TESTIMONIOS

"Baja a por la hija de puta y la loca de tu madre, que yo no la aguanto más". Las víctimas invisibles del maltrato

Una hija adolescente que ha visto cómo su padre maltrataba a su madre y ha sufrido la violencia psicológica, y otra hija que ha conseguido sacar a su madre de un infierno de palizas y vejaciones, relatan sus historias

26.11.2018 | 09:52
Una de las protagonistas del reportaje.

El reloj de la cocina marca las nueve de la noche. La madre de esta familia ya ha preparado la cena y ha puesto la mesa. Sus hijos están sentados. Es una de las normas de esta casa donde habita el régimen del terror impuesto por el padre. Él tiene una curiosa "manía": cada noche mientras cena coloca un gran cuchillo de carnicero junto a su plato. Todos comen sin mediar palabra. En esta casa los niños no pueden contar cómo les ha ido en clase o con los amigos. La madre no puede preguntar algo tan simple como si les gusta lo que ha cocinado. El padre contempla el programa de televisión sin mediar palabra y nadie puede interrumpir su atención frente a la pantalla. Nadie tienta a la suerte por lo que pueda pasar. La última vez que la pequeña le pidió a su hermano que le pasara el ketchup, el padre lanzó el cuchillo al aire. En la tarima aún se ven las marcas del arma clavada aquel día.

Cuando termina de cenar, el hombre se levanta y se sienta en su sofá. Nadie puede hacerlo en ese lugar salvo él. Pronto cierra los ojos y se queda dormido, quizá por los efectos relajantes del alcohol que bebe a escondidas. Cuando se va a la cama, no sin antes llevarse su cartera y teléfono con actitud desconfiada, los hijos respiran aliviados. Aunque no del todo. Uno de ellos duerme con su teléfono bajo la almohada por si algún día tiene que llamar a la Policía. Su madre intenta conciliar el sueño en el sofá pero es imposible. Cuando oye los pasos en la tarima de su marido acercándose al salón cierra los ojos. El pánico se apodera de ella. Esa noche sus hijos le habían advertido de la última escena que contemplaron de forma casual: "Mamá, hemos visto la cara de odio y desprecio de papá mientras afilaba el cuchillo y te miraba desde la cocina". Como una película, por la cabeza de la madre no dejan de pasar las imágenes de los informativos. De esas mujeres degolladas por sus parejas. "Era un matrimonio aparentemente normal...".

Puede parecer el guión de una película de terror pero es el testimonio real vivido en el seno de una familia salmantina. Madre e hija, menor de edad, víctimas de violencia de género. "Vivíamos en tensión. No dormíamos. Yo sentía las pisadas. Él me vigilaba y volvía a la habitación", relata la madre. Sus ojos se empañan cuando recuerda uno de los episodios más duros. "Yo no era consciente de lo que estaba pasando porque te acostumbras a vivir así. El último día, en el que él me tiene empotrada contra el mueble y lo tengo a milímetros de mi cara amenazándome e insultándome, mi hija estaba allí presente. El miedo me tenía apoderada y yo no la veía. Pero en un momento, de esas luces que Dios te da, giro la cabeza y la veo. Y cuando yo veo en su rostro el pánico, como si fuese un espejo de mi pánico, yo ya la presto atención y la oigo gritar: ¡Vámonos mamá, vámonos mamá!. Fue ahí cuando me doy cuenta de que mis hijos están en peligro". En ese momento, esta madre reacciona y dice basta. La hija que, prevenida, estaba grabando el ataque violento, y la madre salen corriendo de casa y llaman a la Policía para denunciar.

"En ese momento me sentía impotente porque estaba humillando a mi madre y no puedes hacer nada. No me llegué a enfrentar a mi padre nunca porque no quería cabrearlo más y que pudiera empezar a pegar a mi madre", confiesa la hija, tímida adolescente que ha tenido que madurar antes de tiempo por todo lo vivido.

