UNIVERSIDAD

Esta es la historia de los libros "redondos y gordos" de la Universidad de Salamanca

Torres Villarroel enfatizaba con esa denominación su valor para la docencia

15.12.2018 | 09:27
El libro y la esfera de Vaugondy.

Libros "redondos y gordos", así es como Diego de Torres Villarroel se refería a las esferas celestes y globos terráqueos. No era una denominación despectiva, todo lo contrario, el catedrático de Matemáticas y Astrología quería así enfatizar el valor de las esferas como herramientas para la docencia. De hecho, gracias a Torres Villarroel la Universidad atesora, al menos en parte, estas valiosas obras elaboradas en madera, papel, yeso y metal.

Ya jubilado, Diego de Torres Villarroel fue nombrado comisario de la librería de la Universidad. Corría el año 1752, así que la Biblioteca General Histórica había sido objeto de una profunda reforma y mostraba una imagen similar a la actual, con un gran salón rodeado de dos niveles de estanterías y una puerta central. Sin embargo, era un espacio mucho más vacío —no se había producido la expulsión de los Jesuitas, ni habían sido clausurados los colegios mayores y menores, de forma que la Biblioteca carecía de parte del gran fondo antiguo del que ahora puede presumir—, tampoco la decoración era la actual, así que, aunque estaba el retrato del gran mecenas, el Papa Clemente XII, no contaba con las cartelas de clasificación de libros, las cédulas de excomunión y, por supuesto, las esferas.

Margarita Becedas, directora de la Biblioteca de la Universidad, recuerda como en 1758 Torres Villarroel se propuso crear una academia de ciencias y artes aplicadas, tal y como sucedía en otras ciudades. Con la ayuda de su sobrino Isidoro Ortiz, que le había sustituido en la Cátedra de Matemáticas y Astronomía, buscó apoyos para llevar a cabo el proyecto que incluía la adquisición de esferas para la Biblioteca, donde tenía previsto que se celebraran las clases de la academia, y para la traducción desde el francés del tratado de "Usages des globes celeste et terrestre", del cartógrafo Robert de Vaugondy, para que fuera utilizado como manual de estudio.

El catedrático jubilado consiguió la autorización del Claustro universitario tanto para la compra, como para la traducción del libro citado y un primer ensayo de la academia. Así, el 10 de enero llegaron los primeros globos a la Universidad de Salamanca, que por fin disponía de los "libros redondos y gordos" que, en palabras de Torres Villarroel, "tienen los matemáticos para resolver los principales problemas de la Geometría y de la Astronomía", e iba más allá al incidir en que todas las bibliotecas de las comunidades, por pobres que fueran, los tenían, además de aludir a que potenciarían la hermosura de las piezas.

Una estrategia que hoy sería puro marketing y que en aquel momento convenció al Claustro. Holanda, Inglaterra, Alemania y Francia fueron algunos de los países en los que Torres Villarroel buscó estas joyas. Quedó fascinado por la impresión de 1751 de unos globos de Vaugondy encargados por el rey de Francia, según relata Becedas, aunque reconoce que lo cierto es que no se sabe con certeza qué esferas realmente compró el catedrático ni su precio. La directora de la Biblioteca apunta que, probablemente, Torres Villarroel adquirió la esfera de Vaugondy pero que también se deben a él las dos de Blaeu de 1640, las más antiguas de la colección: un globo terráqueo de tamaño considerable para cuya estabilidad se ideó una cuna circular de madera compuesta por una cazoleta para brújula en la que se reseñan los meses y los signos zodiacales, y una esfera celeste muy similar a la anterior con cartela presidida por un retrato de Tycho Brahe, así como el globo terráqueo de Desnos y Nolin (1754) dedicado al rey francés, y la esfera de Senex y Hardon (1757) rodeada de motivos florales y angelotes.

Proyecto truncado. Todo parecía ir viento en popa. Apenas unos meses después de la llegada de los globos, en abril, se publicó la obra "Uso de los globos y la esfera" y en mayo Torres Villarroel informó del éxito de un primer ensayo de su academia. Sin embargo, la gloria le duró poco tiempo. No tardaron en surgir los detractores del catedrático que echaron por tierra sus argumentos y criticaron duramente su traducción del libro de Vaugondy que, además, incidieron, se había elaborado en castellano y no en latín.

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