Borrar
Jorge y Beatriz, con sus hijas Beatriz y Martina, antes de que el COVID-19 les separase. TRISOL
A 180 kilómetros de poder besar sus hijas de 8 y 2 años por culpa del COVID-19

A 180 kilómetros de poder besar sus hijas de 8 y 2 años por culpa del COVID-19

La pandemia mantiene a Beatriz y Martina separadas de sus progenitores y al cuidado de los abuelos. “Jamás pensé que esto se alargaría tanto”, afirma su madre

Trisol y trisol | nava de sotrobal

Lunes, 1 de junio 2020, 21:14

Necesitas ser registrado para acceder a esta funcionalidad.

Opciones para compartir

El primer fin de semana de marzo, Jorge y Beatriz trajeron a sus hijas Beatriz, de 8 años, y Martina, de 2, desde Madrid a Nava de Sotrobal a casa de los abuelos, Juanje y Mari Tere. Casi tres meses después, su mayor anhelo es reencontrarse con ellas cuando se autorice la movilidad entre distintas provincias y “poder besarlas, achucharlas, abrazarlas y sentirlas”, afirman.

“Desde hace diez días tengo una maleta en el coche para que en cuanto oigamos que podemos viajar a otras comunidades autónomas coger las llaves, cerrar la casa e irnos”, añade la madre.

Beatriz González, secretaria de gerencia en el hospital madrileño de La Paz explica que veían “cómo empezaba a evolucionar el COVID-19 y decidimos traerlas al pueblo, pero jamás pensé que esto iba a alargarse tanto. A medida que todo fue avanzando tan rápido sentí, también, miedo de que las niñas pudieran tener algo y se lo contagiaran a los abuelos, así que cuando pasaron dos semanas y todos estaban bien, respiramos aliviados”, añade. El virus ha obligado a los abuelos a “reconvertirse” en padres durante todo este tiempo. “No podré agradecer jamás lo que están haciendo con mis hijas, no pueden tener mejores abuelos que ellos”, afirma sin dudarlo Beatriz.

“Mi suegro está haciendo de padre y de profesor; a Beatriz le está ayudando con las tareas del colegio y mi suegra con Martina, a la que le hace los purés y le cambia los pañales; llegó al pueblo andando y ahora corre y hasta monta en patinete. La vida en pleno campo y las comidas de la abuela se están notando en las dos y están enormes”, comenta Beatriz.

Las llamadas telefónicas varias veces al día y las videollamadas ayudan a sobrellevar a duras penas la separación. “La más pequeña es más fácil de entretener, pero la mayor últimamente ya nos echa mucho en falta y se pone a llorar”, añade. “Se están haciendo cargo 24 horas al día de dos niñas todo este tiempo y en ningún sitio hay mejores abuelos que los de mis hijas”.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios