sector industrial, y él, en el sector de la seguridad; y tres hijos, esta familia siguió sufriendo durante años la extorsión y persecución de los grupos armados. “Nos pedían ciertas cantidades de dinero y cuando ya no podíamos cumplir, empezamos a recibir las amenazas de muerte y de que iban a raptar a nuestro hijo pequeño de 11 años. Es algo muy habitual y que tienen por costumbre estos criminales, que es captar a niños para formarlos y meterlos en sus grupos violentos”, relata Luz que no dudó en denunciar esta situación en la fiscalía en Colombia. “No tuvimos una protección rápida y por miedo decidimos salir del país”, relata esta mujer de 40 años que destinó sus pocos ahorros a pagar el billete de avión desde Bogotá a Barcelona.

Fue en mayo cuando llegó a España con su hijo. Un país donde no tenían ningún conocido ni familiar, explica. Tras solicitar la protección internacional, pasaron dos semanas donde tiraron de ahorros para pagar hotel, comida y transporte antes de ser derivados a Salamanca dentro del programa estatal de asilo a refugiados gestionado en este caso por Cruz Roja.

“Ha sido muy duro dejar a la familia, a mis dos hijos mayores con mi madre allá, las costumbres y la tierra donde uno nació. Sabemos que nunca podremos volver a nuestro país y solo le pido a Dios que las cosas salgan bien. Se desbarata tu vida y tienes que empezar de cero”, describe Luz, que en un principio mantuvo a su hijo al margen de la extorsión y amenazas en Colombia, pero que al emigrar forzosamente tuvo que explicarle el motivo.

El pasado jueves, dos meses después de aterrizar ella y su hijo en España, llegó su marido a Madrid y a Salamanca en un ansiado reencuentro que no ha sido tal y como imaginaron. “Nunca nos habíamos separado y mi hijo sufría la distancia con su padre”, explica. Sin embargo, Fernando está a la espera de recibir la asignación de plaza en el programa de acogida a refugiados y mientras tanto sobrevive en una habitación de alquiler con sus ahorros y los alimentos que recibe de la ONG Cajas Solidarias. Por su parte, su mujer y su hijo están alojados en un hotel y acuden a comer a un comedor social, dentro del programa de asilo subvencionado por el Estado.

“Estamos esperando que nos puedan reagrupar y comenzar a hacer algo, aunque sea un voluntariado. Estoy acostumbrada a ser productiva y no puedo estar sin hacer nada”, reconoce Luz.

El caso de esta familia se repite en otros ciudadanos de El Salvador y Honduras. “Yo soy de El Salvador y muchos compatriotas están emigrando a España porque se ha vuelto muy difícil y peligroso emigrar hacia EEUU. Esto se debe al problema de las pandillas que no dejan de extorsionar, matar y reclutar a jóvenes. El mismo problema lo tiene Honduras. La gente no huye por desempleo sino por las “maras” que se están cobrando vidas inocentes. Yo también he huido por esta misma situación, y he apoyado a seis salvadoreños y a un hondureño, orientándoles a quién acudir y alojando a unos de ellos, pero las peticiones de asilo cada día se incrementan y mientras tanto esta gente duerme donde sea”, relata otro refugiado.

En Venezuela, el éxodo masivo tiene que ver con la crisis humanitaria y política que azota al país. En estos casos, muchos ciudadanos atesoran gran formación y cualificación pero no pueden ejercer al llegar a España por problemas de convalidación. “No todo es de color de rosa. Se llega muy desorientado y entramos en depresión porque nos sentimos solos”, relata un refugiado venezolano. Como él, otros migrantes denuncian situaciones abusivas de poder en algunos trabajos e incluso exigencias sexuales en ofertas para limpieza de hogar.