OLIVOS Y ACEITUNOS

Política para servir, no para servirse

24.03.2014 | 12:56
Adolfo Suárez.

Por razones de edad mis recuerdos de Adolfo Suárez se limitan a su etapa en el CDS y a su incomprensible declive político. Pero cualquiera que haya estudiado la historia de la Transición sabrá que su figura es indispensable para entender el pacífico y ejemplar paso de la dictadura a la democracia. Quizá en la actualidad no seamos conscientes de la dificultad de aquel papel y del miedo de muchísima gente a revivir una Guerra Civil que ahora por suerte es una quimera. Suárez fue capaz de poner de acuerdo a los más próximos al franquismo, que veían la democracia como una amenaza a su estatus, y a una izquierda con sed de venganza que en principio no quería ver al Rey ni en pintura. Ese auténtico encaje de bolillos está al alcance de muy pocos y por ello los españoles le debemos eterna gratitud.

Pero como en este país los grandes logros se olvidan rápido, el abulense fue despedazado por los suyos y los contrarios y acabó fundando un partido que generaba simpatías, pero poco tirón electoral. Siendo un niño recuerdo el profundo afecto que tenía hacia Suárez porque su imagen de cercanía, moderación y sensatez calaba aún sin tener ni idea de política. Ese cariño al expresidente me trajo algún disgusto ya que me gané una buena reprimenda de mi profesora en la escuela (bastante intolerante y fiel seguidora de Fraga) por hacer cuartillas con propaganda electoral del CDS. "Los niños no se meten en política", me dijo con la soberbia propia de quien añoraba a Franco.

Como ha ocurrido en este país con muchos políticos de altura, Suárez acabó olvidado a pesar de que no perdió su integridad hasta el último día. Dimitió como presidente del Gobierno y años después como líder del CDS por sensatez, no por cobardía, algo de lo que deberían aprender muchos personajillos que actualmente se sirven de la política y que no se levantan de la silla ni con agua caliente. Suárez entendió la política como un mecanismo para servir a los españoles por encima de ideologías y partidos, y ahora muchos la entienden como una manera de servirse. La maldita disciplina de partido que genera auténticos borregos autómatas alejados del ciudadano, y de la que Suárez se alejó anteponiendo siempre los intereses del pueblo, es la principal causa de que la política esté enfangada en un callejón sin salida.

En estos días se le achaca al expresidente haber cedido ante las presiones nacionalistas para dar lugar al "café para todos". Soy un firme detractor del ruinoso Estado Autonómico, pero es muy fácil criticar ahora lo que en su día estuvo bien visto por casi todos. Estoy seguro de que entonces nadie pensó que las 17 autonomías se convertirían en otros tantos reinos de taifas del derroche y la sinrazón. Y la culpa no fue tanto de Suárez como de González, Aznar y Zapatero por pactar durante sus gobiernos con los parásitos nacionalistas e irles regalando competencias que jamás deberían haber salido de Madrid.

Lo peor de todos los elogios a Suárez que he escuchado antes y después de su muerte es que generan una profunda nostalgia al tener claro que la política con mayúsculas que él puso en práctica no existe ni por asomo en la España actual.

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