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S. Dorado

Ciudad Rodrigo

Domingo, 23 de junio 2024, 11:10

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Los cerca de 400 cactus y suculentas que acompañan a María del Pilar García Rubio y Pedro Mógena Montañés, una pareja recién casada en Ciudad Rodrigo, son un reflejo de la propia experiencia de Pilar, la auténtica artífice de lo que empezó con un solitario y pequeño cactus en tiempos oscuros de desesperanza, y que en tres años se ha convertido en un oasis de felicidad entre plantas.

Todo comenzó cuando Pilar, cuponera jubilada, atravesaba una mala racha con un divorcio tormentoso. «Los cactus y suculentas fueron sacándome de la depresión», cuenta. A través de un grupo de aficionados a las plantas crasas, dedicado a intercambiar estos agradecidos tesoros de la madre naturaleza, fue saliendo de su particular infierno emocional.

El noviazgo —y desde hace muy poco el matrimonio— de Pilar y Pedro está cargado de simbolismo. A su ceremonia de enlace en el Ayuntamiento llevaron, como ornamentación, trece suculentas, y no por azar. Mientras para la mayoría el número trece es sinónimo de mala suerte, para ellos es el número mágico: «Nos conocimos un día trece, y precisamente un día trece nació Pedro. También llevamos trece rosas que cogí de la residencia de mi madre, para que de cierta manera pudiera estar con nosotros ese día». Hasta tal punto el destino parece fluir entre esta pareja, que el número les acompaña allá a donde van. «El otro día fuimos al banco, y nos tocó el número trece en el turno».

Entre su colección, que se reproduce día a día mediante la sencilla propagación de las distintas especies, como cactus opuntya, senecio, euphorbia trigona, cactus echeveria, asientos de suegra, hoya kerri, aloe vera de distintos tipos, variegadas y comunes, y muchos más, hay, como es natural, ejemplares muy especiales cargados de recuerdos. «Una de mis favoritas es La Lola; así es como se llama. Transmite algo especial cuando la miras».

Incluso en la pedida de mano esta pareja se sale de lo corriente. Pedro, que asegura haberse enganchado a estas plantas desde que la conoció, es todo un artista tallando, ya sea madera, pizarra, cuernos y otros materiales. «En lugar de un anillo de pedida me regaló un colgante tallado por él y grabado». Pilar luce este colgante al cuello con sumo orgullo, como si se tratase de un amuleto, y quizá lo sea, porque desde que Pedro apareció en su vida, las enfermedades y dolencias que la impedían hacer vida normal perecen haberse disipado. «Antes no podía ir a ninguna parte, y ahora subimos a la Peña de Francia», dice una Pilar rebosante de felicidad. Pero ella también le ha salvado a él. «Me ha cambiado la vida, pero también yo a él le he curado de cierta manera».

Su ilusión se propaga a la misma velocidad que sus suculentas. El día que Pedro le pidió matrimonio Pilar colocó una hoja de su vasta colección en una pequeña maceta, y desde entonces fue reproduciendo suculentas que entregó como obsequio a cada uno de sus invitados.

Pero ellos no son los únicos que se llevan un fragmento de su sanación emocional y física. «Todo el que viene a esta casa sale con alguna planta», una regla de oro para este matrimonio. «Además, hace poco doné algunos a Asprodes, y les enseñé cómo reproducirlos, para que puedan hacerlo ellos mismos», señala.

Ahora Pilar comparte su afición con Pedro, procedente de Coria, y que dejó su vida allí, incluyendo un puesto de trabajo de 16 años de trayectoria, decidido a comenzar una nueva vida en Ciudad Rodrigo junto a ella. «Dejó todo», dice Pilar emocionada.

Aunque experimentan una etapa de vida dorada después de años de tempestad para Pilar, una forma de equilibrio que la vida le ha tendido, siempre hay una de cal y otra de arena. El padre de Pilar falleció en octubre, pero a este hecho, insoslayable se une otro conmovedor: «Antes de pedirme la mano a mí, cuando él agonizaba, le dijo: vete tranquilo que me voy a casar con ella».

«Los cactus y suculentas me sacaron de la depresión»
«Los cactus y suculentas me sacaron de la depresión»
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«Los cactus y suculentas me sacaron de la depresión»