"Cuando ves a tus hijos sufrir dices: ¡no!. Bajo ningún concepto quiero esto para ellos", relata la mujer que, al igual que su hija, han recibido tratamiento psicológico durante este proceso en el que al maltratador se le impuso orden de alejamiento y fue condenado. Eso sí, la hija, al ser mayor de 16 años no tenía régimen de visitas de su padre y pudo elegir si quería seguir viéndole. Ella dijo que sí, "por estar en paz" consigo misma. Y aunque su padre insiste en verla más a menudo, la adolescente sólo lo ha hecho en contadas ocasiones, de forma breve y acompañada siempre. Una cita, casi "por compromiso".

Los sentimientos se entremezclan en esta adolescente. "Él no ha reconocido que lo ha hecho mal y el que hace daño a mi madre, me lo hace a mí. Se lo he intentado explicar, pero no lo entiende o no lo quiere entender", asiente ella mientras revela el interés repentino de su padre por su salud y estudios. "Nunca se preocupó por mí. Estuve ingresada en el hospital de niña y nunca apareció", se queja.

Curiosamente, el padre que meses antes no aportaba dinero a la familia, ahora le ha "soltado" a su hija 50 euros para que se "compre unas zapatilllas" en una de las citas. "Antes, mi madre lo poco que ganaba lo daba para la casa, para comer todos y con lo que poco que le quedaba ella me compraba unas zapatillas. Ahora mi padre me quiere comprar con dinero, pero me importa más pasármelo bien con mi familia", revela la chica, que gracias a la terapia psicológica ha aprendido a exteriorizar sus sentimientos y cuenta cómo su padre ejercía una actitud dominante y machista también con ella por ser mujer, algo que no hacía con su hermano.

"Cuando mi madre estuvo ingresada en el Hospital por problemas de salud, no me dejaba ir a verla. Tenía que levantarme para ir a clase, hacer la comida, fregar, hacer la cena y fregar. Me encargó a mí todas las tareas de mi madre y servirle por ser mujer, en vez de repartirnos todo. Un día intenté hacer patatas fritas para cenar y ya me recriminó que me habían quedado crudas. ¡Era la primera vez que las hacía!", cuenta.

Por suerte estas escenas ya han quedado en ese pasado para olvidar. Las amenazas verbales o indirectas vía Whatsapp que de vez en cuando reciben del condenado se diluyen cuando ellas hablan de su nueva vida. La expresión de la madre cambia: "Vivimos tranquilos. Ahora todo es paz y felicidad. Disfrutamos de cada momento, de salir a dar un paseo... Ahora hay risas en mi casa. Ahora te ríes con la familia. ¡Joe, si es que tengo familia para reírme y salir a dar un paseo! Antes él no nos dejaba relacionarnos y teníamos miedo de las reuniones familiares porque siempre montaba un cisco", cuenta la mujer que se emociona al describir cómo valora los momentos más simples como es estar con sus hijos en el sofá viendo la televisión, pero sin tensión.

Eso sí, es inevitable que la culpabilidad aflore: "Lo único que siento es lo que han sufrido mis hijos por lo que nos ha tocado vivir", cuenta entre lágrimas a la vez que saca una conclusión positiva: "Nos hemos dado cuenta de la fortaleza que tenemos, y sin pastillas ni medicarnos".

La lucha de una hija por liberar a su madre de su mayor verdugo

Suena el teléfono. El número es de la casa de sus padres. "¡Oye, tú! Baja a por la hija de puta y la loca de tu madre, que yo no la aguanto más". Ahí se corta la comunicación. Al otro lado del auricular, el miedo se apodera de Estefanía, el nombre ficticio de la protagonista de la segunda historia. Ella, de 52 años, hija de una víctima de violencia de género de 78 años, revela el sufrimiento vivido por su madre y su lucha por liberarla de su verdugo.

A Estefanía le crió su abuela y estaba ajena a lo que sucedía en casa de sus padres, aunque su abuela ya le había advertido sabiamente: "Si alguna vez le ocurre algo malo a tu madre y a mí y no estamos vivas, no te quedes a vivir con tu padre. Prefiero que te quedes debajo de un puente, pero nunca con él". Estefanía nunca tuvo feeling con su padre. "Cuando notas que un padre no te quiere, que te odia y que nada de lo que haces está bien hecho... Yo siempre lo he intentado y le he pedido perdón si actué de forma incoherente, pero nunca recibí nada por su parte", revela y asegura que nunca podía pasar más de media hora en la casa familiar por los insultos y acusaciones de su padre.

