17 mayo 2022
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Solo la pandemia ha podido con el ‘hobby’ de este sacerdote salmantino de 92 años

Habituado a echar la partida, las restricciones se lo impiden y ahora sólo sale para dar misa y pasear

Béjar /
12 dic 2020 / 20:02 H.
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PALABRAS CLAVE

Pedro Calama tiene 92 años y el próximo 18 de diciembre cumplirá 62 años como párroco titular de la localidad de El Cerro, donde vive y donde aún celebra misa diaria. La pandemia ha frenado su vida social en el pueblo, pero no su labor pastoral, que sigue tan viva como en 1954, año de su ordenación sacerdotal. Comienza la conversación bromeando ya que, al ser preguntado por su edad, dice que en lugar de 92 años él siempre dice que tiene 29.

–¿Cómo está viviendo la situación actual provocada por la pandemia del coronavirus?

–Bien, gracias a Dios. Hasta ahora bien. Aquí encerrado, sólo salgo a misa todos los días a las doce y después no salgo más de casa. Si está el día regular doy un paseo por alrededor del pueblo y esa es mi vida. Ando tres o cuatro kilómetros diarios por fuera del pueblo. En misa suelen ir de diario ocho o nueve, depende del tiempo. Ocho para toda la iglesia sobra espacio. Incluso en domingo respetan también la separación. Los tengo dicho que dos en cada banco y lo cumplen. El día que hay un entierro es más difícil, pero la gente lo hace bien.

–¿Ha tenido alguna boda o bautizo en este tiempo?

–Sólo entierros. Bodas y bautizos no hay.

–En todo el tiempo que lleva en el pueblo, ¿ha cambiado mucho El Cerro?

–Ha cambiado mucho de cuando yo vine a ahora. La cara y la cruz. Completamente distinto, en lo urbano, lo cívico, el trato de unos con otros... Cada vez somos menos, más mayores. La juventud no viene o viene los fines de semana; trabajan fuera, en Guijuelo, en Béjar y muchos para la emigración. Hubo una emigración grande en los años sesenta y setenta. Es rara la familia que hoy día no ha estado en Francia, Alemania o Suiza. Es raro.

–¿Había conocido usted alguna situación similar a la actual?

–Nunca había vivido nada parecido. Ha sido un cambio radical en lo social y hasta en lo religioso al tener que limitarnos hasta el aforo de una iglesia. Es lógico que busquemos la salud de todos, que es con el fin con el que lo hacemos.

–¿En qué ha cambiado su labor diaria por el coronavirus?

–En mi vida pastoral visitaba a los mayores, tenía catequesis con los niños porque los había, ahora no los hay. La vida era normal de misa diaria y después relacionarme con la gente. Antes tenía cinco pueblos y decía la misa el domingo y los días entre semana hacía una visita a cada pueblo para ver a los enfermos, a los mayores, para conocer cómo estaba el pueblo en sí (Además de El Cerro, fue párroco en Lagunilla, Montemayor del Río y Valdelageve, aunque ahora sólo ejerce en El Cerro). También la partida era una cosa normal y diaria, regular. Ya teníamos formado el equipo, he oído que ya ha abierto el hogar, aunque ahora partida nada. Jugábamos al tute y uno que llaman el Bruto. Me distraía mucho y hablaba con la gente, y con hombres, que eran todos. Los que menos van a la iglesia son los más amigos, aunque ya no jugamos. El cura no está sólo para la misa, hay que relacionarse con los demás. Hay que ser cura para los que vienen y para los que no vienen a misa y, en mi caso, los más amigos eran los de la partida y no van a la iglesia por norma general. Pasábamos dos horas muy buenas, cosa que no hacemos ahora.

–¿Se pondrá la vacuna?

–El otro día me preguntaron desde Madrid y dije que yo el primero que me vacuno, ¡cómo no!

–Hasta el inicio de la pandemia celebraba encuentros con los sacerdotes de la zona. ¿Ha cambiado también ese hábito?

–Nos reunimos, pero menos. Se despidieron las monjas de Sotoserrano y fuimos a despedirlas. Hubo misa con el obispo y, después, cada uno para su sitio. Ya no podemos hacer lo antes, como las comidas entre todos.

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