Todo comienza cinco años antes de esa llamada. Estefanía vive a unos cientos de kilómetros de su madre. La llama todos los días pero un día la nota extraña al otro lado del teléfono. Su madre se confiesa: "Tu padre me ha dado una paliza". Cuando Estefanía se persona en la casa familiar se encuentra a su madre con el brazo derecho negro de los hematomas, moratones en la cabeza y otros ya amarillentos en la cara. "Monté en la cólera más absoluta. Hablé con mi madre y le dije que eso no se podía permitir y que íbamos a denunciar. Mi padre me amenazó y mi madre me rogó que no lo hiciera. Callé y otorgué", revela esta mujer que no puede evitar sentirse culpable por no dar el paso en aquella situación porque los episodios de insultos, empujones, vejaciones y palizas continuaron repitiéndose, pero la víctima se lo ocultó a su hija.

La madre de Estefanía vivía anulada y recluida en casa durante los 54 años que estuvo casada. Sin acceso a cuentas bancarias, en un entorno de viudas que justificaba la violencia y la culpabilizaba a ella. "Él es un psicópata en toda regla. De los que se venden muy bien en la calle pero que tiene amistades efímeras porque las traiciona rápido. De los que te dan una cara y por la espalda te ponen a caer de un burro. De los que dicen: soy muy bueno, cuánto quiero a mi familia, pero cuando estoy en casa la destrozo... porque no me importa, no la quiero".

Estefanía no puede evitar sentir miedo al pensar en enfrentarse a su padre, cuando acude tras la llamada con la que se inicia este relato. Por eso se desplaza a la comisaría para pedir ayuda. Le aconsejan que saque a su madre de casa y la lleve a denunciar. La pareja de Estefanía es quien convence a la víctima para que baje al portal y es cuando la meten en el coche y la llevan ante el equipo de Violencia de Género de la Policía. En ese entorno se siente arropada y revela todas las palizas y vejaciones que sufría. Sin embargo en el momento de firmar la denuncia, se niega.

Aún así, al día siguiente la Policía, que ha escuchado el relato y la denuncia de la hija, decide actuar y remitir el caso al juzgado que convoca una vista rápida a los pocos días. El agresor no sabía nada. Estefanía y su pareja fueron al domicilio de la madre, que finalmente firmó la denuncia. Por suerte el maltratador no estaba en ese momento. Cogieron la documentación y acudieron a la vista.

Estefanía muestra su rabia con las justificaciones que dio el abogado del acusado: "Mi padre decía que todo era una invención mía porque quiero quedarme con su dinero. Cuando el que menos cobra en España, en todo un año reúne más dinero que lo que tenían mis padres".

La víctima recibió una orden de protección. La hija solicitó el divorcio para su madre. Y aunque a la víctima la asignaron la casa familiar, Estefanía no se fiaba de lo que podía llegar a hacer el maltratador. "Cambiamos la cerradura, recogimos sus medicinas, porque ella no tenía ni ropa que ponerse y nos la trajimos a Salamanca", relata Estefanía entre lágrimas sin poder ocultar su indignación y rabia.

"Mi madre está muy deprimida y destrozada psicológicamente. Hasta que no se resuelva el juicio civil y penal no tiene nada, ni pensión ni ingresos. Ojalá él entrase en la cárcel. No tengo ningún sentimiento bueno hacia mi padre". El sufrimiento de la madre se extiende a la hija y ambas pasan ahora por un proceso de recuperación psicológica. "Mi madre es una persona muy válida y trabajadora, que no da ni un problema, pero él se la ha cargado —agrega con rencor y los ojos empañados— y lo peor es que ella no lo sabe". En su nuevo hogar, la víctima de 78 años tiene momentos de desahogo y lanza esa pregunta sin respuesta: ¿por qué me ha pasado esto a mí que nunca ha hecho nada malo en la vida?

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